Miradas de Cine EL BUEN LADRÓN, de Neil Jordan   MdC
Cartel de la película
Por Jorge-Mauro De Pedro

USA, 2002. TO: The Good Thief. Dirección: Neil Jordan. Productores: Kristin Harms, Neil Jordan. Guión: Jean-Pierre Melville, Neil Jordan. Fotografía: Chris Menges. Diseño de producción: Anthony Pratt. Montaje: Tony Lawson. Música: Elliot Goldenthal. Duración: 109 minutos. Intérpretes: Bob (Nick Nolte), Anne (Nutsa Kukhianidze), Said (Ouassini Embarek), Remi (Marc Lavoine), Roger (Tchéky Karyo), Vladimir (Emir Kusturica), Tony Angel (Ralph Fiennes).

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¡Quiero ser un estafador bohemio y seductor de menores!

Cuentan -bueno, contarlo, lo que se dice contarlo... lo leo del dossier de prensa, hermanos- que la idea para hacer esta película le vino a Neil Jordan de su inopinada admiración por el cine del viejo continente -está bien, siendo él europeo... se agradece- y, más concretamente, por los extraños y absorbentes films noirs de Jean-Pierre Melville (cuya aclamada El silencio de un hombre no era sino una peli americana... algo más aburrida).

Y Neil Jordan no es un irlandés desinformado, que ahí están En compañía de lobos, Juego de lágrimas o la sorprendente y maltratada por la distribución The Butcher Boy (Dios, llegó directamente al mercado del video... como tendría que haber pasado con Tomb Raider 2). El punto más bajo de su carrera -siempre con un ojo en Hollywood, sin acabar muy bien de definirse- fue el despropósito Nunca fuimos ángeles, que puede presumir de contar con la peor actuación tanto de Sean Penn como de Robert de Niro.

Vamos con la película que sirve de excusa para estas líneas. Nick Nolte interpreta a un tal Bob y como en el 80% de sus papeles, comienza siendo un perdedor honoris causa, mayúsculo, irredimible y singular. Con la cara acartonada que se le está quedando a este hombre (unida a esa pose algo ausente de alcohólico mal rehabilitado) la verdad es que queda que ni pintado para encarnar estos roles. (¿Dónde termina la ficción y comienza la realidad?)

De partida, digamos que este tipo está pero que muy mal: ludópata sin suerte, heroinómano confeso... eso sí, toda su miseria la arrastra con mucha clase: habita en una mansión de la Costa Azul y tiene un cuadro de Picasso en el comedor (si, esas cosas que pasan). Comienza ya aquí una de las características más flojas del film: el supuesto "ingenio" dialéctico de nuestro yonqui, demasiado... demasiado pendiente de darle la réplica a todo el mundo aún cuando arrastre un mono de 72 horas o le acaben de pegar una buena tunda. ¿Marca de fábrica del género? Sí, y muy de agradecer cuando el guión te lo firma Faulkner o James M. Cain, pero... Neil Jordan no es ninguno de los dos. (Sin ánimo de ofender, ¿eh? Yo tampoco soy André Bazin, ¡qué le vamos a hacer!)

Así pues, se recurre a personajes arquetípicos -ahora voy a ellos, no se impacienten- que se comportan conforme a lo que nunca debe de ser un buen secundario -esto es: mera comparsa-, siendo el bogartiano Nolte el único que se pasea por el metraje repartiendo bendiciones, consejos y sorna de perdedor que sabe que no lo es.

Le acompaña en su huída de los infiernos una lolita eslava que habla como la Bacall, fuma mucho, tiene más vicio que Nuria Bermúdez y se pirra -como no- por tipos difíciles pero fascinantes como Nolte. (Interesante dato sobre nuestro "buen ladrón" -bueno no siempre es sinónimo de tonto-: libera a la adolescente de un malo muy malo y proxeneta porque se la beneficia con 17 años, y espera pacientemente a que la impúber cumpla los 18 para lanzarle los tejos... ¡jo, que cosas tiene lo políticamente correcto!)

