Miradas de Cine LA GRAN AVENTURA DE MORTADELO Y FILEMÓN, de Javier Fesser   MdC
Cartel de la película
Por Jorge-Mauro De Pedro

España, 2003. Director: Javier Fesser. Productores: Luis Manso y Marina Ortiz. Guión: Javier Fesser y Guillermo Fesser; basado en los personajes creados por Francisco Ibáñez. Fotografía: Xavi Giménez. Dirección artística: César Macarrón. Montaje: Iván Aledo. Música: Rafael Arnau y Mario Gosálvez. Duración: 141 minutos. Intérpretes: Benito Pocino (Mortadelo), Pepe Viyuela (Filemón), Paco Sagarzazu (El tirano), Mariano Venancio (El Súper), Dominique Pinon (Fredy Mazas), Janfri Topera (Profesor Bacterio), Emilio Gavira (Rompetechos), María Isbert (Madre de Filemón), Berta Ojea (Ofelia).

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Mucho ruido y pocas nueces

En el monopolio que se nos avecina (“a la vuelta de la esquina”, como dirían las hijas del tomate, otro producto manufacturado acá y que traspasa fronteras merced a la creciente alienación de las audiencias) no existirán malas películas. O quizás sí, pero una buena campaña publicitaria ayudará a limar asperezas y decidir a los más remisos: bombardeo desde los suplementos dominicales, emisoras, periódicos y demás piezas del entramado mediático, saber crear expectación mediante trailers que sablean éxitos del momento, cinco estrellas en el suplemento de febrero de Fotogramas y cierto tufillo a cruzada nacional al grito de “salvemo er cine epañó” –ellos, tan dispuestos siempre a encontrar fachas debajo de las piedras y que se envuelven en la bandera cuando lo único que está en peligro son sus carteras–. Total, que en esto sí que hemos aprendido algo de los americanos... vaya, vaya.

Así pues –y por si todavía alguien no se ha enterado– La gran aventura de Mortadelo y Filemón es la película que todo patriota debe de ir a ver para lograr aumentar así la cuota de pantalla del cine ibérico. Es “nuestra” (osea, de ellos), ha costado mucho y por lo tanto... es fantástica.

Estos genuinos héroes españoles –y que, siguiendo la estela de Torrente, tendrán todas las continuaciones que hagan falta en caso de funcionar en taquilla– cuentan con el handicap –no nos engañemos, siempre lo es– de formar parte del imaginario colectivo: 40 años de misiones imposibles, fracasos estrepitosos, parodia nacional y esperpento.

Javier Fesser, el director del tinglado, tiene un indudable dominio de la parte técnica de su oficio. Apasionado por los gags visuales, los patinazos, los golpes y los atropellos, era casi inevitable que acabase buscando protagonistas entre personajes provenientes directamente del cómic.

Demostrado está: Fesser funciona magníficamente bien en los trayectos cortos. No por casualidad donde primero despuntó fue en el campo de la publicidad y el cortometraje: su contundencia visual y su montaje sincopado, siempre supeditado al ritmo dictado por la cancioncilla de marras, dio productos tan notables como El secdleto de la Tlompleta, cortometraje que merece constar en cualquier antología del género.

Pero alguien debería de decirle a Fesser que 15 o 17 cortos seguidos no hacen un largo. Problema este que ya presentaba su El milagro de P. Tinto y que en La gran aventura... se agudiza aún más si cabe.

Con guiños a diestro y siniestro –desde Psicosis a Encuentros en la tercera fase–, pero sobre todo, con continuos auto-homenajes que empalagan algo teniendo en cuenta que el director sólo tiene dos películas en su haber –empezando por un elemento tan fesseriano como la inevitable bombona de butano–, La gran aventura... es la película de un avezado discípulo de Jeunet, cuya principal aportación es, por decir algo, “el elemento castizo”. Expresiones con retranca, traumas de una educación tardofranquista, acentos y dejes de todas las comunidades “históricas” –¡Dios, que no me escuche Jiménez de Parga!–, préstamos de Chiquito de la Calzada, citas a David Bisbal en la canción que acompaña a los créditos finales, amén del reparto de freakies directamente heredados de las películas de Miguel Monzón, Miguel Bardem o Santiago Segura... en definitiva, todo eso que hace de esta superproducción algo inexportable.

Irregular, entretenida sin llegar nunca a divertida, demasiado dependiente del humor radiofónico de su coguionista, hermano y sin embargo amigo Guillermo Fesser... y, eso si, poseedora de los mejores efectos visuales nunca vistos en una producción de este país (aunque la acumulación de trucajes sea tal que el espectador termina anestesiado, mermado en su capacidad para sorprenderse).
Otra cosa... cada cuál es muy libre de tener todos los ídolos que quiera en esta vida, pero estaría bien que este hombre se liberase de las alargadas sombras de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, cuya asfixiante influencia se respira en todos y cada uno de los fotogramas de la película. Los affiches comerciales con un Mortadelo esbozando una sonrisa a lo Audrey Tatou, esa 13, rue del Percebe que tanto recuerda a la comunidad que habitaba Delicatessen, los chistes a costa de la reina de Inglaterra (recuérdese que la víctima era lady Di en Amelie) y, por si quedaba alguna duda, la participación de uno de sus actores fetiche cuando formaban tándem, Dominique Pinon.

Aunque en ningún caso traicione el espíritu del original, no deja de sorprender la deportividad con la que F. Ibañez ha encajado esta adaptación cinematográfica de sus criaturas (¡pero es que este hombre es “mu” buena gente!). Ese tirano especulador que gobierna una especie de Albania donde ha triunfado la dictadura del obrero de la construcción es un elemento made in Ibañez al 100%. Se conserva el humor blanco y se cuenta con dos intérpretes que –al menos físicamente– son las indudables reencarnaciones de Mortadelo y Filemón. Y se demuestra que es posible hacer una película plagada de efectos especiales por bastante menos dinero que los yanquis (aún así, el presupuesto ha sido de envergadura para lo que se estila por estos lares). Total, que se ofrece lo mismo pero más barato...

Así pues, ¡porqué no!, vayan a verla. Pero que no les den gato por liebre: al igual que hicieron los galos con su Astérix, aquí se ha optado por un producto bajo en calorías y fácilmente digerible al ritmo masticatorio de las palomitas. No es poco... pero tampoco es mucho más.