| UTOPÍA, de María Ripoll |
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Imágenes artificiosas de un futuro turbadorSe preguntaba Tomás Fernández Valentí en su critica sobre La caja 507 (Dirigido por nº 315) a qué se debía que cada vez que se estrena una película española ligeramente por encima de la media los medios se plantean el estado de nuestra cinematografía. Esta reacción/postura que no se lleva a cabo cuando analizamos una pelicula norteamericana, francesa o inglesa, resulta casi involuntaria cuando nos acercamos a un film realizado en España y en el fondo un error: ¿sirve de algo establecer paralelismos entre el film en cuestión y el actual cine patrio? ¿es conveniente acercarse al film desde una postura paternalista? Aunque parezca obvia la respuesta a ambos interrogantes conviene subrayarla: no. Un film, en condiciones normales, es una obra artística independiente, individual y evaluarla en relacion a otras películas de su entorno o por la temible herramienta de la comparación llevaría a un análisis erróneo, infectado de coyunturas y obviedades. En esta tesitura se ha encontrado este redactor al emprender el comentario de Utopia, y no porque sea una pelicula medianamente lograda, sino porque es algo superior a los bodrios que he tenido el disgusto de padecer en este primer trimestre, que desgraciadamente sólo ha confirmado el lamentable estado de nuestra cinematografía, para la que sinceramente no imagino una recuperación a corto o medio plazo Utopía propone una idea en si misma considerada sugerente: una comunidad de individuos, Utopía, posee el don de visualizar momentos futuros de personas que harán algo importante en sus vidas, dedicandose los miembros de dicha comunidad a protegerlos. Algunos integrantes de Utopia han llegado a actúar de forma violenta como respuesta a su inusitado poder: uno de ellos decide quitarse la vida detonando una bomba ubicada en su propio coche, provocando la muerte de inocentes. Adrián (Leonardo Sbaraglia) otro miembro de Utopia se encuentra mas o menos trastornado por estos sucesos y por sus visiones; intenta huir de algún modo de su don y del mundo, trabajando en un turno nocturno de una gasolinera porque asi no tiene que hablar con nadie, alejándose de sus compañeros y de cualquier contacto social, viviendo en un apartamento prácticamente vacío Adrián, desde pequeño discriminado por sus compañeros (al sentir estos que era diferente) y vicitma de los estragos de su portentosa capacidad (visualizó la muerte de sus padres), es un mártir en el sentido más religioso, castigado con un poder que le produce un dolor y una turbación más cercana al desgarro en el alma, que a la agitación emocional, vaga por el mundo como si se tratara de un portavoz enmudecido de la muerte, sin vida propia, sin intereses, plegado muy a su pesar a su destino En este personaje empieza y termina el interés de Utopía dirigido por María Ripoll a partir del guion de Curro Royo y Juan Vicente Pozuelo (responsables del libreto de El arte de morir, aquella cosa cochambrosa, pueril y zafia hasta decir basta) y con fotografía de David Carretero. Utopía fracasa ya en un guión bien planteado y con una idea argumental interesante, pero mal desarrollado y confuso, cojo en el desarrollo dramático del conjunto de personajes y tristemente convencional en un desenlace comme il faut: la investigación de Hervé (Tcheky Karyo) -que perdió a su familia en el atentado antes aludido- y su compañera Julie (Emma Vilarasau, excelente actriz que describe ella sola a su personaje: véase su primera aparación o ese momento en el que duda si seguir o no al lado de Hervé) en busca de Ángela (Najwa Nimri), a la que Utopia debe proteger, divide al film en dos partes, rompiendo totalmente la densidad requerida por la historia de Adrián y trasladando el interés a la investigación policial; a todo esto se une la descripción del entorno de Angela, que ahoga por completo la historia y supone un excesivamente elemental contrapunto (los tres mexicanos representan el reverso de Utopía, los primeros son mezquinos y malvados y se escudan en un culto para no se sabe muy bien qué, los segundos son buenos y ayudan a la gente) y un malo para el desenlace (sic), los continuos flashbacks y flashforwards, y el romance entre los protagonistas forzado, predecible e innecesario, arruinan cualquier coherencia narrativa confundiendo complejidad con confusión (un mal muy extendido en el cine actual). En cuanto a los personajes, no se entiende en ningún momento a Angela, ni sus motivaciones, ni sus desesos, ni sus intereses (así su apoyo incondicional a Adrián está mal explicado aunque resulte previsible: el truco de la directora de cortar la escena en la que se supone lo asesina, no es más que eso un truco para mantener en suspensión al espectador, aunque no se consigue), tampoco a Hervé que queda muy desdibujado en su obsesiva búsqueda de la verdad (si bien da lugar a un buen apunte: pidiendo explicaciones a Adrián sobre por qué tuvo que morir su familia, ése le contesta que solo fue el azar ), mientras que otros resultan prescindibles como el sicario que colabora con Hervé y Julie o incluso el comisario. El desenlace sigue las pautas más convencionales del thriller y termina de forma alucinante aunque, una vez más, previsible Sin embargo a mi entender es en la realización donde Utopía se derrumba por completo: una alarmante y efectista tendencia por las imágenes fragmentadas y tratadas digitalmente para representar las visiones, gratuito empleo de la fotografía virada a tonalidades frías (no hay criterio en la eleccion más allá de dotar al producto de una estética "moderna"), montaje sincopado que resulta muy molesto en ocasiones, planificación televisiva llena de enfoques y desenfoques, deficiente empleo del montaje para crear tensión (cfr. la escena del falso asesinato), nulo aprovechamiento de los oscuros y angustiosos decorados (cfr. el desenlace), etcéteta. María Ripoll (para mas datos, barcelonesa de 37 años, directora de un segmento del film El dominio de los sentidos, de un episiodio de la serie de tv "Raquel busca su sitio", y en solitario y en inglés de Lluvia en los zapatos y Tortilla soup, y según dicen la versión americana -antes lo llamaban remake- de Comer, berber, amar, de Ang Lee) declaraba en una entrevista que le interesa más utilizar la imagen que las palabras, intención loable, sobre todo en un tiempo que parecen primar demasiado en el cine el tema y las palabras en detrimento de la capacidad de las imágenes (cfr. Los lunes al sol y Sweet Sixteen), si bien el resultado es bastante desconcertante porque utilizar las imagen como recurso no para reforzar o potenciar la palabra o la idea (el guión, la historia), si no como mero adorno, se queda en un artificio de barraca de feria. Lo mejor del film está precisamente en el insuficiente guión, del que intuyo que otro realiazador o realizadora con más talento podría haber obtenido resultados bastante más interesantes. Lástima que el buen hacer de los actores en esta ocasión caiga en saco roto. |