| EL LADRÓN DE ORQUÍDEAS (ADAPTATION) , de Spike Jonze |
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Yo y mi circunstancia Arggh, acabo de confirmarlo. Dolorosamente, además.
Hasta ahora era sólo una sospecha, un presentimiento. Pero ya puedo
decirlo bien alto: ¡no soporto el cine de Spike Jonze! Y de rebote
he descubierto que tampoco tolero las voces en off victimistas, omnipresentes,
acaparadoras. ¿Por qué? Pues porque el resultado puede ser
el equivalente cinematográfico al artículo que voy a escribir.
Vacío, carente de ideas. Estúpidamente autocomplaciente.
Egocéntrico, narcisista. Como todo aquél que considera que
un artista es una especie de vedette, de superstar, de héroe intocable
susceptible de trascender con creces su propia obra por el mero hecho
de trabajar con una pluma, un pincel o un cincel. No. Lo que te convierte
en creador es el HACER algo. Presumir de tener la "voluntad"
o la "capacidad" para hacerlo... no basta. Vamos allá.
Innovemos. Impresionemos al personal con nuestra genialidad. ¿He
dicho nuestra? Mía, se entiende. ¡Qué importa el mundo!
Enarbolemos nuestra condición de gurús, de AUTORES, de iconoclastas
de patio de colegio. Presumamos de estar rodeados de mediocres. Me llamo Jorge. No, demasiado autobiográfico...
veamos... me llamo Maribel. (Ah, si, el cambiar de sexo le permite a uno
sublimar las virtudes del género opuesto.) Me gusta ver películas,
¿saben? Películas donde pasen cosas... o no. De hecho devoro
sin mucho criterio cualquier tira de imágenes. No tengo dinero
para experiencias lisérgicas, así que utilizo el medio audiovisual
como válvula de escape. Escapar, huir. ¿De qué?¿Que
si me gustan más las americanas o las europeas? Uff, vaya pregunta.
Con que tengan algo que contarme y sepan hacerlo, me conformo. No parece
un baremo muy exigente, ¿verdad? Ocurre también que vivo en una ciudad como Barcelona
(ah, si, estoy terminando de perfilar al narrador... un poco de paciencia).
Barcelona: exterior, noche. Si, la Barcelona de acá, junto al Mediterráneo.
Bonita, ¿eh? Esta siempre a sido una ciudad... como decirlo sin
herir susceptibilidades... ¿moderna? Madrid tuvo su movida casposa,
así que aquí optamos por algo más intelectualizado,
más sutil, más cosmopolita, más fashion. Total, que
nos hemos inventado una ciudad mutable y actual, en continua transformación,
a la vanguardia de todo y a la cola de nada. La especialidad de nuestro Ayuntamiento es lavarle la cara a los barrios más deprimidos ("cambiarlo todo para que todo siga igual", parafraseando a Lampedusa y su Gatopardo). Cada década fijan su mirada en uno distinto; es un síndrome que se les manifiesta periódicamente desde aquello de las Olimpiadas. "¿Y cómo lo hacen?", os preguntareis intrigados. ¿Facilitando el acceso a viviendas dignas a las familias de inmigrantes? ¿Invirtiendo en equipamientos? No hombre, no, ¡"atontaos"! Esos tardarán lustros en poder votar. Mucho más sencillo: fomentando la aparición de locales ultra-chupi-technos al lado de supermercados donde sobreviven pakistaníes o jaleando la apertura de comercios que suministran artículos de primera necesidad imprescindibles para la subsistencia del vecindario: camisetas de a 100 euros la unidad, galerías de arte, cibercafés, auditorios donde escuchar a Dvorák y Offenbach a primeros de mes o tiendas muy cucas donde elegir entre cuatrocientas variedades de te. Quedamos pues en que siempre nos mostramos extraordinariamente receptivos hacia las manifestaciones artísticas más punteras y extremas, esas que te permiten presumir de tener amplitud de miras y ser hombre de mundo. Hombre. Ay, se me volvió a escapar... no puedo dejar de ser lo que soy. ¿Y que soy? Sí, mujer. Maribel, recuérdalo. Nos encanta que nos tomen el pelo, como te iba diciendo. Eso sí, sin inmutarnos, ¿eh? Rechazar algo muy nuevo y radical por considerarlo sencillamente una mierda -con perdón-, decir que no te ha dicho nada esa exposición de arte contemporáneo donde el 50% de los cuadros llevan por título "Sin Título" o disentir del crítico más influyente de La Vanguardia puede ser interpretado como un signo de catetismo, de estar out, de ser impermeables a las nuevas tendencias. O sea. Total, que he ido a ver la última de Spike Jonze. No tenía un buen día, cierto es. Bueno, era viernes y mis viernes últimamente no son nada extraordinarios. Y no porque me quede atontada mirando hacia una pared descascarillada, ausente, alelada incluso, preguntándome qué hará él, con quién estará, cómo le irá.... (muy bien, has asumido plenamente tu condición femenina... trata de parecer cercana, pero no del todo vulgar... hipnotízales con adjetivos altisonantes, muchos puntos suspensivos y alguna que otra hipérbole. ¿Qué era una hipérbole? Sé cruel, oblígales a tirar de diccionario). ¿Por dónde iba? Ah, si, los viernes. Termino
