| SOÑADORES, de Bernardo Bertolucci |
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Poniendo cada cosa en su sitio (un film necesario) «Si para quien quiere comprender el presente, la ignorancia del pasado resulta funesta, al contrario no es menos cierto» Creo que necesitamos mitos. Hechos, personas referenciales para conformar nuestro corpus ideológico, sentimental, religioso...algunos nos han sido trasmitidos de modo exagerado (ya saben, print the legend ) o politizado, la instrumentalización de la historia por parte de la historiografía nos llevaría al debate de nunca acabar, pues estaríamos sobre el continuo rompecabezas sobre la subjetivización del discurso histórico, que quieran o no es inevitable. La Historia del Cine ha sido escrita por críticos y por los propios cineastas, no por historiadores en el sentido estricto de la palabra, por lo que la subjetivización puede llegar a ser mayor al carecer de método. ¿Para que este rollo? Para clarificar la intención de Bertolucci, que como la estructura de su último film, es doble. Una primera, romántica, cinéfila, necesaria en los tiempos que corren, es la de mostrar como el cine es más que latas de película proyectadas sobre una pantalla, mostrar como había gente que vivía por y para el cine, lo amaba, lo reivindicaba y lo sentía. De un modo superficial es una parte contextualizadota, pero es más, mucho más. La segunda parte del film, más compleja sino por su estructura si por su relación de contradicción y conjunción con la primera, es poner ese mito histórico en su verdadero lugar. El Mayo del 68 fue un verdadero espejismo sino un fracaso, como mínimo a corto plazo. A nivel político les recuerdo que las elecciones del 69 las ganó Pompidou y a nivel social poco cambió la cosa (desde la perspectiva del tiempo los cambios fueron a todas luces insuficientes, y sino, pregúnteselo a cualquier mujer). Además de ello, la Revolución Burguesa (que no francesa) hacia siglos que había pasado, y ya se encargo de generar los mecanismos necesarios, con Bacon, Hobbes y Locke a la cabeza, para impedir cualquier Revolución verdaderamente popular. Primera parte. Los niños de la Cinematheque... cinePara el cinéfilo es un verdadero placer ver la primera media hora de Soñadores, ya no sólo por las referencias al conocidísimo caso anglois, ver a Truffaut, a Ray (1) o fragmentos de un film de Fuller (y eso ya vale el precio de una entrada). Es un placer porque Bertolucci ha sabido captar el espíritu, atraparlo con su cámara y mostrarlo sin caer en la cita vacía, en la tosquedad de quien sabe que eso es jugar caballo ganador (2). Los personajes de Bertolucci son pasionales, atrevidos, defienden lo que les gusta a cualquier precio. Son el fiel reflejo de una época del cine, de sus cineastas y de sus películas. Viven con la misma intensidad que transmitía el travelling final de Los 400 golpes (Bertolucci utiliza la música del film en esta primera parte no por casualidad), tienen una relación que no es más que la de Jules y Jim, tan al límite como lo pueda ser una película de Godard, pero también de un modo tan burgués (en peyorativo sentido del término) como puedan serlo los personajes de Chabrol. Apuntando lo que vendrá después, los hermanos viven en un mundo de cine, irreal en el fondo aunque no nos guste; en conflicto con el padre, poeta y por lo que se deduce, hastiado de luchas románticas en contra de lo que casi es imposible cambiar, personaje criticado por algunas publicaciones, pero necesario al fin y al cabo, tanto narrativamente como para dar veracidad al asunto. De este modo, Bertolucci conforma una primera parte magistral, hecha la vista atrás en un valiente ejercicio para explicarnos que fue aquello, como se vivía, como se sentía. Segunda parte. Mayo del 68...otra cosa es la realidadDespués de ese ejercicio contextualizador y cinéfilo, la historia adquiere otro matiz y entra en los cauces de la narración más convencional si bien esta salpicada de cortes, para nada gratuitos, de films que van desde La Reina Cristina de Suecia hasta Scarface (¡grande, grande!). Pero esa parcela ya esta cubierta, Bertolucci toca un tema mucho más espinoso, esos amantes de los cambios, de la lucha, de la Revolución , que son capaces de enfrentarse hasta con su padre, no son más que caricaturas, y ahí esta la grandeza de este film y es dónde entra la función de historiador por parte cineasta italiano al poner los mitos en su sitio. Acepta, defiende, justifica y considera necesario luchar por lo que se cree, pero también nos advierte que los mitos muchas veces se hinchan, y una cosa es la Revolución privada (sexual, artística, que tan solo escandaliza y es claramente superficial) y otra muy diferente la que se gana en las calles, tras las barricadas, en las fábricas. El nihilismo y el suicido, cuando se tiene todo (y no solo a nivel material), resulta patético...resulta burgués. De ahí que pueda sacarse una lectura un tanto ambigua de la adhesión a la manifestación final, ¿responde a un acto impulsivo (provocado por el reproche de uno de los personajes) o es que finalmente le han abierto los ojos y de una vez va a tomar parte en el asunto de un modo directo? Quien sabe. La elección de Bertolucci...Un último apunte sobre la puesta en escena y que me siento obligado a escribir, hubiera sido muy de agradecer que Bertolucci hubiera aplicado al film una planificación mucho mas “Nouvelle Vague” (perdón por la esta expresión tan horrible), la conjunción entre fondo y forma hubiera sido la más adecuada, bajo mi punto de vista. Hecho que si se da magistralmente en La verdad sobre Charlie, el último y gran film de Jonathan Demme y que me gustaría reivindicar ya que hablamos de la época. (1) Tan importantes en la historia del arte del s. XX como pueda serlo Pablo Picasso. |