Miradas de Cine LEJOS DEL CIELO, de Todd Haynes   MdC
Cartel de la película
Por Susanna Farréé
EEUU, Francia 2002. T.O.: Far From Heaven. Direccion y guión: Todd Haynes. Productores: Jody Patton y Christine Vachon. Fotografía: Michael Ballhaus. Diseño de producción: Mark Friedberg. Montaje: James Lyons. Música: Elmer Bernstein. Duración: 160 minutos. Intérpretes: Julianne Moore (Cathy Whitaker), Dennis Quaid (Frank Whitaker), Dennis Haysbert (Raymond Deagan), Patricia Clarkson (Eleonor Fine), Viola Davis (Sybil), James Rebhorn (Doctor Bowman), Celia Weston (Mona Lauder), Bette Henritze (Sra. Leacock), Michael Gaston (Stan Fine).

TEMAS RELACIONADOS

Crítica en La Butaca

ENLACES DE INTERÉS

Web Oficial

Ficha en imdb

 
Miradas de Cine © 2002-2003

Más cerca de lo que parece

«Todas las familias felices se parecen a sí mismas, cada familia desdichada lo es a su manera». "Ana Karenina", Leon Tolstoi

El melodrama ha sido uno de los géneros más injustamente castigados por la crítica a lo largo de la historia. Pese a tener sus épocas de esplendor en los años que acompañaron a las dos grandes guerras, a partir de los sesenta estas películas comenzaron el declive de su prestigio de manera progresiva, basado éste en una recepción “intelectualoide” cargada de prejuicios sobre su supuesto moralismo y sensiblería emocional. Desde luego, la televisión, con sus seriales y telenovelas de bajo presupuesto, no ha ayudado en nada al rescate de una genealogía de films que han acabado por vincularse casi de manera exclusiva a un público calificado injustamente de nada pretencioso –“culturalmente” hablando–, y supuestamente sólo interesado en la vivencia de las desgracias ajenas (1). Y es que, no nos engañemos, la crítica ha sido durante muchos años paladín exclusivo de lo raro y diferenciador, de aquello que oliese de alguna manera a nueva tendencia o, simplemente a huida clara de todo lo que tuviese un cierto regusto popular, y claro, la caída en el sentimentalismo dramático no merecía ningún tipo de valoración cualitativa o estética.

Pero parece ser que últimamente en el cine americano se intenta dar con la clave que permita rescatar del desprestigio a este género. No es para nada anecdótica a este respecto la influencia del cine japonés y europeo, siempre más dispuesto a mostrar sus emociones más intensas y menos caracterizado por remilgos y prejuicios estúpidos.

A todo esto, la última película de Todd Haynes se ha recibido con sorpresa y cierto entusiasmo. Porque, no sólo un director bien considerado por los circuitos más elitistas, con obras tan “raras” como Poison (1995) o Velvet Goldmine (1998), se ha atrevido con el género del “populacho”, sino que lo ha hecho homenajeando a uno de los directores paradigmáticos del género: Douglas Sirk. Lejos del cielo es una historia de Haynes, pero podría muy bien ser del director de origen danés. Es más que evidente la voluntad de recrear el espíritu en Tecnicolor de obras como Sólo el cielo lo sabe (1955) o Imitación a la vida (1959), y de hecho toda la película está construida en torno a la temática y el estilo que caracterizaron los grandes melodramas de los años cincuenta. Para empezar, la historia de desarrolla a finales de esta década, durante el gobierno republicano de Eisenhower, cuando la sociedad americana, y más aquella residente en zonas del sur del país, era atacada por una oleada de puritanismo y conservadurismo que trataba de dirigir las mentes y conductas de sus ciudadanos. En este contexto, Haynes ha construido un sólido guión, que narra la historia de un matrimonio ejemplar, los Whitaker, residente en una pequeña población del estado de Connecticut, que ve de pronto cómo su vida de ensueño se ve truncada por el adulterio del marido (Dennis Quaid, excelente en su papel), que deja al descubierto su homosexualidad reprimida durante muchos años. La mujer, una Julianne Moore que borda el papel como sólo ella sabe hacer –es sin duda una de las mejores actrices del cine americano actual–, se ve entonces sumida en una desesperación que pasa en primer lugar por tratar de mantener la serenidad y las apariencias, intentando superar un trauma considerado entonces como una enfermedad inconfesable para quien lo sufría. Dice Frank/Quaid: «Estoy seguro de que esto es una enfermedad, porque me hace sentir despreciable». La Sra. Whitaker, consciente del daño y la incomprensión social que la puritana comunidad de la época sentiría hacia este “desgraciado suceso”, ahoga su impotencia en la amistad y posterior amor hacia su jardinero negro, Raymond Deagan (Dennis Haysbert), hecho aún mucho más imperdonable para un entorno caracterizado por el machismo, el racismo y el dominio de las clases burguesas sobre los más desfavorecidos. Este contexto, tan lejano y caduco para muchos, es desgraciadamente aún hoy en día demasiado cercano para otros. Quizás en los años actuales, palabras como tolerancia o igualdad se enarbolan orgullosamente como símbolos de un país cuya mentalidad gobernante se cree ejemplar para todas las conciencias. Pero está claro que una revisión de estos temas, por muy inocente que parezca, no hace más que poner sobre el tapete ciertas cuestiones que hoy en día aún están por resolver, como los prejuicios raciales o sexuales, o sin ir más lejos, el machismo encubierto bajo una aparente felicidad conyugal. El melodrama destapa una serie de carencias sociales, mucho más serias que los sucesos concretos de la historia narrada. Y el hecho de que este film se centre en una época y lugar determinados, no evita para nada la comparación con el momento actual, en el que el retorno a unos valores totalitarios y hacia un conservadurismo basado en la intolerancia y la opresión de los más desfavorecidos se está haciendo cada vez más patente.