de trabajar y vuelvo a casa pronto, demasiado pronto. Será por
ello que es justamente en los fines de semana cuando la cosa se pone más
cuesta arriba. Porque las habitaciones están más vacías
que nunca. Y por eso tengo que salir, que abandonarlas a su suerte, que
agolpar los platos sucios en la pila y cerrar la puerta con dos vueltas
de llave. Sin rumbo, sin pretensiones. Pero lejos. Y da la casualidad
de que por aquí cerca tengo un cine de esos donde pasan películas
a medio estropear, esto es, en versión original. Hace unos años,
si afirmabas frecuentar uno de estos sitios te miraban con los ojos como
platos y te tachaban de "rarita" o "mal follá",
directamente. Ahora no. Ahora es tope cool. ¿Quién es el director? Como buena aspirante a "enteradilla" es algo que conviene saber siempre de antemano para demostrar a la parroquia lo excelsas de tus aficiones. El chico este -Spike Jonze- es un post-moderno de esos que se forjaron en la MTV y ganó en su momento un montón de premios como hacedor de videos musicales y anuncios. Desde luego ha aprendido muy bien a venderse a sí mismo. Debe de estar convencido de ser la persona más rompedora y original desde la irrupción de James Joyce en la literatura o Kandinsky en la pintura: gasta una autocomplacencia que acojona. Máxime llevando, como lleva, la friolera de dos -¡dos!- películas rodadas. Pero da igual. No importa en absoluto porque entre la crítica más "abierta" y "progresista" de su atolondrado país goza de un crédito inagotable. Tiene chispa, tiene estilo, tiene algo. O eso dicen. Su primera película se tituló Cómo ser John Malkovich. Aseguraron que tenía mucha gracia. Los primeros diez minutos, quizás. El principal mérito de la película era que Cameron Diaz salía muy fea y así uno no se daba cuenta hasta que leía los títulos de crédito de que aquella mala actriz despeinada era ella. Y eso parece que a los actores les mola mazo: "¡oh, sii, destroza mi estereotipada imagen! Qué grande eres!". También salía el afectadísimo John Malkovich, claro. Como de costumbre: muy distante, muy divo... encantado de haberse conocido. "El vizconde de Valmont tiene a bien descender de su trono y mezclarse con el populacho". Pues bueno -¿qué demonios estará haciendo ahora? Los viernes no eran nunca iguales... aunque recuerde lo básico: una cena, una película de vídeo que nunca acabábamos de ver, unas caricias y un fundido en negro-, en esta última sale Meryl Streep. Esta mujer se muere de ganas por hacer algo distinto (entre nosotros: de lo que se moría de ganas era de ser nominada, como cada año). Aquí no imita ningún acento centroeuropeo, lo cuál ya puede considerarse como una rotunda novedad. Eso si, llora. Aunque una no sepa si de lo que trata es de reírse de si misma o qué. Eso si, el director aprovecha para llamarla "vieja drogadicta, patética y solitaria" como quién no quiere la cosa. Ja. Quizás tenga gracia, después de todo... [Bah, para qué recordar. Los recuerdos son mentiras que una vez creímos soñar. ¡Joer, Mari, qué profunda estas hoy! Todo esto deberías de apuntarlo en algún sitio]. Perdón. Sí, la película. El titulo es muy... muy indicativo. De esos que tienen un doble significado, una doble utilidad, como los innumerables gadjets de las navajas suizas. He ahí la piedra filosofal de la modernidad: que tu obra esté abierta a múltiples interpretaciones, poli semántica, buscando la interactividad emisor-receptor, el feed back ese. Eso denota... ¿qué denota? Ah, si: capacidad de interacción con el espectador. Etc, etc. Pues la "adaptación" del título hace referencia tanto al concepto darwinista (y una de mis definiciones favoritas de inteligencia, por cierto: "la capacidad de adaptarse al medio") como a la labor que emprende un guionista al tratar de trasladar a la pantalla un libro cualquiera. Nicolas Cage hace un doble papel. El 'no va más' de la originalidad, oye. Hace de él... ¡y de su hermano gemelo! Qué agudo el Spike este. El pobre hombre... bueno, miento. Creo que los dos son pobres hombres. Digamos que el más pobre hombre de los dos hermanos está intentando escribir un guión a partir de una novela titulada El ladrón de orquídeas. Hasta ahí todo bien. De no ser porque el nombre del guionista en la ficción es... ¡el mismo que el que gasta en la realidad! Guau! ¿Será autobiográfico? ¿Tratará de hacernos partícipes de sus cuitas creativas? La existencia de este hombre es muy complicada. Porque trabaja en Hollywood y allí ya sabéis que la vida es muy dura para alguien de su impresionante talento. Él trata de ser único, inteligente, incisivo... pero nadie le comprende. Ni su propio hermano. No tiene éxito con las mujeres. No me extraña, el chico no es que atraviese por su mejor momento. El motivo parece ser su timidez enfermiza. Aunque más que tímido o reservado yo al personaje lo veo pelín "rain