Miradas de Cine SU HERMANO, de Patrice Chereau   MdC
Cartel de la película
Por Manuel Yáñez

Francia, 2002. T.O.: Son frère. Dirección: Patrice Chereau. Producción: Azor films, Arte France, Love Streams. Guión: Patrice Chereau & Anne-Louise Trividic, según la novela "Son Frère" de Philippe Besson. Fotografía: Eric Gautier. Montaje: François Gédigier. Música: Dario Marianelli. Duración: 88 minutos. Intérpretes: Bruno Todeschini (Thomas), Eric Caravaca (Luc), Nathalie Boutefeu (Claire), Sylvain Jacques (Vincent), Robinson Stevenin (Manuel), Maurice Garrel, Catherine Ferran, Antoinette Moya, Fred Ulysse.

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Miradas de Cine © 2002-2003

Primero la carne

El cuerpo, la carne, aquello que nos limita. El cine, el celuloide. Para llegar a la esencia, parece indispensable pasar antes por la cáscara de las cosas. El cuerpo, la cáscara, el envase, el envoltorio biológico. El cine y las huellas del tiempo. El tiempo y el movimiento. El tiempo, la vejez. El movimiento, la vida y los veinticuatro fotogramas por segundo. El vehículo. El cuerpo como vehículo del alma. El cine como vehículo de las historias.

En menor o mayor parte, es siempre el cuerpo el protagonista de todas las películas. En la mayoría de casos, es simplemente el vehículo sobre el que reposan el alma y el espíritu de los personajes, el soporte físico indispensable para hacer posible una narración, un cuento, una fábula o un simple entretenimiento. Pero siempre está ahí, como el testigo del tiempo y el movimiento. Sobre él se han construido casi todos los relatos y, sin embargo, casi nunca es el centro de atención. Solo unos pocos lo han convertido en el protagonista de sus obras. Mi escasa memoria e historial cinéfilo me invocarían a convertir a David Cronneberg en el mayor adorador de la carne como objeto de su estudio cinematográfico. Pienso en los cuerpos casi inmóviles, fantasmagóricos, del desconocido cine de Tsai Ming Liang, en el letargo mortuorio de las carnes frágiles y temorosas de una película de Bela Tarr, de los cuerpos del cine porno, el único género pensado sólo para el cuerpo... Y siempre que pienso en el cuerpo, me vienen a la cabeza imágenes cansinas, atormentadas, prácticamente enfermas. Como si el cuerpo sólo consiguiera llamar la atención a través de su dolor. Una especie de ritual masoquista a través del cual la carne llamase la atención acerca de su importancia. Parece que sí. Puede que esa sea la clave. Vivimos constantemente preocupados, ensimismados en las proyecciones de nuestra mente, en las ensoñaciones que produce nuestra imaginación para poder hacernos la vida soportable. La carne parece pasar desapercibida, escondida, transparente, cumpliendo su papel de observador. Y sin embargo, cómo si se tratase de una especie de venganza, el cuerpo llama la atención. Sea la enfermedad, la vejez u otra dolencia. Todo desparece y ya sólo existe el cuerpo, todo se mezcla. Se hace evidente la dependencia. El vehículo exige la atención. En el horizonte, la muerte. Y en la pantalla, el cuerpo.

En su última película, Patrice Chereau narra el proceso de descomposición de un hombre y su cuerpo. Thomas (un brillantemente decrépito Bruno Todeschini) tiene una enfermedad de origen misterioso y de cura desconocida. Las heridas que normalmente suponen sólo una pequeña incomodidad, son para él una cuestión de vida o muerte. La posibilidad de morir por una hemorragia es constante. Thomas tiene un hermano, Luc (Eric Caravaca). Luc es homosexual. Están alejados el uno del otro. Hubo en el pasado algo que los separó. Intuimos que Thomas no se portó bien con su hermano pequeño, no lo apoyó cuando éste lo necesitaba. Se miran, sus cuerpos están cercanos, pero la distancia entre ellos es infinita. Ahora Thomas necesita a Luc. Está muy enfermo y va perdiendo la fuerza para soportar la incertidumbre que supone vivir constantemente amenazado por la muerte. Luc responde. Ambos están solos y Luc se convierte en el primer acompañante de su desvalido hermano, lo acompaña en su reclusión en el hospital, llena de esperanzas truncadas, decepciones. Lo acompaña cuando decide seguir sobreviviendo lejos de la constante supervisión de médicos y enfermeras. Lo acompaña en sus paseos por la playa, caminatas fúnebres que conducen al final de la historia. El final de la vida. La rendición final, ya que para Thomas la vida no tiene sentido en un cuerpo esquelético en el que soportar el peso del dolor, la impotencia de observar la irreversible descomposición del propio cuerpo.

Chareau (ganador, por esta película, del Oso de Plata como mejor director en el pasado festival de Berlín) decide, con acierto, convertir el cuerpo de Thomas en el centro absoluto de atención de su cámara. Nos da todo su tiempo para que observemos el sufrimiento corporal de Thomas, y a través de él intentar penetrar en su piel para captar cómo asume éste su tragedia, cómo va convirtiendo su mente en la proyección de su cuerpo. Un cuerpo joven que se hace viejo de repente. Chereau hace hablar a sus personajes a través de los gestos, mediante la cadencia de sus caminares. Son, sin duda, las mejores secuencias de la película, aquellas en las que acompañamos a los hermanos, reunidos tras largo tiempo distanciados, en sus paseos por la playa. Caminantes derrotados. Thomas parece luchar por avanzar sobre la arena, el viento tuerce sus pasos renqueantes, mientras Luc lo sigue derrotado por la evidencia de la debilidad de su hermano. La película se hace grande en los pequeños detalles que van punteando la descomposición del cuerpo de Thomas, su delgadez, su fragilidad, su pelo y su barba descuidados. La película se hace grande en el reconocimiento, a través de la forma, de la importancia de la carne en el devenir de sus personajes. La carne cómo el vehículo para hablarnos de la reconciliación entre dos hermanos. Pero primero el cuerpo, primero la carne.