Miradas de Cine EL BONAERENSE, de Pablo Trapero   MdC
Cartel de la película
Por Manuel Yáñez
Argentina, Francia, Chile y Holanda, 2002. T.O.: El bonaerense. Dirección: Pablo Trapero. Producción: Pablo Trapero. Guión: Pablo Trapero. Fotografía: Guillermo Nieto. Montaje: Nicolás Golbart. Duración: 105 minutos. Dirección artística: Sebastián Roses. Intérpretes: Jorge Román (Zapa), Mimi Ardú (Mabel), Darío Levy (Gallo), Victor Hugo Carrizo (Molinari), Hugo Anganuzzi (Polaco), Graciana Chironi (Madre de Zapa), Luis Vicat (Pellegrino), Roberto Posse (Ismael), Anibal Barengo (Caneva), Lucas Olivera (Abdala), Gastón Polo (Lanza), Jorge Luis Giménez (Berti).

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Miradas de Cine © 2002-2003

Naturaleza salvaje

Una de las opciones que se le presenta a un realizador cuando dispone de pocos medios es la de estrujar la realidad que le rodea en busca de un material fílmico que le resulte interesante. Parece obvio que esta es la opción por la que opta Pablo Trapero en su película El Bonaerense, segunda en estrenase en España después de Mundo Grúa (abanderada del nuevo cine independiente argentino). Esa realidad a la que nos permite asomarnos el director es el gran valor de esta película. Una realidad, la de la sociedad argentina, pareciera que ya lejana del mundo de intelectuales sesudos y charlatanes y gente de buenos sentimientos al que nos tiene acostumbrados el cine argentino llegado a nuestras pantallas en los últimos años. Una realidad asentada sobre una amoralidad cuyo origen se encuentra en la necesidad, el instinto de supervivencia y en esa tendencia natural de los seres humanos a imitar a nuestros semejantes intentando mimetizarnos con el paisaje social que nos rodea. La realidad que nos muestra El Bonaerense es la de una sociedad convulsa, agitada por una ira provocada por el continuo sentimiento de injusticia en el que viven sumidos sus ciudadanos, una sociedad en estado de alerta, amenazada por una violencia latente capaz de estallar a la más mínima ocasión.

Situándonos en un punto inicial en el que el protagonista de la historia, Zapa (un magníficamente contenido Jorge Roman), se encuentra en una situación límite, encarcelado por un robo en el que usa sus conocimientos como cerrajero para abrir una caja fuerte, éste debe escapar de su provinciano pueblo y, gracias a la ayuda de un tío con contactos en la gran ciudad, iniciar una vida como aprendiz de policía (Bonaerense) en el gran Buenos Aires. Desde un primer momento detectamos la hostilidad y la amoralidad de la ciudad, un lugar en el que solo se puede sobrevivir gracias a contactos y favores de dudoso origen. La realización apuesta claramente por mostrarnos todo lo que sucede a través de los ojos del protagonista, impregnando las imágenes del asombro con las que las vive Zapa, que actúa como un autómata que solo responde a la necesidad de subsistencia. Vemos al protagonista deambular desvalido por unas calles pobladas por la excitación y el ruido, que contrastan con la actitud vital de éste, generándole una incomodidad que se transmite al espectador.

A partir de este momento vivimos todo el proceso de socialización del protagonista a través de sucesos más o menos dramáticos, todos ellos teñidos por la sombra de la violencia que se muestra de múltiples formas: en la obsesión y el culto a las armas del superior de Zapa, en las relaciones con los compañeros de trabajo, en las celebraciones comunales, en el sexo. Y de esta manera, Zapa se va inmunizando ante todo aquello que lo intimidaba y la película logra su momento más álgido al ofrecernos, sin giros argumentales forzados o excesiva insistencia, la imagen del protagonista totalmente insertado en la espiral de corrupción que lo rodea. Una vez situado en una posición de poder privilegiada, tendrá la oportunidad de vengarse de aquél que lo traicionó en su pueblo, pero el destino de Zapa (como el de todo elemento que conserve un ápice de inocencia) esta escrito en tono de tragedia y volverá a ser traicionado, esta vez por la misma figura que lo insertó en el sistema (su superior en el cuerpo de policía).

Trapero aprovecha el viaje circular del protagonista (terminará volviendo derrotado a su pueblo natal) para mostrarnos con una fuerte carga irónica y humorística el altísimo y absurdo grado de burocratización de su pueblo. Observaremos a lo largo del filme, sobretodo durante el proceso de formación para policía de Zapa, continuas referencias a la importancia del cumplimiento de las normas y del respeto a los órdenes jerárquicos, mientras que a la vez, presenciamos como los situados en los puestos altos de dicha estructura sobreviven y se enriquecen gracias a la continua desobediencia de dichas normas. Todo esto principal culpable del estado de desorden que inunda Argentina y vergonzoso mal de la mayor parte de la clase política del país.

Quizás el aspecto menos logrado de la película sea la poca valentía de su aspecto formal (en contraste con sus contenidos narrativos), demasiado apegado a los convencionalismos, a veces excesivamente empeñado en acelerar la acción en busca de una concepción del ritmo poco arriesgada. La película merecía sin duda una búsqueda de nuevas formas que hubiesen podido dotarla de una coherencia y empuje mayores.

El Bonaerense es una buena muestra del notable estado de salud del cine joven e independiente argentino, que cuenta con una cantera de realizadores magnífica que están respondiendo con gran creatividad a la necesidad de denuncia que conlleva la crisis económica y social de su país. Esperamos ansiosos nuevos trabajos de Lucrecia Martel La Ciénaga y del mismo Pablo Trapero, así como que se pueda estrenar en nuestro país el estupendos trabajo de ana Katz en la fantástica El Juego de la Silla.