| 28 DÍAS DESPUÉS, de Danny Boyle |
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No es otra estúpida película de ZombiesDespués de un brillante debut en la gran pantalla con Tumba abierta, un inquietante film de suspense con ciertas dosis de humor negro, y su posterior lanzamiento a la fama con la cruda Trainspotting, adaptación de una novela de Irvine Welsh, el director británico Danny Boyle salió del Reino Unido para, ya en Hollywood, encadenar dos fracasos consecutivos como Una historia diferente, que pasó con más pena que gloria por las carteleras de todo el mundo y la tal vez incomprendida La playa, que recibió un sonoro revés por parte de la crítica y de un público que esperaba algo distinto de la nueva película de Di Caprio, y que además venía avalada por "el director de Trainspotting". 28 días después es el regreso del director al país que nunca debió abandonar y el resultado final es una sobrecogedora historia cuyo guionista es curiosamente Alex Garland, que también escribió el de La playa. Tras el prólogo un tanto gore en el que unos defensores de los animales liberan unos chimpánces sin saber que están contaminados con un peligrosísimo virus similar a la rabia, el comienzo de la historia no puede ser más sorprendente: Jim, el protagonista, a quien da vida el irlandés Cillian McMurphy, despierta 28 días después del suceso en la cama de un hospital, para descubrir que está completamente sólo. No es que no haya nadie en su habitación. Aparentemente Londres está vacío. Son impactantes las imágenes de la ciudad completamente desierta, particularmente en las inmediaciones del Big Ben, desoladoras vistas aéreas con un único protagonista que por toda indumentaria lleva una bata azul, y que no tardará en darse cuenta de que no está tan solo como cree. El virus se ha apoderado de casi toda la población, que, o bien está muerta, o bien convertida en una especie de zombies rabiosos, exceptuando a Jim y otros pocos (muy pocos) supervivientes. La utilización de la cámara digital para rodar la película proporciona un mayor realismo a lo que vemos, ya que todo parece de algún modo más cercano al espectador, y también ha permitido una mayor comodidad y rapidez a la hora de rodar las escenas en donde las calles están vacías al poder emplearse varias cámaras simultáneamente. Sin pensar mucho, resultan evidentes las referencias a numerosas películas de ciencia-ficción como la reciente Resident Evil, cualquiera de las de zombies de George A. Romero, la entretenida miniserie para televisión Apocalipsis (conocida sobre todo por adaptar una novela de Stephen King) o El último hombre vivo, con un Charlton Heston en tiempos mejores. A pesar de todo, las similitudes con 28 días después son meramente argumentales, y en contra de lo que puede parecer en un principio, el film de Boyle llega a convertirse en algo mucho más ambicioso que una película de zombies, donde éstos no serán el peor peligro al que se enfrentarán los protagonistas. El director afronta el riesgo sin fracasar en el intento y logra una película inquietante y angustiosa (no recuerdo haberlo pasado peor desde El experimento, con la que, por cierto, también tiene ciertas similitudes) conjugando perfectamente el terror psicológico proviniente de la terrible sensación de impotencia de los protagonistas ante algunos de sus propios congéneres, con el más puro gore (por ejemplo cuando Jim le clava los dedos en los ojos a uno de los soldados), conteniendo momentos verdaderamente antológicos que prefiero reservarme. La música es un elemento muy importante en toda la filmografía de Boyle y su empleo es bastante acertado, con una banda sonora que mezcla canciones de pop-rock actuales en las escenas en las que los protagonistas pueden darse un respiro, algo que no ocurre muy a menudo, pues incluso duermen con un arma en la mano, y la música original de John Murphy, que baña las imágenes en una atmósfera ya desasosegante de por sí donde la (in)tranquilidad reinante puede verse obstaculizada en cualquier momento. Pero no todo iba a ser un jardín de rosas para el bueno de Boyle, que estropea un poco el resultado con algunos excesos de montaje, que últimamente y por desgracia vienen siendo bastante habituales en este tipo de cine, pues en principio una rápida sucesión (bombardeo) de planos en unos pocos instantes no tiene nada de malo si son bien empleados (como ocurre en Requiem por un sueño, por ejemplo) pero resulta molesto si no se distingue demasiado lo que se está viendo, aunque se intuya. Afortunadamente no ocurre tan a menudo como cabría esperar, y representa una pequeña gota en un gran vaso. Por mí, Boyle puede quedarse en el Reino Unido para siempre, y que conste que lo digo por su bien (y por el nuestro como espectadores). |