man", pero bueno. Es un tipo muy metido en sí mismo, para que nos entendamos. Podría ser que Spike haya inaugurado un nuevo género: el de los guionistas onanistas. Desde luego se debe de llevar muy bien con el tal Kaufman para dejarle plagar la película de chistes privados. Fijo que hay un montón de gracias que me pierdo por ser una 'no iniciada'. Será eso. Una pareja sentada en mi misma fila aseguraba que Nicolas Cage estaba muy bien, "¡magnífico!". Yo le veo haciendo de lo de siempre... casi tan histriónico como de costumbre. Así pues -y como parece que no me entero de la misa la media- creo conveniente citar textualmente al propio Cage, que nos desvelará las claves de su interpretación. Atención a su explicación, en consonancia con la pedantería del producto: "lo hice con el estilo de la Escuela Británica de Actuación, creando los personajes externamente y después trabajándolos en su interior. En lugar de hacerlo como la Method School; donde se trabaja de adentro hacia afuera". ¡Y dos huevos duros! Total, que eso de ver a creadores envueltos en el doloroso trance de alumbrar una nueva obra está ya un poco sobado. A Fellini y su Ocho y medio se le perdona todo (porque fue el primero e hizo algo realmente distinto). Cuando Fosse repite fórmula en el 79 con All that Jazz!, pues la cosa ya huele un poco. Y cuando un año después Woody Allen hace lo propio en Recuerdos, uno se da cuenta de que, bien mirado, la cosa no tiene ni puñetera la gracia. Spike se divierte igual que cuando andaba por la vida encima de un monopatín y hacia cabriolas para impresionar a la hija de Coppola. (Sí, Sofía Coppola es su mujercita, según parece... la gente "espléndida" y "guay" se busca desesperadamente por entre las callejuelas de un globo superpoblado de purria como tú y yo). Da muchos saltos atrás y adelante en el tiempo y se marca un flash back de 4000 millones de años. ¡Ahí es nada! ¡Para que aprendas, Stanley Kubrick que estás en los cielos! Spike -eso si- acaba haciendo pasar a todos sus personajes por esas situaciones tópicas que su guionista tanto se esfuerza -aparentemente- por eludir. No se apuren, seguro que eso también va con segundas. Por mucho que despotrique de la gran Industria que le da de comer y hasta lo nomina ya a los oscars -los chistes son muy finos: su hermano, el tonto, decide dedicarse también a escribir guiones y triunfa con uno que es un refrito entre El silencio de los corderos y Psicosis. Ja, ja. ¡Es que me parto!- y presuma de independiente, Jonze y Kaufman terminan transitando por senderos algo más que trillados. Hay un poquito de sexo (sin exagerar, no vaya a ser que nos metan una X). Y drogas. Y pistolas. Y tiros. Y un crimen. Y persecuciones. Y accidentes de coche. Y... y nos hace trampas, por supuesto. En fin, que nos toma el pelo. Y encima pretende que le demos unas palmaditas en la espalda y le digamos. "macho, ¡eres el más grande!". Ey, pero también hay un montón de guiños mal llamados cinéfilos. La mención a El silencio de los corderos es una bromita a su productor (Jonathan Demme, director de la primera peli del Lecter). El marido de la Streep en la ficción resulta que es Curtis Hanson, el director de L.A. Confidential (y a cuyas órdenes estuvo la propia Meryl en Rio salvaje, aquella en la que descendía por los rápidos y salía el Kevin Bacon haciendo de loco-de-remate-acecha-familias-modelo). Pero a este tándem se le puede permitir todo, porque en esta película el guionista es el Todopoderoso. Mata a quien quiere y cuando quiere. Y encima te restriega por la cara sus incuestionables privilegios. Por el camino, eso sí, se le olvida cómo contar una historia. O se le olvida incluso contar la historia, si. ¡Pero qué más da! "¡Qué bueno soy, joder!" Hasta los guiones dispersos e ininteligibles que disfrazan sus carencias de genialidad tienen una cosa buena: se acaban. Así ocurre también en esta ocasión. Las luces, paulatinamente, se van encendiendo. Me quedo hasta que terminan de desfilar todos los nombres por la pantalla -estúpida costumbre que una tiene-, porque a estas pelis grandilocuentes siempre les gusta regalarnos un guiño final, a ti, sí, amigo alienado. Bueno, pues eso. Este resulta incluso emotivo, aunque termine por enmarañar definitivamente realidad y ficción. Ya me contarás qué te parece. Más de medianoche. Buena hora para volver a reencontrarme con mis fantasmas. Hago repaso al año cinematográfico en los EEUU y llego a la conclusión de que ha sido bastante penoso. ¡Qué más dará! El show debe continuar. No pienso fregar. Enciendo un cigarrillo tras encontrar el mechero en ese lugar donde estoy segura que no lo dejé. Murmuro su nombre y parpadeo muy seguido, tres, cuatro veces, mientras en la televisión arde Bagdag. Mañana, definitivamente, será otro día.
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