Miradas de Cine PIRATAS DEL CARIBE, de Gore Verbinski   MdC
Cartel de la película
Por Alejandro Díaz
EEUU, 2003. T.O.: Pirates of the Caribbean: The curse of the Black Pearl. Director: Gore Verbinski. Guión: Ted Elliott y Terry Rossio; basado en un argumento de Stuart Beattie, Ted Elliott y Terry Rossio. Producción: Jerry Bruckheimer. Música: Klaus Badelt. Fotografía: Dariusz Wolski. Montaje: Craig Wood, Stephen Rivkin y Arthur Schmidt. Diseño de producción: Brian Morris. Duración: 143 minutos. Interpretación: Johnny Depp (Capitán Jack Sparrow), Geoffrey Rush (Capitán Barbossa), Orlando Bloom (Will Turner), Keira Knightley (Elizabeth Swann), Jack Davenport (Comodoro Norrington), Jonathan Pryce (Gobernador Weatherby Swann), Lee Arenberg (Pintel), Mackenzie Crook (Ragetti), Damian O'Hare (Gillette), Giles New (Murtogg), Zoe Saldana (Ana María).
 
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Corsarios del cine

Arropada por una gran campaña publicitaria que incluye anuncios disfrazados de noticias en todos los informativos televisivos, la película Piratas del Caribe, subtitulada como La maldición de la Perla Negra, llega a las pantallas dispuesta a abordar el género de aventuras marinas (sección piratería) y para ello cuenta con un arrollador despliegue de medios de producción y un reparto que combina nombres de cierto prestigio como Johnny Depp y Geoffrey Rush (quienes, por lo menos, tienen el pequeño mérito de no tomarse sus papeles en serio) con caras nuevas (y bastante odiosas, digámoslo de una vez) como las de los satinados Orlando Bloom (repitiendo su actuación de El Señor de los anillos, sólo que sin orejas puntiagudas) y Keira Knightley (que, visto lo visto, podría haberse quedado en casa y dedicarse a la cría de alondras). El resultado es, a un tiempo, uno de los mayores despropósitos de la reciente historia de Hollywood, pero también una de las películas más interesantes para comprender la idiosincrasia del cine americano comercial de gran presupuesto. De hecho, el film surge como fusión de unas ciertas tendencias a nivel de producción, dirección y guión que forman un todo bastante coherente si bien incapaz de resistir todo análisis crítico mínimamente riguroso.

La producción de Piratas del Caribe surge de la asociación del multimillonario fabricante de trampas audiovisuales Jerry Bruckheimer (qué lejos quedan aquellos tiempos en los que le producía películas a Paul Schrader...) y el imperio Disney, ahí es nada. Ambos aportan sus reconocibles "toques de la casa" a la película: Bruckheimer vuelve a reincidir en su particular cruzada (léase impostura) por desenterrar el cine de género más en desuso aportando aparatosidad y confusión en las peleas (porque tiene que haber peleas, claro), una tendencia a los planos epatantes y las luces rojizas, y también la presencia (no del todo implantada, pero sí esbozada) de dos jóvenes galanes contrapuesta a la de una sola dama (¿alguien ha visto Pearl Harbor?). Disney, por su parte, pone la nota infantil, el dibujo perennemente tópico y maniqueo de los personajes, el humor y las acciones de corte "limpio" y "familiar" y, cómo no, el lado más empalagoso e incluso moralista del invento (una película "de piratas" en la que se hace una denuncia de los perniciosos efectos que tiene beber ron... ¡madre mía!), que vuelve a evidenciar el (interesado) empeño del estudio en mantener férreos y antediluvianos esquemas narrativos.

