Miradas de Cine LAS HORAS, de Stephen Daldry   MdC
Cartel de la película
Por José Luis Hurtado
EEUU, 2002. T.O.: The Hours. Director: Stephen Daldry. Duración: 135 min. Interpretación: Meryl Streep (Clarissa Vaughan), Nicole Kidman (Virginia Woolf), Julianne Moore (Laura Brown), Stephen Dillane (Leonard Woolf), Miranda Richardson (Vanessa Bell), Ed Harris (Richard Brown), John C. Reilly (Dan Brown), Charley Ramm (Julian Bell), Toni Collette (Kitty), Claire Danes (Julia Vaughan), Jeff Daniels (Louis Waters), Eileen Atkins (Barbara). Guión: David Hare; basado en la novela de Michael Cunningham. Producción: Scott Rudin y Robert Fox. Música: Philip Glass. Fotografía: Seamus McGarvey. Montaje: Peter Boyle. Diseño de producción: Maria Djurkovic. Dirección artística: Mark Raggett, Judy Rhee y Nick Palmer. Vestuario: Ann Roth.
 
Miradas de Cine © 2002-2003

La vida como prisión

Presentada como una de las mejores películas a estrenarse en el presente ejercicio, Las horas, segunda aparición en el mercado cinematográfico, del sensible Stephen Daldry (Billy Elliott) y basada en una muy valorada novela de Michael Cunningham, es un excelente film, que sin embargo no aprovecha las posibilidades, que narrativamente, podrían haber convertido a esta historia en algo grande de verdad, quizás en la obra definitiva acerca de la creación artística y su influencia en las personas.

Las horas basa su éxito, pues, en retazos de genialidad y en unas composiciones actorales que trascienden a la pantalla, llevadas a cabo por los actores y actrices más dotados de la escena anglófona, que ya sea en papel protagonista o de soporte, rayan a un nivel sobresaliente (no me atrevería a decantarme por ninguna de las magníficas tres protagonistas de la cinta; la perfecta Kidman, la emotiva Moore o la entrañable Streep).

Las premisas que hacen grande a la película son las que ya intentó Julio Médem con resultado fallido en Lucía y el sexo, y algunas de las recogidas por el maestro Allen en su Deconstructing Harry. Ya desde el comienzo de la cinta, se establece una analogía entre tres mujeres y tres épocas, que se nos antoja sublime en la recreación de dependencia de aquello que representan. La escritora demiúrgica, la lectora cuya vida cambia al interiorizar el mensaje de la escritora, y el personaje de esa novela, encarnado en una mujer corriente, en una Mrs. Dalloway de nuestros dias. Las acciones de una desesperanzada Virginia Woolf, por escapar de sí misma, y sus decisiones acerca de esa segunda vida suya que son sus creaciones literarias, repercuten de forma directa en las vidas de sus lectoras y de sus personajes, esta vez trasladados en el tiempo y en circunstancias diferentes (sólo en apariencia).

La enorme fuerza y vigor, en la vinculación de estas tres esquinas del triángulo creativo artístico que son la base de una historia portentosa y profunda sobre la influencia del arte y los artistas en nuestras vidas, se pierde sin embargo en parte, por la vinculación de la segunda y tercera esquina en el tiempo.

La vinculación de la lectora y del personaje a través de un ser traumatizado (cuarto vértice del triángulo, víctima de las maquinaciones de una escritora que tiene que matar para que los demas puedan apreciar la vida), resta fuerza y riqueza al relato y melodramatiza innecesariamente, rebajando la universalidad y el interés del discurso, y haciendo pisar tierra al film. Es un plomo (al igual que la aparición de Jeff Daniels) que en cierta manera decepciona.

Es más un problema de dirección narrativa, que no de fondo ni de forma, puesto que los ritmos y puesta en escena son maravillosos y el devenir de estas mujeres por sus existencias atormentadas supone una reflexión para el espectador más que atractiva.

Porque... Las horas del título, son las que atrapan a estas mujeres en sus existencias miserables y de las que no pueden escapar si no es a través de la propia muerte o la huída de fatales consecuencias emocionales.

Y ¿qué hacemos nosotros con nuestras vidas vacías? ¿que solución dar al vacío de nuestra existencia? Muchos optamos como Clarissa Dalloway por llenarla de absurdos pequeños acontecimientos, de pequeñas emociones, pactos con nosotros mismos, que ocultan y nieblan el gran hueco de nuestras almas, cegando la evidencia y escondiendo la cabeza en ese gran invento destinado a aliviarnos sufrimiento: La cotidianeidad. Como Dalloway, somos los personajes que no ven los hilos invisibles a través de los que somos manejados por una escritora y su pluma, pudiendo vivir el engaño de una falsa y relativa felicidad por desconocimiento.

Las otras opciones no son mejores. Revelada la verdad, sólo nos queda huir de esa cotidianeidad aterradora, como la que puede sentir una mujer sentada en un aseo, mientras su marido le espera en el lecho y su hijo le demanda un amor que ella nunca le podrá dar, destrozándole la vida y el corazón.

Pero ser demiurgo es aún peor. A Dios, sólo le queda el camino del suicidio, una vez que ha comprendido el sinsentido de todo, una vez que ha entendido que la carcel inventada puede hacerse real y atraparle a él mismo. Una triste Virginia Woolf, dueña de un poder real de creación y destrucción, intenta escapar con la mirada aterrorizada, de su enfermedad, de una vida convertida por ella misma en prisión.

La película es en todo caso también y sobre todo, un homenaje y un canto a los sacrificios de estas y otras mujeres, a los silencios tragados, a las cadenas que las ataron o que las siguen atando, a las obligaciones que nos imponemos los seres humanos para que no se nos parta el alma al contemplar el abismo donde vivimos.

Se trata de comprender, que quizás hayamos llegado a un punto, en el que al igual que Mrs. Dalloway, lo único que podemos decidir por nuestra cuenta, es si compramos o no las flores, por nosotros mismos.