El film de Haynes puede verse desde estas dos perspectivas, la que sólo lo enmarque en un momento y unos valores sociales a recordar y olvidar a partes iguales, o bien aquella que trate de enfatizar que todos estas cuestiones están aún por resolver, dejando abierto un debate que para nada debe hacerse ajeno o superficial.

La Sra. Whitaker es una víctima de esta sociedad, pero a la vez se erige como valiente heroína y luchadora, al tratar de enfrentarse a ella y anteponer su felicidad y su vida a las imposiciones de un sistema intolerante. Pero el desenlace, pesimista y desesperanzador, tanto como realista, viene a recordar que quien triunfa al fin y al cabo es siempre el más fuerte, y una mujer, por fuerte que sea, poco o nada puede hacer si se queda sola ante el sistema. Qué maravillosa está Julianne en la estación, viendo cómo su única esperanza de felicidad se pierde en la distancia, qué fuerza consigue transmitir con su expresión implorante, sólo acompañada por la excelente música de Elmer Bernstein. Y es que aquí reside uno de los grandes logros de Haynes, el de conseguir arrancar de sus personajes un drama interior que no necesita de palabras. Haynes argumenta su elección: «En el melodrama clásico los personajes se quedan extrañamente callados, no articulan lo que ven ni lo que aprenden. Solo queda un espacio a llenar con música, color o movimientos de cámara». Y así lo muestra realmente el director, sin diálogos innecesarios ni lágrimas gratuitas, tan sólo con música e interpretación, recurso que provoca mayor empatía en el espectador, quien comprende tristemente que a menudo los héroes y los justos son vencidos, y que la felicidad se paga a veces a un precio demasiado alto como para arriesgarse a conseguirla.

Haynes recurre al estilo formal de aquellos melodramas ya clásicos, con un lenguaje que enfatiza por encima de todo la presencia del narrador-realizador, quien guía la historia con la articulación de las elipsis por encadenado, la recreación de los títulos de crédito y de los colores del Tecnicolor y una puesta en escena estudiada y artificiosa, más recordada por su influencia en las series televisivas que por sus verdaderos orígenes cinematográficos. Quizás sea este excesivo control y fidelidad al estilo lo que limite las posibilidades de la película, estancando lo que podría ser una revisión original en un mero ejercicio formal que, aunque tenga cierta gracia, no tiene nada de nuevo, pese a que esa sea su clara intención. La película, no obstante, merece especial mención, a parte de por las excelentes interpretaciones del dúo Moore/Quaid, por la fotografía de Ed Lachman (2) que consigue recrear un ambiente perfecto y cuidadísimo al detalle, y por la música ya mencionada de Bernstein, que acompaña en todo momento las situaciones, expresando más sentimiento que los propios diálogos.

Lejos del cielo es una buena película, quizás a mi juicio demasiado ceñida a un estilo clásico y menos preocupada por reinterpretarlo, más que por imitarlo. Pero aún así, y aunque a mi gusto este estilo no pase de un mero ejercicio de forma, lo cierto es que merece ser contemplado, aunque sólo sea desde la distancia en el tiempo. De todos modos, éste análisis formal no debe impedir la reflexión en unos temas expuestos que no han de ser interpretados bajo unas condiciones sociales concretas, consideradas ajenas, sino bajo la luz de una sociedad actual que poco ha evolucionado al respecto, al menos en lo que a tolerancia y comprensión por estas cuestiones se refiere.

(1) A éstas películas se las denominaba weepies, palabra que proviene de to weep, sollozar.
(2) Simone, Las vírgenes suicidas, Erin Brokovich, ésta última a las órdenes de Soderbergh, que en la cinta de Haynes y junto a su inseparable George Clooney llevaron a cabo la producción ejecutiva