| LA LIGA DE LOS HOMBRES EXTRAORDINARIOS, de Stephen Norrington |
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Superhéroes de literaturaAntes que nada, una confesión: con la excepción hecha del gran Francisco Ibáñez, jamás he sido aficionado al cómic y mucho menos al cómic de superhéroes (bueno, sí, del espléndido SuperLópez de Jan). Es por ello que la masiva confluencia de adaptaciones del llamado octavo arte con la que nos está bombardeando el cine estadounidense resulta, a estas alturas, del todo cansina. Cansina porque todo está cortado con el mismo patrón, tanto a escala argumental (los malos que quieren destruir el mundo y los buenos que luchan por impedirlo) como visual (efectos digitales y montaje desquiciado). Amén de ello si desconoces por completo la base original, como es mi caso, te enfrentas ante algo que no tiene ni pies ni cabeza y te obliga a realizar hercúleos esfuerzos mentales para que todo el desaguisado intente parecerte, siquiera, mínimamente coherente. Este es el caso de La Liga de los Hombres Extraordinarios. Liga en la que se dan cita, nada más y nada menos, que el Allan Quatermain de Ridder Hagard, el capitán Nemo de Julio Verne, la Mina Harker de Bram Stoker (convertida en vampira por exigencias del guión), el Hombre Invisible de H.G. Wells, el Dorian Gray de Oscar Wilde, el Jekyll y Hyde de Stevenson y ¡el Tom Sawyer! de Mark Twain. O sea, un grupo de personajes que en su origen literario poco tenían de héroes (más bien, todo lo contrario). No es congruente preguntarse el porqué de tamaña insensatez(1), pero sí cuestionarse el funcionamiento argumental de esta coctelera. Y lo cierto es que James Robinson ha explotado todos los tópicos de los personajes sin aportar ningún elemento nuevo, ni mucho menos, plantearse una vuelta de tuerca mínimamente ingeniosa a sus caracteres (ignoro si sucedía lo mismo en el cómic, pero intuyo que sí). Por el contrario ha optado por la sumisión al imaginario popular, desplazando la complejidad y diversidad de matices con que estos personajes fueron creados por sus respectivos autores (2), es decir, echando más tierra a la superficie antes que intentar averiguar lo que hay debajo de ella. Aunque tampoco es menos cierto que La Liga de los Hombres Extrordinarios es, ante todo, cine de consumo y, por tanto, no podemos pedirle peras al olmo. Pero reconozcamos también que tranformar un grupo de personajes, redondos en su origen, en una amalgama de clichés a cuál más plano e insustancial resulta bastante enfermizo. Por su parte, Stephen Norrington, tampoco aporta nada al desangelado conjunto planteado por Robinson. Su trabajo de dirección es grotesco y, en ocasiones, da muestras de una evidente desorientación. Y, como ejemplo, no hay más que ver la pelea en casa de Dorian Gray, donde el juego con las acciones paralelas y el punto de vista es tan sumamente confuso, que la sensación que tiene el espectador es la de un gigantesco maremágnum en el que apenas se sabe qué está sucediendo (agravado, todo hay que decirlo, por un inadecuado montaje). Además, el aspecto formal de la obra resulta pobretón, debido tanto a la errónea labor de Norrington como a un desmesurado abuso de los efectos visuales: la película comienza con una convincente recreación del Londres victoriano (casi directamente extraída de la memorable The Lodger -John Brahm, 1944), pero pronto acaba siendo víctima de sus ínfulas estéticas (véase el Nautilus, barroquismo fuera de contexto) y su condición híbrida (es muy difícil mostrar el S. XIX con la estética del XXI). Algo que, para su pleno funcionamiento, tendría que haberse concebido por genios de la plástica cinematográfica como Terry Gilliam o Tim Burton. Norrington se encuentra a años luz de ambos. Aún así, hay que reconocer, con total sinceridad, que La Liga de los Hombres Extraordinarios no aburre. Efectivamente, es un juguete algo chabacano y, en ocasiones, casi ridículo. Pero es de agradecer que sus 110 minutos no hagan caer en el más insoportable tedio al sufrido espectador (caso de la impresentable X-Men 2) y que, como mínimo, proporcionen cierto nivel de esparcimiento. Sin ningún género de dudas, el entretenimiento es lo único que se le puede exigir al cine de consumo estadounidense por tanto, no hay que ser demasiado cruel cuando alguna película lo consigue. (1) No es nada nueva la reunión de personajes originarios
de diferentes fuentes literarias en una misma obra: siguiendo con el género
fantástico, la agonía de los estudios Universal en los años
cuarenta dio a luz dos bizarras y muy atractivas piezas de artesanía
merecedoras de una pronta reivindicación: Frankenstein y el
Hombre Lobo (Roy William Neill, 1943), en la que ambos personajes
mantenían una encarnizada pelea final y La zíngara y
los monstruos (Erle C. Kenton, 1944), que reunía a Drácula,
Frankenstein, el Hombre Lobo y una variación de Quasimodo y Esmeralda. |