En fin, un día entero en las carreras del hipódromo resulta catastrófico para su economía y Nolte resuelve que es hora de volver a la acción para cubrir deudas. Porque resulta que este glamouroso pendejo era un afamado amigo de lo ajeno de guante blanco a lo Cary Grant en Atrapa a un ladrón. Momento pues de recuperar al viejo equipo y volver a las andadas, eso si logra darle esquinazo al típico poli que observa sus movimientos con más admiración que celo profesional.

El plantel de ex-convictos que habita a caballo entre Niza y Montecarlo es variopinto y pretendidamente original: un viejo amigo muy sagaz, un forzudo que se ha cambiado de sexo (¿?), un joven aspirante a tocomochero, soldadores, picapedreros... todo ello complementado con un elemento esencial para que el golpe llegue a buen puerto: el responsable de instalar el sistema de seguridad de la cámara acorazada, un ruso con ganas de tener algún ingreso atípico para traerse a la familia al litoral.

Pero es que aquí comienza el capítulo de "estrellas invitadas". El tal Vladimir responde a los rasgos de... no, no, esperen... ¡es que lo es! ¡Emir Kusturica! Cada cuál se costea sus películas como puede, y el director balcánico interpreta aquí a un tipo carismático (sospecho que una de las exigencias fue poder tocar su guitarra eléctrica, por extravagante que pudiese resultar). Y eso es lo que hace Emir... fuma puros y rasguea su instrumento, recordándome a una de aquellas apariciones en películas infectas de John Huston u Orson Welles como actores.

También tiene un par de escenas Ralph Fiennes, que se dedica a dar salida a obras de arte de dudosa procedencia, como el Picasso que Nolte se empeña en afirmar que tiene en casa porque se lo regaló el pintor en Pamplona después de una corrida (vale que Picasso hizo cuadros como churros, pero que a un merchante de arte le pase desapercibida la autenticidad de un retrato de Jacqueline... sin comentarios).

Bueno, pues si de cosas inverosímiles se trata, esperen a que les cuente el plan. A tiro de piedra tienen el Casino Riviera de Montecarlo, con una caja fuerte con 80 millones de francos. Pero no, este no es el objetivo del atraco (sería demasiado fácil). El objetivo son los cuadros que cuelgan en este bingo para ricos: bah, nada, futilezas... algún Modigliani, media docena de Van Goghs, Matisse, Picasso, Chagall...(1). Como entenderán, el verdadero botín está ahí.

... o no. Porque nuestros sagaces chorizos se dan cuenta de algo que pasa desapercibido para la selecta clientela: que no son los originales. (No se donde estudiaron estos chicos, pero está visto que hasta para dar el tirón hay que tener un MBA). Los buenos, los de verdad, los guardan al otro lado de la calle (claaaaaro) en un château con innumerables medidas de seguridad absolutamente inútiles.

Habrá pues dos robos. Y dos bandas de atracadores, una de ellas integrada por dos gemelos que se apuntan a la juerga a última hora (estos guiños algo chorras al cine de Guy Ritchie le restan mucho interés a la trama, pero este hombre ha visto muchas películas europeas, repito... Jean-Pierre Melville, uhhh, uhhhh).

Sobre el desenlace -como uno tiene por costumbre- mejor no hablar. Tiene relativa gracia si uno es un individuo crédulo, aunque lo que empezó siendo un thriller en las postrimerías se decanta casi por la comedia.

Crean en la fortuna y las probabilidades, en la teoría del caos y en la comunión de los santos. Están en su derecho. Pero sepan que El buen ladrón es un entretenimiento muy poco divertido bastante más cerca del cine norteamericano que de ese cine europeo al que pretendía homenajear. Jugueteo con muchos formatos cinematográficos, alguna que otra tontería en el montaje, una falta preocupante de ideas en la puesta en escena... ¡ah, y una ausencia clamorosa! David Mamet firmando un guión decente.

(1) Si, si, suena a coña marinera, pero el casino del Bellagio de Las Vegas muestra orgulloso su colección de obras de Picasso.