Miradas de Cine MYSTIC RIVER, de Clint Eastwood   MdC
Cartel de la película
Por Susanna Farréé
EEUU, 2003. T.O.: Mystic River. Director: Clint Eastwood. Productores: Robert Lorenz, Judie G. Hoyt y Clint Eastwood. Guión: Brian Helgeland; basado en la novela de Dennis Lehane. Fotografía: Tom Stern. Diseño de producción: Henry Bumstead. Montaje: Joel Cox. Música: Clint Eastwood. Duración: 135 min. Intérpretes: Sean Penn (Jimmy Markum), Tim Robbins (Dave Boyle), Kevin Bacon (Sean Devine), Laurence Fishburne (Whitey Powers), Marcia Gay Harden (Celeste Boyle), Laura Linney (Annabeth Markum), Kevin Chapman (Val Savage), Thomas Guiry (Brendan Harris), Emmy Rossum (KatieMarkum).
 
Miradas de Cine © 2002-2003

Los niños que nunca escaparon de los lobos (1)

Asistir con toda probabilidad al nacimiento de una obra clave dentro del cine actual es una experiencia sumamente gratificante. Uno siente una sensación especial cuando acude a la proyección de un film sin duda mayúsculo en el cine de nuestro tiempo. Esto nos ocurrió a la mayoría cuando asistimos al estreno de Sin Perdón en el año 1992, película que proclamaba a los cuatro vientos su apabullante relevancia en el cine de la década pasada, y esa misma sensación es la que ha conseguido transmir la última obra del genial Eastwood, nuevo ejemplo de su talento para llevar a la pantalla historias corrientes pero cargadas de un profundo análisis existencial. Mystic River es ya uno de los trabajos sobresalientes en la filmografía del director. A lo largo de sus films, el cineasta de San Francisco ha plasmado una serie de líneas paralelas que se repiten constantemente, por muy dispares que sean los géneros tratados. Quizás de entre el entramado de su estilo fílmico haya que destacar por encima de todo su predilección por el profundo tratamiento psicológico de los personajes, por el dibujo de unos seres humanos en su mayor parte castigados por la vida, y en muchos casos portadores de un sentimiento de culpa y de cierta responsabilidad hacia lo que el destino les está deparando.

No es de extrañar, teniendo en cuenta esta premisa, que una novela como la de Dennis Lehane cautivase inmediatamente a Eastwood, provocando en él su entusiasmo para llevarla a la gran pantalla. La historia de Lehane –y la de la fiel adaptación llevada al cine de la mano del guionista Brian Helgeland (2)– traza un dibujo exhaustivo y profundo sobre un grupo de personas relacionadas por dos tragedias de fondo, una acaecida en el pasado y otra en el presente, la cual vuelve a abrir viejas heridas y golpea de nuevo sus vidas.

El protagonismo dentro de este grupo recae sobre tres hombres, amigos en su infancia, Jimmy Markum (Sean Penn), Sean Devine (Kevin Bacon) y Dave Boyle (Tim Robbins). Éste último fue secuestrado ante los ojos de Jimmy y Sean cuando de niños jugaban en la calle. Brutalmente retenido y violado por dos hombres adultos, Dave consiguió escapar y regresar a su casa, pero ya nada volvería a ser lo mismo, ni para él ni para sus amigos. Aquellos niños habían perdido para siempre su inocencia, convirtiéndose en adultos de repente y sin quererlo, azotados por la repentina bofetada de la irrupción de la violencia en sus vidas. Sus caminos han seguido diferentes rumbos: Sean, convertido en policía, trata de remontar un matrimonio roto, Jimmy, delincuente reformado, dirige un drugstore en su barrio y regenta una familia junto a su mujer Annabeth (Laura Linney) y sus tres hijas, la primera de las cuales es fruto de un primer matrimonio del que enviudó mientras cumplía condena en la cárcel. Dave, por su parte, trata de salir a flote con su mujer Celeste (Marcia Gay Harden) y su hijo pequeño Michael, intentando olvidar los fantasmas de su pasado, los brutales recuerdos que le persiguen y que contaminan su conciencia, y a los que siempre se ha enfrentado solo, sin desahogarse con nadie, completamente traumatizado por ellos.