El director del film, por su parte, es Gore Verbinski, aunque podría haberse llamado perfectamente Paquito Pérez o Ridley Scott. El azar, y no otra cosa, ha querido que un servidor haya visto todos los largometrajes de este director (Un ratoncito duro de roer, The Mexican y The Ring, además del presente), y desde luego si hay un denominador común a estos trabajos es precisamente la falta de personalidad, de expresión o voz propia, de todos ellos. Verbinski se postula tal vez como un artesano capaz de moverse en cualquier género y de aceptar cualquier encargo, como aquellos viejos directores americanos de la época dorada de los estudios. La diferencia está, lógicamente, en que el Hollywood actual no es el de hace cincuenta años, y la formación cinematográfica de Verbinski consiste, básicamente, en imitar el estilo publicitario. Planos vulgares sin ninguna particularidad, sin ningún estilo apreciable, sin ningún compromiso moral... Parece, no obstante, que Verbinski mantiene, tal y como están las cosas hoy, un ritmo de trabajo muy alto, algo que no sorprende una vez vista su mansedumbre y su facilidad para adaptarse (eufemismo de "venderse"). Desde luego, a este chico le espera un buen futuro dentro de la industria, hasta que, no lo quiera Dios, el director de moda pase a ser el novísimo video-clip-man de turno.

¿Y qué decir del guión? Pues que sus responsables principales no son otros que Ted Elliott y Terry Rossio, dos nombres que pueden no decir gran cosa, pero que comienzan a decir muchas más cosas cuando uno tiene en cuenta que se trata de una pareja de guionistas empeñada a unir su nombre a productos de aparente interés por renovar los argumentos clásicos: Desde el libreto de la película-momia Aladdin (de Disney también), hasta las envenenadas aventuras, supuestamente iconoclastas pero repugnantemente conservadoras, del ogro Shrek (y han escrito el guión de su segunda parte, próximo hit en todos los cines del mundo), pasando por la robótica resurrección de las aventuras de capa y espada que lleva por título La máscara del zorro. Elliott y Rossio recurren una vez más al exhibicionismo de las convenciones genéricas, pues los personajes, cómo no, saben que están en una ficción "de piratas", y que, por lo tanto, todo saldrá como se supone que debe salir en una película "de piratas". Elementos que no es que ya estén vistos, es que están podridos hasta la médula: La chica fina y educada pero de armas tomar (¿alguien ha visto Shrek?), su prometido gilipollas calzonazos (que al final se vuelve "bueno"), el chico que la quiere pero que no puede "aspirar" a una dama de tan alta alcurnia, el pirata (en el fondo un buenazo) que a la hora de la verdad casi no hace nada delictivo, el malo malísimo, los peleles secundarios con frase, las parejitas cómicas subnormaloides (hay dos: un par de guardias y un par de piratas), los animales graciosillos (un loro, un mono y el burro de Shrek), una total ausencia de carnalidad y/o sexualidad, y un final requete-requete-feliz, oigan, que esto es un film Disney. En fin, lo de siempre: los "buenos", los "malos"... ¿qué asco, no? Pero hay un dato que ya lo termina de aclarar todo: El film está basado en una atracción de los parques temáticos de Disney. Teniendo en cuenta que dichas atracciones no son más que un aséptico cúmulo de caracteres y situaciones estereotipadas y vacías, cabe reconocer que el trabajo de translación a la pantalla llevado a cabo por los guionistas ha sido harto eficaz...

Pues a eso es a lo que se dedican los responsables (los productores, en este caso: los otros no son más que esbirros, aunque, como se decía en Clerks acerca de los trabajadores de la Estrella de la Muerte de la saga Star Wars, su comportamiento no es inocente desde el momento en que son conscientes de quién les está contratando) de Piratas del Caribe: A saquear galeones genéricos que llevan irreparablemente hundidos desde hace ya demasiado tiempo y a sacar al exterior sus cadáveres para montar con ellos desfiles como éste y tratar de convencernos de que los esqueletos siguen vivos. Es una pena que el cine americano haya llegado a semejantes cotas de falta de originalidad, de orgullo artístico y de respeto por el público (y este film tendrá su secuela, no lo duden). Claro que todos los nombres citados (peligrosos corsarios del cine) no son conocidos ni importan nada a la mayoría de espectadores que disfrutan con esta clase de películas, los cuales, después de tantos y tantos lavados de cerebro, se conforman con dejar su dinero para ver una "de piratas", una "de miedo", una "de risa", una "de guerra", una "de amor", y así por los siglos de los siglos. Podemos respirar tranquilos: Hollywood sigue teniendo la fórmula para mantenerse a flote.