| BIENVENIDOS A BELLEVILLE, de Sylvain Chomet |
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Días de vino y ranasLa animación alejada del mainstream Disney ha dado últimamente muchas alegrías a los mayores, lo cuál no deja de ser una paradoja. Porque hay auténticos genios agazapados tras tanto bicho, monigote, imaginería y colorido albiceleste... gente que, además, se encorajina en buscar una audiencia que comparta sus valores y que no siempre necesite de la coartada de un enano en casa para ir a ver una peli de dibus. La iconoclasta South Park reavivó el interés por un tipo de cine en el que la historia en sí nunca había parecido importar mucho, con la condición de que saliesen cuadrúpedos cantando y Elton John firmase la banda sonora. Pues bien, South Park echaba mano de una estética feísta, de un trazo desgarbado y simple, para demoler el sueño americano, glorificar el insulto y la escatología como una de las bellas artes y reírse de los pavores del mundo civilizado y ¿libre? Hace dos temporadas fue Shreck, plagada de guiños cinéfilos e incluso algún que otro chiste que claramente no iba destinado a un público infantil. Este cuento perverso contaba también a su favor con una crítica nada disimulada a los cánones impuestos por el crionizado Walt y sus secuaces, reconciliándonos con el formato a aquellos que nos salía sarpullidos al ver a Pocahontas trotando por el bosque o a la Sirenita evolucionar a lo Debbie Reynolds en el líquido elemento. Si quedaba alguna duda de que algo estaba cambiando, el año pasado se consagró Miyazaki, uno de esos que siempre habían estado ahí disfrutando de la indiferencia de las mayorías, con su El viaje de Chihiro. Un poema visual, una deslumbrante demostración de facultades. Llega ahora Bienvenidos a Belleville de Sylvain Chomet, una de esas películas que llevan a Cannes sin atreverse a ponerlas a concurso porque quizás... porque quizás podrían ganar. Belleville es artesanía pura, a pesar del concurso de los efectos digitales. Una forma de dibujar que recuerda a la edad dorada del género -Tintín mediante-, a salvo de la avalancha manga: nada se deja a la improvisación, cada detalle importa. La decoración de las habitaciones, la recreación de vehículos, tranvías o bicicletas de la época, el vestuario... la dirección artística es de premio, equiparable a la de cualquier película de época. El autor se explica: "(...) desde el punto de vista de un diseñador los años 50 eran más inspiradores. Los coches y la ropa eran creativos e interesantes. Dibujar y diseñar en pósters o en los libros escolares era una parte importante de la vida. También era una época en la que la gente estaba relajada después de la Segunda Guerra Mundial. Eran menos cínicos, más entusiastas en cuestiones de libertad." Las elipsis que señalan el paso del tiempo están entre lo más inteligente que uno recuerda. El ritmo -contemplativo, pausado, muy Tatí- hizo que el único niño de la sala se pasase media proyección remarcándole a su madre que "¡esto es muy aburrido!". (Otro futuro frecuentador de CINESAs). Y es que esta película destila verdadero encanto neorrealista (¿no os recuerda el principio a Milagro en Milán de De Sica?), muy alejado del esquema "héroe-busca-consigue-triunfa" de la mayoría de films destinados al consumo infantil (bueno, al consumo y a su adoctrinamiento capitalista, no vaya a ser que se planteen algún día que el no llegar, el no conseguir una determinada meta... quizás no implique necesariamente una derrota). La protagonista es una super-abuela dispuesta a todo por cumplir los sueños de su nieto. No es esta la clásica anciana entrañable o postrada, no: vital, constante, independiente y con muchos recursos, llevará a su chico al Tour de Francia aunque sea lo último que haga. Porque resulta que el peque de la casa descubre su verdadera pasión con el primer triciclo: pedalear. Quiere ser ciclista, de los grandes, como sus idolatrados Fausto Coppi o Louis Bobet, subir montañas con una cadencia sin igual y enfundarse el maillot amarillo entre dos rubias rubicundas . Pasan los años y logra participar en la gran ronda francesa. Un auténtico esforzado de la ruta, su objetivo -como el de tantos habitantes del pelotón- consiste en llegar, en terminar a trancas y barrancas, cayendo rendido en la mismísima línea de meta. Alentado por el coche escoba -único vehículo a su estela- donde su amantísima abuela no para de animarle y marcarle el ritmo, será secuestrado por una peligrosa banda de malhechores... Ni que decir tiene que la abuela perseverante y su perro fondón tratarán de rescatarlo, llevándoles sus pesquisas hasta la urbe de Belleville. Belleville es una ciudad irónicamente norteamericana, habitada por gente sobrealimentada, algo deshumanizada y estupidizada, donde se producirá un celebrado encuentro con tres hermanas aficionadas a los escenarios y los gorgoritos. Memorables los sueños -más bien pesadillas- perrunas, la técnica empleada por las cantantes venidas a menos para llenar su despensa, la cena a base de ranas, la persecución en automóviles de "gran" cilindrada (dos caballos)... Bienvenidos a Belleville es una obra de orfebre, ajustada aquí y allá, con auténtico mimo, sin moralejas, con vida. Pero que no se pongan a temblar las grandes productoras. No les robará público entre la gente menuda, pues apenas se proyecta ya en un par de salas en versión original, utópico lugar donde meter a un niño 'epañó' que si tiene suerte y va a un colegio de pago aprenderá a leer a los 14 años (aunque la película sea prácticamente muda, advierto). Así que Disney puede respirar tranquilo... su próxima chorrada mimética volverá a arrasar en taquilla. Pues eso... ¡bienvenidos a Belleville!
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