El asesinato de Katie (Emmy Rossum), la hija mayor de Jimmy, vuelve a entrelazar la vida de los tres hombres. Sean es el policía encargado de resolver el caso, junto al sargento Whitey Powers (Laurence Fishburne). Dave, cuyos lazos familiares (Celeste y Annabeth son primas) le unen a la desgracia de Jimmy, se ve implicado de lleno en la muerte de la chica, al aparecer por una serie de circunstancias como principal sospechoso. Hasta aquí la historia no tiene nada de especial, se trata una vez más de la resolución de un caso de asesinato. Pero lo interesante no tiene apenas nada que ver con esto. De lo que se trata para Lehane y para Eastwood no es tanto de esclarecer la culpabilidad del crimen, sino de utilizar el asesinato como pretexto para ahondar sin piedad en el interior de los personajes, para mostrarnos fríamente cómo la muerte de la joven impacta en sus vidas y las sacude bruscamente. De nuevo la violencia como motor de arranque para desenmascarar los más profundos demonios de cada ser humano. Uno a uno, los personajes serán desmenuzados cuidadosamente, mostrándonos su parte más íntima y oscura.

Jimmy pierde lo que para él era más importante en su vida. Katie fue la niña que le había impulsado a dejar la delincuencia para luchar por ella y por su felicidad. Al quedarse viudo, Jimmy se había quedado solo, acompañado únicamente por un ser a quien apenas conocía y del que se sabía totalmente responsable. Su vida ya no era únicamente la suya, sino que pertenecía ahora a dos personas. Al perderse los primeros años de su hija encerrado en la cárcel, Jimmy se enfrentó con miedo a la responsabilidad de su nueva vida, y decidió por esa niña salir a flote y emprender un nuevo camino. Katie fue durante años para Jimmy su único motivo para vivir, y al arrebatársela, Jimmy se siente de nuevo solo. - "En mi interior sé que he contribuido a tu muerte, pero no sé cómo", le dice Jimmy en sus pensamientos a Katie. El sentido de culpabilidad le acompaña desde hace años, quizás desde que viera alejarse impasible junto a Sean el coche que se llevaba a Dave hacia el horror. Jimmy vive castigado por una culpa que aún no comprende. ¿Qué hubiera pasado si hubiera subido él a ese coche? Probablemente su vida habría quedado destrozada, y nunca hubiera podido ser feliz al lado de nadie. Jimmy siente esa culpa dentro suyo, como si la desgracia de Dave hubiera sido injusta, y realmente hubiese tenido que pasarle a él, mucho más merecedor de castigo que su pobre amigo. Jimmy sabe que él no es un ser inocente ni bueno, de hecho carga en su consciencia con el asesinato a sangre fría del delator que le denunció ante la justicia. Por eso quizás siente que Dios se va a cobrar el precio de sus errores, y atribuye a ésta venganza divina la pérdida de su bien más preciado. Jimmy grita desgarradoramente al cielo cuando sabe que Katie está muerta, y su grito no es más que un reproche impotente a Dios, ante el cual sabe muy bien que no puede ocultar sus faltas. Sean Penn ejecuta con maestría un papel que parece hecho a su medida, y en el que el actor desarrollla sus aptitudes interpretativas al más alto nivel. Pero aunque la interpretación de Penn sea soberbia, no consigue superar a la impresionante caracterización de Tim Robbins como Dave Boyle. Robbins y Penn desarrollan en pantalla unos de los mejores papeles de sus carreras, deleitando con su labor al espectador, quien tiene muy difícil su elección entre ellos. Ambos actores dejan bien claras sus cualidades interpretativas, quizás alimentadas por el conocimiento añadido que su labor como realizadores les ha propiciado para el entendimiento exacto de los personajes y de la intención de Eastwood en su puesta en escena.

El personaje interpretado por Robbins es un ser desquiciado por su pasado, atormentado por un miedo atroz al niño que jamás consiguió escapar de sus secuestradores, ese niño que habita siempre en él y que ahora surge violentamente para descargar su furia contra el mundo. Dave sólo se atreve a hablar de su pasado con su hijo, explicándole por las noches en forma de cuento su triste hazaña al escapar de los lobos que lo retuvieron. El Dave que un día fue ahora está muerto, y lo que queda de él es sólo el deshecho de lo que pudo llegar a ser. Qué magnifica metáfora visual elabora Eastwood con la escritura de los nombres de los niños sobre el cemento fresco de la calle. El de Dave queda incompleto, como paradigma de su infancia truncada, de una personalidad para siempre asesinada. Dave sabe que nunca logrará huir de sus perseguidores, pues al igual que los vampiros, una vez se es mordido el mal permanece en la propia sangre, contaminándola hasta convertirse en uno más de ellos. Dave se teme a sí mismo, en el fondo sabe que su alma podría corromperse como la de sus secuestradores, y por ello trata de vengarse de su pasado antes de que sea demasiado tarde. En la novela de Lehane éste hecho queda mucho más claro, quizás sólo intuído en la película, aunque de manera innegablemente magistral por algunos detalles de la realización de Eastwood. En los momentos en los que la mente de Dave se muestra más frágil, el rostro de Robbins es iluminado sólo parcialmente, dejando la mitad en penumbra, como dando paso a su lado más oscuro. Sus ojos brillan como los de una fiera, y su cara se alza al cielo, en clara alusión a la imagen de un lobo. Sólo Jimmy aparecerá iluminado también así, el único personaje que comparte con Dave un lado infranqueable en su personalidad.

