Miradas de Cine OPEN RANGE, de Kevin Costner   MdC
Cartel de la película
Por Jorge-Mauro De Pedro

USA, 2003. TO: Open Range. Dirección: Kevin Costner. Productores: Armyan Bernstein, Kevin Costner, Jake Eberts. Guión: Lauran Paine. Fotografía: James Muro. Diseño de producción: Gae S. Buckley. Montaje: Michael J. Duthie, Miklos Wright. Música: Michael Kamen. Duración: 145 minutos. Intérpretes: Boss Spearman (Robert Duvall), Charley Waite (Kevin Costner), Sue Barlow (Annette Bening), Denton Baxter (Michael Gambon), Button (Diego Luna), Mose (Abraham Benrubi).

Miradas de Cine © 2002-2003

Falso western crepuscular.

A la hora de rodar películas situadas en ese lejano Oeste que tanto parece admirar, Kevin Costner olvida que las partes no hacen el todo. Como apunta el siempre acertado Manuel Hidalgo en su columna de El Mundo "las mejores obras del género eran mucho más que indios, duelos, caravanas, pistolas, vacas, praderas, desiertos y todo lo demás. (...) Eran tramas bien urdidas, con personajes cosidos con gran integridad, con cuestiones morales que latían con enorme pálpito, con temas secundarios de trascendencia." Y lo cierto es que allá donde aparece la anodina figura de Kevin tenemos una historia hipertrofiada y excesiva.

Pasaba con Bailando con lobos (cuyo director's cut convertía a Ben-Hur en un mediometraje), en la inverosímil y patriótica El mensajero del futuro y se contagiaba hasta su compañero de viaje Lawrence Kasdan en el que a mi parecer es el western más largo y aburrido de la historia del cine (Wyatt Earp). Y es que este hombre -blanco de alguna maldición gitana- tenía últimamente la extraña cualidad de arrastrar consigo al abismo a toda persona con la que colaboraba.

Open Range comienza bien. Como Tierras lejanas o El hombre de Laramie, si me apuran. Gente trashumante en busca de pastos o en plena odisea vacuna y que topan con ganaderos malévolos, con latifundistas amantes de los límites y las alambradas. Los caracteres tienen cierta similitud (repito, sólo en el arranque) con el incorporado por Kirk Douglas en el clásico de King Vidor Un hombre sin estrella, otro personaje que veía coartada su libertad por las vallas y las guerras por terruños ajenos.

Estos veinte primorosos primeros minutos, entienden a la perfección lo que debe de ser un western de espacios abiertos, con un tempo narrativo que se regocija en la presentación de personajes (una pareja taciturna, de hosca mirada, con un pasado esculpido en las arrugas de la piel y otra ingenua, ilusionada y aventurera). La preponderancia moral del mayor de ellos (un no tan extraordinario Robert Duvall) queda expresada en frases -a modo de asertos bíblicos o antiquísimas reinterpretaciones del código de Hamurabi-, actitudes y silencios.

Hasta el sosales de Kevin perfila un personaje rico y ambiguo; en un registro, cuanto menos, inédito en su filmografía: un perdedor, sin más. Con un grado de resentimiento elevado hacia las ciudades y sus habitantes (los asentamientos, la gente sedentaria que decide echar raíces y empezar a labrar odios atávicos por un trozo de tierra), sus temores demostrarán -bien pronto- no estar del todo infundados.

El cacique local (el Chisum de turno, aunque con menos porte que John Wayne) verá en estos vaqueros de paso un peligro inexistente (la paranoia o el miedo hacia el forastero parece ser parte inherente del espíritu americano, como se encargaron de dejarnos claro los dibujos animados de Bowling for Columbine). El conflicto está planteado. Vamos a ver como lo resuelve el actor-director.

Porque es aquí cuando comienza a haber serios problemas de ritmo. Tras una presentación -ya ha quedado dicho- 100% Mann, el nudo trata de ser un remedo de demasiados cosas: Rio Bravo, el retorno a la casa atacada por los indios de Centauros del desierto - trocado aquí en carreta- y la universal temática de la venganza o, quizás, de la confrontación de dos sistemas, de dos estilos de vida.

Más guiños a Raíces profundas en esos cielos inmensos, en ese hombre que no quiere demostrar lo hábil que es en el manejo de las armas. Annette Benig -hermana del doctor del pueblo- transfigurada en mujer fordiana -incluyendo plano descendiendo la loma con tocado cubriéndole los hombros... ¡un robo en toda regla! ¡O'Hara sólo hay una!-.

La película empieza a perder fuelle. A hacerse pesada, mayormente. Porque seamos realistas, a este film vuelven a sobrarle bien bien tres cuartos de hora (siendo generosos). No son necesarias dos horas y veinte para contarnos una anécdota fronteriza, un amor otoñal, una amistad viril. Pero en fin, quizás sea eso lo que convierta a Costner en un autor a contracorriente, porque comienzo a pensar que es imposible que él no se de cuenta de ello. En otras palabras: hay que reconocerle arrojo, capacidad para imponer su visión primigenia -por horrísona que nos pueda parecer- y más desprecio del que parece por la comercialidad del producto. ¿O simplemente ocurre que le gusta tropezar una y otra vez con la misma piedra?

Pero vamos a lo mejor del invento. Porque la función termina con un tiroteo -como no-, pero... ¡¡qué tiroteo, señores!! A su lado el duelo de OK Corral queda reducido a una pachanga entre amigos. Los tiros no son tiros, ¡son cañonazos! Los cuerpos rebotan contra establos, contra el suelo... se dispara en distancias cortas, con saña y alevosía algo primitiva.

El buscar un duelo a campo abierto como hacen nuestros héroes, no es nuevo. Recuerda tanto a las recreaciones de la matanza de Tombstone como al final de Duelo en la alta sierra u Horizontes de grandeza (solo que aquí hay tal multitud disparando desde tantas posiciones distintas de la pantalla que uno se pierde un poco). O la cámara siguiendo a los villanos calle abajo... a ver, son planos muy lindos, pero después de Duelo de titanes o Grupo salvaje, filmar de la misma manera idénticas situaciones no aporta nada nuevo, por mucho que el amante del género lo agradezca.

Además, las leyes del genero imponen que el resultado de un duelo asimétrico de doce contra dos debe de ser más ajustando -si no estás rodando un spaguetti western, que no parece el caso-. Y aquí Costner nos da gato por liebre. Cuenta con la simpatía que despierta el personaje de Duvall (en los 20 minutos de tiroteo una señora a mi vera no cesó de repetir entre jadeos: "¡ay, que no me maten al viejo!") y lleva la admiración por su compañero de oficio demasiado lejos. El que salgan incólumes ambos de esa batalla campal es una traición sin paliativos al crepúsculo enaltecedor que parecía -hasta ese momento- constituir el leit motiv de la cinta.

Total, que esa obsesión por buscar un final made in Hollywood termina por restarle méritos a una historia ya vista y, con todo, hasta cierto punto original. Un duelo demasiado dilatado en el tiempo -efectista, brutal, apabullante-, un Kevin Costner menos ególatra de lo acostumbrado (hasta deja que el nombre de su maduro colega le anteceda en los títulos de crédito) y una película, en definitiva, recomendable para los que echan de menos los anuncios de Marlboro y gustan de echarse alguna cabezadita entre llanuras, pitillos y cabalgadas.