Miradas de Cine BLOODY SUNDAY, de Paul Greengrass   MdC
Cartel de la película
Por Javier Castro
Irlanda-Reino Unido, 2002. T.O.: Bloody Sunday. Director: Paul Greengrass. Productor:Mark Redhead. Guión: Paul Greengrass. Fotografía: Ivan Strasburg. Montaje: Clare Douglas. Diseño de producción: John Paul Kelly. Duración: 107 minutos. Intérpretes: James Nesbitt (Ivan Cooper), Tim Pigott-Smith (General Ford), Nicholas Farrell (Brigada Maclellan), Gerard McSorley (Lagan), Kathy Keira Clarke (Frances Cooper), Allan Gildea (Kevin McCorry), Gerard Crossan (Eamonn McCann), Mary Moulds (Bernadette Devlin), Declan Duddy (Gerry Donaghy).
Miradas de Cine © 2002-2003

Sembrando vientos

Normalmente no me gustan las películas que me hacen salir del cine odiando y cabreado. Ya da la vida bastantes coces y malos rollos, ya se odia lo suficiente en nuestra vida cotidiana para que encima vayas al cine y te den dos tazas. Por eso cuando voy a ver una película sobre conflictos sociales, raciales, etc… entro con muy mal cuerpo. Un ejemplo son las películas sobre el exterminio judío; el conflicto irlandés es otro. Y eso que algunas películas hechas bajo esta premisa son magníficas, especialmente Agenda oculta del británico Ken Loach o la (para mi gusto) genial En el nombre del padre de Jim Sheridan (que en esta aparece como productor ejecutivo). El denominador común de las películas que me gustan sobre estos temas es la falta (a mi juicio) de maniqueísmo. Las verdaderas víctimas son las personas, puesto que las ideas pierden su entidad, su valor, su ética cuando son impuestas por la violencia. No puedes reclamar justicia y libertad negándoselas a los demás. Si pones bombas en las tabernas, en los coches, si disparas en la nuca, si reprimes las ideas, si impides que se reclamen unos derechos, si robas la identidad a un pueblo, estás desvirtuando aquello por lo que luchas, en lo que crees, te estás contradiciendo.

Por eso la película que nos ocupa me ha dejado unas sensaciones contradictorias. Por un lado, empatía hacia las víctimas, hacia aquellos jóvenes que sufren la represión y ven como asesinan a sus amigos y familiares, y además, que los culpables (terrible palabra) salen indemnes e incluso condecorados; y se lanzan a la lucha armada, al odio incondicional. Por otro, la desagradable sensación de que tras toda verdad existe la mirada de quien la interpreta, y que esta está condicionada por la educación, la cultura, los intereses del grupo cerrado y aislado al que pertenecemos cada uno. Así lo pensarán los familiares de las víctimas del otro bando. Y por fin, que las emociones que he sentido viendo la película, muchas e intensas, me han sido impuestas por esta mirada.

Los terribles sucesos que se narran en la película son de sobra conocidos. La plataforma por los derechos civiles organiza una manifestación pacífica por las calles de Derry. Nos va mostrando los entresijos de la organización de la marcha, el equilibrio de poderes e influencias que tienen intereses en esta concentración; la creciente tensión, provocaciones por ambas partes (un despliegue espectacular e innecesario de tropas británicas represoras, insultos y pedradas por parte irlandesa, el recuerdo de las víctimas por ambos lados), la escisión de un grupo de alborotadores que empiezan a armar gresca, la desproporcionada respuesta de las tropas, jaleados por sus mandos y el recuerdo de sus compañeros, la muerte de 13 personas, en su mayoría civiles inocentes, el shock de la población, las excusas de los verdugos, la reacción de los que lo vivieron de cerca. Aquí se acaba la película; el resto es historia conocida. El conflicto no había hecho más que comenzar.

Se nos dan cuatro puntos de vista de los acontecimientos. El protagonismo recae en un soberbio James Nesbitt, que interpreta a un dirigente del movimiento por los derechos civiles y lidera la manifestación. Otro es un joven recién salido de la prisión que va con los amigos a la manifestación. En el bando contrario se centra en un mando del ejército a cargo de la seguridad de la manifestación, con órdenes de ser duro. Por último, un pelotón del cuerpo de paracaidistas. La cámara va saltando de unos a otros narrándonos perfectamente la historia, pero me desagrada el subrayado con fundidos de cierre y apertura que para mi gusto dificultan la continuidad aparte de resultar innecesarios. La planificación semidocumental, rodada cámara al hombro y textura granulada, nos sitúa en el centro de la acción y recrea el aspecto de los documentales rodados en aquella época, con negativos de 16 mm. inflados a 35, en unos escenarios devastados por años de lucha sin cuartel oscurecidos y manchados por la luz mortecina de las interminables lluvias irlandesas.

El novato Paul Greengrass, británico para más señas, nos sitúa ante el horror con maestría y aparente verosimilitud. Ahora que el proceso de paz en Irlanda del Norte no pasa por sus mejores momentos, esta película no es precisamente una ayuda para mejorar la situación. Pero mucho más importante es evitar el olvido, pues fuera cual fuera la causa, los muertos están ahí, recordándonos que hubo un tiempo en el que la vida valía menos que la intolerancia y el orgullo. No hay que ir tan lejos de nosotros ni en el espacio ni en el tiempo para continuar viéndolo.