Sean, por su lado, sufre también la culpa de no haber vivido la desgracia de Dave, pero su carga no será tan pesada como la de Jimmy, aunque su vida haya quedado de igual modo marcada por el mismo suceso. Es el personaje de Kevin Bacon la única nota disonante en todo el film de Eastwood, y no precisamente por la interpretación del actor, puesto que ésta es ciertamente destacable. Dibujado sólo parcialmente en la adaptación de Helgeland, este personaje no consigue entenderse como merecería. Lehane en su novela había trazado para él una personalidad castigada también por su pasado y con una incapacidad absoluta para amar y ser feliz. La enigmática e incomprensible historia mostrada apenas en el film de Sean con su mujer Lauren, adopta del todo su sentido en las páginas de la novela, al ser desarrollada de una manera mucho más clara y del todo comprensible. Sean es incapaz de reconocer ante su mujer que la ruptura de su matrimonio, ocasionada por la infidelidad de ella y por un embarazo ante el que Sean se muestra del todo suspicaz, se deba en parte al negligente descuido de él hacia su relación de pareja. Sólo cuando él reconozca su culpa ante Lauren podrán remontar su matrimonio, y ésto es lo único que espera la silenciosa mujer al otro lado del hilo telefónico. Es una lástima que este personaje haya sido desaprovechado en la adaptación para la pantalla, pues su peso en la novela es tan importante como el de Jimmy y Dave, y en la película su relevancia queda del todo descompensada.

Junto al trio protagonista, merece especial mención el papel de las dos actrices principales: Laura Linney y sobre todo Marcia Gay Harden. El papel de Linney como Annabeth Markum es bastante secundario en la mayor parte de Mystic River, hasta que de repente, hacia el final de la cinta, adquiere una importancia sorprendentemente relevante. Annabeth, ante el sentimiento de culpabilidad que le confiesa Jimmy, se muestra extrañamente resuelta y comprensiva. Ella es la encargada de justificar la violencia de su marido como un acto del todo legítimo, como si la protección de los suyos fuese motivo suficiente para entender la actitud de odio y venganza de Jimmy ante la muerte de su hija. No importan los errores cometidos, si éstos se han realizado bajo una causa justa. La Ley del Talión no es un pecado, sino un derecho, y sólo Annabeth conseguirá hacérselo entender a Jimmy, tranquilizando su consciencia para siempre. Qué magnífica alusión a la mentalidad tan propiamente americana del consabido ojo por ojo. Quizás el inesperado discurso de Annabeth resulte un poco contradictorio con la poca relevancia de su personaje en el resto de la historia, pero es precisamente por esto por lo que el impacto de sus palabras resulta mucho más certero y sorprendente, no sólo para el espectador, sino también para el mismo Jimmy, quien no acaba de creerse que su mujer le sea tan leal y fiel por encima de cualquier circunstancia. Diferente es el caso de Celeste, la mujer de Dave, una Marcia Gay Harden perfecta en su interpretación de una mujer destrozada por la evidente culpabilidad de un marido en el que ya no confía. A diferencia de Annabeth, Celeste traiciona a su marido y rompe su lealtad hacia él, dejándose arrastrar por el miedo a un ser del todo desconocido para ella, intentando proteger a su hijo Michael de su en apariencia peligroso padre. Esta actitud de Celeste, aún siendo lógica y totalmente justificada, resulta sin embargo curiosamente rechazada por el espectador, quien casi comparte más la lealtad incondicional de Annabeth que la más comprensible traición de Celeste. Se plantea entonces un dilema interesante y sobre el que merece la pena reflexionar, sólo explicable por la simpatía sentida hacia los personajes de Jimmy y Dave. Este hecho consigue ocultar el verdadero sentido de justicia hacia ellos, y esto es cuanto menos interesante. Celeste delata a su marido, pero no obstante en su decisión hay ciertamente algo de malicia, puesto que ella no sólo huye de él, sino que consigue con su traición condenarlo para siempre. Sin embargo, su decisión convertirá a su hijo Michael en otro niño infeliz y desgraciado, despojado demasiado pronto del cariño de un padre venerado. Esto queda excelentemente plasmado en la escena del desfile final de la película. Michael es el único niño que no sonríe, con su mirada perdida en el vacío, haciendo caso omiso de la desesperada llamada de su madre entre la multitud, de nuevo la inocencia perdida, la infancia tristemente arrebatada. El desenlace final es injusto para Dave y para Jimmy, sus culpas son desigualmente pagadas. Pero de algún modo el gesto de Sean apuntando con una pistola imaginaria a Jimmy entre la gente viene a confirmar que aún quedan cosas por resolver.

