Miradas de Cine CRUELDAD INTOLERABLE, de Joel Coen   MdC
Cartel de la película
Por Manuel Ortega

USA, 2003. TO: Intolerable Cruelty. Dirección: Joel Coen. Productor: Ethan Coen y Brian Grazer. Guión: Robert Ramsey, Matthew Stone y Ethan & Joel Coen; basado en un argumento de Robert Ramsey, Matthew Stone y John Romano. Fotografía: Roger Deakins. Música: Carter Burwell. Montaje: Roderick Jaynes. Dirección artística: Tony Fanning. Duración: 100 minutos. Intérpretes: George Clooney (Miles Massey), Catherine Zeta-Jones (Marylin Rexroth), Geoffrey Rush (Donovan Donaly), Cedric The Entertainer (Gus Petch), Edward Herrmann (Rex Rexroth), Richard Jenkins (Freddy Bender), Billy Bob Thorton (Howard D. Doyle), Paul Adelstein (Wrigley), Julia Duffy (Sarah Sorkin), Jonathan Hadary (Heinz).

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Maridos y mujeres

Los hermanos Coen son un referente ineludible del cine norteamericano contemporáneo. Representan más lo bueno que lo malo de la sociedad de la tecnología, del compendio multimedia, del siglo de historia de cine a las espaldas. Su obra se hace desde el conocimiento de todas las obras, la cinefilia sirve para crear más que para recrear. No es el ejercicio cursi y rancio de la escuela de Garci, no es el énfasis nostálgico sin salidas de continuidad que simplemente se dedica a esbozar tristemente lo que antes sí tenía sentido y se hacía bien. Para nada vale la nostalgia per se, es vana, inválida y hueca. La nostalgia tiene que servir para reinventar lo futuro, como medio, nunca como fin. Los Coen lo entienden y saben utilizar sus mecanismos para, a veces, burlarse de ellos.

Crueldad intolerable es una suerte de La costilla de Adán dialogada por Billy Wilder con una estructura deudora de Preston Sturges y con el espíritu anárquico de LaCava. Es decir, una comedia de reminiscencias clásicas, inteligente y mordaz. Todo pasado por el tamiz de idiosincrasia de los hermanos Coen, por el espíritu canalla de una pareja como Clooney y Zeta Jones y por una estética que le debe mucho a la fotografía de Roger Deakins.

La historia de el cazador cazado es menos previsible de lo que puede
parecer en un primer momento y los Coen aprovechan para acumular, tópico tras tópico, burla burlando, flechas envenenadas hacia los abogados matrimonialistas. Pero está claro que no se paran ahí: el abogado matrimonialista es un engendro de una sociedad sin valor y sin valores que santifica el poder de la American Express ante todas las demás cuestiones. No es que ya no se fíen de los emigrantes, de los de otro color o de los compañeros de trabajo. Es que ya no se fían ni de los familiares. Esos que protegen bombardeando otros países. Hollywood se muestra como un claro demonio, Las Vegas como el purgatorio, una cara con ángel como la salvación. Pero lo angelical no tiene sexo, ni tiene físico, ni tiene curvas, por lo tanto, cuidado con errar el camino. Los castellanoparlantes tenemos al menos la diferenciación entre Ser y Estar que con tanto acierto convirtió en poema Benedetti. Pero ellos, ay ellos, que no saben que el oropel no es comestible, que hay cosas que no están en venta, que se puede traicionar por otros motivos. Ay ellos, los del verbo “to be”.

Los Coen son lo que son y están donde están por méritos propios. Su cine es la sardónica respuesta que nuestro amigo más cínico sabe espetarnos, es la manera glamourosa de combatir todo lo fétido del glamour, es la ligereza que duele, la nota a pie de página de la amarga sonrisa. Y cada vez lo son más y película a película van destilando un poco más la hiel de su propia imagen. Crueldad intolerable es un salto de calidad (hacia atrás) tras esas tres piezas de autoría (¡que alguien lo diga en francés) que son El gran Lebowski, Oh, Brother y El hombre que nunca estuvo allí, pero es la confirmación de que su estilo está cada vez más afianzado, que es único (y esperemos que sea así porque al igual que el de Tarantino es muy fácil malinterpretarlo y prostituirlo) y que continúa sin contaminarse a pesar de que el guión no saliera íntegramente de sus manos.

Esta obra respira a Coen casi desde el principio si suprimimos la inane escena del adulterio de la mujer de Geoffrey Rush que recuerda en temática y en planificación a la muy superior de Mulholland Drive. En cuanto aparece George Clooney aparecen los Coen. Como ya ocurría en Oh, Brother la mezcla entre actor y autores es de las que parecen predestinadas por la historia del cine. Burton y Depp, Von Sternberg y Dietrich, Bergman y Von Sydow, Ford y Wayne, Ed Word y Tor Jonson ... Saber ser el mensajero y el mensaje al mismo tiempo, que la cara del que está delante de la cámara sea el espejo del alma del que está detrás. Y creo que la cara de Clooney y el alma de los Coen tienen los mismos matices.

Otras cosas que respiran al alma de los Coen: la inteligencia femenina irredimible e irremediable en la belleza de Catherine Zeta Jones, el impagable personaje compuesto con su habitual talento por Billy Bob Thornton, los momentos cómicos e incorrectos de Cedric the Entertainer, el discurso redentor de Clooney que deja bien a las claras lo que opinan los Coen de Las Vegas, de los abogados, del matrimonio y , sobre todo, de los momentos cumbres del cine, las escenas del asesino a sueldo Resuello (simplemente tronchantes), el
programa televisivo del final, la estrecha colaboración entre el protagonista y su ayudante, los diálogos, los caretos, el tempo, la irregularidad del conjunto, la genialidad de sus partes, etc, etc, etc

Pero tampoco nos engañemos, Crueldad intolerable es un filme menor, un entretenimiento malsano y lucrativo que somete al cine comercial a las reglas de los Coen pero sin desvíarse del gran público a los que va claramente dirigido. La resolución final o ciertas concesiones a la risa fácil hablan bien claro de ello. La estructura y el sentido del humor, no. Pero la gente reía en una sala llena y en versión doblada. ¿Son buenos tiempos para la ironía?