| CHICAGO, de Rob Marshall |
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A zancadas con FosseParece ser que el musical ha resucitado. Dicho hecho, sea cierto o no, en seguida ha levantado una corriente dogmática purista capaz de pegar hachazos al primer bailarín que entre en escena así cómo otra corriente opuesta, donde las alabanzas a un nuevo realizador wellesiano proveniente, cómo aquél, de las tablas, y a un film 100% Hollywood, donde han parecido encontrar el santo grial del cine perdido y renovado, aunque este, ya no sólo ande muy alejado de los cánones de ningún tipo de clasicismo, si no que además, si hubiera de encontrarse a medio camino entre el Cabaret de Bob Fosse y el Moulin Rouge de Baz Lhurman, evidentemente, tendería más hacia los excesos de este último, que a la brillantez dramática del primero. Cosa, cómo mínimo, curiosa, teniendo en cuenta que el film del debutante Rob Marshall está basado en musical que llevó a Broadway el mismo Fosse. Por eso da igual que no haga demasiado tiempo de los estrenos de Todos dicen I love you, Evita, Trabajos de amor perdidos, On connait la chanson o Bailar en la oscuridad, el hecho es que el musical ha renacido ahora, con Chicago y sus nominaciones al Óscar, y poco importan los daños colaterales cómo 8 mujeres, 8 millas o El otro lado de la cama. ¿Qué quieren que les diga? En mi opinión, un film no crea un género, y el musical, logros aparte del film, sigue en el mismo lugar recóndito del pasado, junto con el western, los peplum y los films de bucaneros. Por eso, la postura a tomar frente a Chicago, ha de ser de generosa desnudez frente al film -algo que debería ser obligado ante cualquier proyección, pero en este caso algo más, debido a su carácter revisionista-, acudir sin prejuicios de ningún tipo e intentar disfrutar de la obra de Fosse reconvertida en guión en manos del creador de la acertada Dioses y monstruos, Bill Conlon, y realizada por un coreógrafo y director de Broadway, Rob Marshall, cuyo único trabajo anterior que se le conoce es el remake televisivo del terrible musical Annie de John Huston, con unos resultados, pues bueno... se lo pueden imaginar. Vista así Chicago resulta un film simpático y entretenido, cuyos momentos de brillantez artística, que los tiene, se ven descompensados por una historia endeblemente dramática con cierta tendencia a la previsibilidad. Y es que si lo que se hubiera buscado fuera seguir el camino de las espléndidas Cabaret y All that jazz, a Chicago le sobra alegría y le falta tragedia. Pero eso sí, si que lo se buscaba era en un henchido de disfrute a lo Moulin Rouge, tanto Marshall cómo sus intérpretes principales, han estado totalmente acertados. Por que al fin y al cabo, y eso sí que lo encuentro un logro, es que el film no huele a anacrónico y no ha necesitado para ello, una estética tan sobrecargada cómo la del film de Lhurman, que hacía risible cualquier acto dramático existente en la trama, si no una puesta en escena que apuesta por un montaje acelerado pero sin prisa, es decir, sin llegar, menos mal, a la tendencia modernista del video-clip, añadiéndole así un valor estético a la obra, poco usual en estos días. El film de Marshall sorprende. Su desbordada simpatía recaen tanto en un montaje inteligente que cuenta en paralelo la escena real y la imaginada en la mente de los protagonistas, así cómo los intérpretes del nuevo estatus hollywoodiense: Renée Zellweger, Catherine Zeta-Jones y John C.Reilly, e incluso esa sorpresa llamada Richard Gere (que ya empieza por el hecho de que el actor haya escogido una buena película, dentro de su continua carrera cinematográfica de tropiezos). El desparpajo de la Zeta-Jones, ascendente a medida que empieza la película, la simpatía de Zellweger -que llega a emular a Marylin Monroe- y el carácter dramático de Reilly -con una de las mejores composiciones del film como "Mr.Cellophane"- aúpan el film hacia un terreno más interesante, y logran al fin y al cabo, hacer entretenida una historia, que bien guiada por Marshall, acaba por convertirse en un film correcto, con los suficientes ingredientes para hacerlo sabroso, pero con una receta indudablemente light. Así que prácticamente nos encontramos en zona de nadie, pero todo el mundo acaba por estar contento con la película. Disfrutando de un espectáculo hueco, pero atractivo, algo simple, pero simpático, supongo que más necesario que innecesario, pues al fin y al cabo, todo lo que te haga sonreír y soñar merece existir. Por eso el gran mérito de Marshall y los suyos quizás sea el hecho de que nos han vendido un producto estudiado al detalle cómo una obra con total falta de pretensiones. Vaya, cómo si la terrible serie de Antena 3 "Un paso adelante" saltara al cine. |