Clint Eastwood ha contado para Mystic River con un plantel de actores inmejorable. No sólo los mencionados anteriormente, sino también el conjunto de secundarios logran un universo de sentimientos humanos impresionante y sobrecogedor. Pero detrás de estos actores se encuentra la genial dirección de Eastwood, quien conduce con maestría todas las interpretaciones, consiguiendo de cada uno de ellos lo mejor para cada personaje. En esto radica su genialidad, y también en una puesta en escena perfecta, basada en primer lugar en la elección de una localización inmejorable. La ciudad de Boston, y más concretamente uno de sus barrios marginales, East Buckingham, se configura como telón de fondo perfecto para el desarrollo de la acción, siendo fiel en todo momento a la novela de Lehane. El río Mystic está presente a lo largo de toda la historia, como si de uno más de los personajes se tratase, testigo y cómplice perfecto de los actos violentos de alguno de ellos.

Además de esto, Eastwood se ha acompañado de los excelentes profesionales que habitualmente trabajan con él, como el diseñador de producción Henry Bumstead, el montador Joel Cox o el director de fotografía Tom Stern. La música, elaborada por el propio Eastwood, acompaña en todo momento la acción, y aunque su calidad no sea inmejorable, consigue recrear el ambiente tenso y cargante por el que se mueven los personajes.

El estilo formal de Eastwood roza la perfección, destacando por encima de todo unos impresionantes travellings aereos que en todo momento acompañan y estan justificados por la acción, simbolizando quizás la presencia de un ojo que todo lo ve, como si del Dios castigador que teme Jimmy se tratase. La cámara recorre el espacio por encima de los personajes, observando la ciudad y el río y apareciendo misteriosa en cada uno de los momentos claves del film. Destacable a este respecto es el plano de acercamiento al solitario bar situado junto al Mystic, quizás el elemento formal más destacado de todo el film, utilizado como único recurso en el sobrecogedor trailer promocional de la película. Este plano, como otros que desvían el punto de vista del mundo terrenal de los personajes a ese otro lugar por encima de sus cabezas, es tan sólo uno de los factores de la magistral dirección de Eastwood. Junto a éste, merece especial mención la realización de las conversaciones entre los personajes,como el diálogo que Dave y Jimmy mantienen en el porche de la casa de éste.La cámara aparece distanciada en un comienzo, encuadrando en contrapicado a ambos hombres en planos bastante abiertos. A medida que el diálogo se intensifica, Eastwood se aproxima a los dos personajes entrando con descaro en el dolor de Jimmy y en la comprensiva actitud de Dave. Éste es el único que realmente llega a comprender la desolación de Jimmy, quien llora ante él pues siente que es la única persona que realmente le entiende. Se trata sin duda de una de las mejores escenas de todo el film, sólo quizás superada por el diálogo final de Jimmy y Sean en la calle, en el que la cámara se aleja de ellos como si del coche que se llevó a Dave se tratase, magnífica metáfora de que nunca conseguirán librarse de sus sentimientos de culpa hacia el destino de su desgraciado amigo.

Con Mystic River Clint Eastwood ha conseguido de nuevo una obra prácticamente perfecta. Pocas cosas pueden reprochársele a esta cinta, obra superlativa en la filmografía del director. Partiendo de una novela excelente, y de una adaptación muy fiel y en general bien llevada, el director vuelve a demostrar su valía en la dirección de actores, su maestría en la puesta en escena y el conocimiento del lenguaje fílmico como transmisor de emociones. El cine es lenguaje y técnica, combinación de imágenes y sonidos para transmitir ideas y sentimientos, y sin duda eso es algo que este director desde luego domina a la perfección, por lo que ciertamente el señor Eastwood es sin duda un gran genio.

(1) Alusión al título del primer capítulo de la novela de Dennis Lehane, "Los niños que escaparon de los lobos" Mystic River, RBA libros, Barcelona, 2003 (1a ed. Dennis Lehane 2001)
(2) Director y guionista. Autor también de la adaptación del anterior film de Eastwood Deuda de sangre (2002) y entre otras de la también adaptada L.A.Confidential, (Curtis Hanson, 1997), de Conspiración (Richard Donner, 1997) o director y guionista de Payback (1999) y de la próxima El devorador de pecados, a estrenarse el próximo mes en nuestras pantallas.