| DOGVILLE, de Lars Von Trier |
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Sólo actores sobre un suelo negro."Hay hoy en casi todos los lugares de Europa una sensibilidad y una susceptibilidad morbosas para el dolor, y asimismo una repugnante incontinencia en la queja, un enternecimiento que quisiera adornarse con la religión y con los trastos filosóficos para parecer algo superior... existe un verdadero culto del sufrimiento." Friedrich Nietzsche. Una forastera se aparece en el pueblo de Dogville. Amén. Viene de ninguna parte, como de ninguna parte en concreto vienen la mayoría de las historias que nos cuentan en el cine, en los libros, junto a la cama y a viva voz. Se materializa, surge de entre las tinieblas... es. Y es este un milagro en miniatura, un pequeño regalo que nos ofrece el nada generoso Lars Von Trier. El milagro de la creación. De Dogville oirán muchas cosas. A favor y en contra, como de todas aquellas manifestaciones artísticas genuinas, es decir, aquellas que aspiran a alimentar un debate, la mal llamada -y por tantos temida- polémica. La última película del genio danés ("genio: inteligencia o talento extraordinario con facultad de crear o inventar cosas nuevas y admirables") logra que uno salga del cine con una sensación muy poco común, prácticamente olvidada: la seguridad -y digo SEGURIDAD- de haber visto algo nuevo. Distinto. Quizás, radical. Indudablemente, admirable. Digámoslo ya. Dogville es arte. Y cuidado, porque en esto el diccionario también se muestra traicionero, conciliador, ambiguo. Arte podría ser "cualquier actividad humana cuyos resultados y proceso de desarrollo pueden ser objeto de juicio estético". ¿No les gusta? Ahí va una segunda definición: arte es "el conjunto de preceptos y reglas para hacer bien una cosa". ¿Sigue sin convencerles? Demonios, no hablemos entonces de arte... no asustemos todavía más al personal antes de entrar en la sala. Olviden lo dicho. Dogville es la prueba del algodón a practicar con todo aquél que afirme disfrutar con el cine. ¿Insinúo que si no les gusta no aman lo suficiente el celuloide y sus aberraciones ópticas? No. Es imposible lograr una unanimidad absoluta alrededor de la obra de nadie. De hecho, tampoco considero redondo el film. No es perfecto. Déjenme que tire por última vez del diccionario. "Perfecto. Con el mayor grado posible de todas las cualidades en su línea." No, evidentemente no lo es. Como tampoco es una película más. El camino que emprendió hace tiempo Lars en pos de lo genuino, de lo esencial -¡y vayan ustedes a saber qué significa eso!- le ha llevado a elevar progresivamente su apuesta. El techo a su creatividad parecía estar únicamente en el cielo. Y en esta película lo fulmina: Lars asesina al sol, destierra el horizonte, aparta las nubes. Porque este hombre busca infructuosamente la Verdad. La suya, sí, pero una Verdad al fin y al cabo. La verdad en los ojos azules de la Kidman. La verdad en el rictus sin glamour de la Bacall. En la barba de tres días de Ben Gazzara. Bajo el sombrero de James Caan. Y Lars Von Trier -como algún otro filósofo con metas inviables y que concluyó sus días entre médicos partidarios de las duchas frías y la lobotomía- posiblemente acabará perdiendo también la razón, despeñándose por el precipicio sin fondo de sus ambiciones. Maniatado de pies y manos, castrado por las limitaciones que todo hombre -incluso él- debe asumir como propias de su oficio. ¿Frustrado? En cada nueva película esta sensación se hace más y más patente. Tarde o temprano ocurrirá, le veremos chocar contra el muro que circunda su disciplina artística. Hasta ahora ha estado concentrado en explorar los límites, esas líneas en el suelo que nos han dicho mil veces no deben traspasarse. Pero comprobamos atónitos como este hombre -recuérdalo, Lars, ¡sólo un hombre!- se adentra precisamente en esa oscuridad angustiosa que rodea a los personajes de Dogville, da un paseo por el amor y la muerte y vuelve a aparecer a nuestras espaldas. ¿Entero? Sí, una extraña ha llegado a un pueblecito perdido, una comunidad cerrada donde cada cuál se comporta conforme a lo que el vecino espera de él. Hay de todo: matronas menesterosas, tipos enfadados con el universo, filósofos de estraperlo, enfermos imaginarios, tullidas, pizpiretas que se saben observadas, paletos ingenieros, ciegos que hablan de la luz... Dogville es un pueblo con sus miserias y sin ninguna grandeza -la mina de plata hace tiempo que quedó clausurada-, a excepción de esas imponentes montañas que lo rodean (bonitas, ¿verdad?). Sin grandes logros arquitectónicos, aunque sus casas se nos antojen extrañamente acogedoras, rezumando humedad y calor de hogar tras las ventanas empañadas. Como todo pueblo que se precie, Dogville posee su baluarte moral. Un joven de pocas lecturas que suplanta al sacerdote que nunca tendrán. Un predicador de casino de provincias que se muere por un poco de reconocimiento. El suficiente como para que su padre se sienta orgulloso de él, para que la chica que le gusta le dedique una mirada de admiración antes de volver a sus insulsos menesteres. No pide mucho más, aunque como buen farsante dice hallarse inmerso en la redacción de un libro que jamás ha empezado. Primera novedad: un pueblo sin Dios. Con campanario, con órgano, con reclinatorio... y dispuesto a escuchar al primer charlatán que se decida a hablar sobre malos usos y buenas intenciones, fraternidad y solidaridad -¿no es lo mismo?-, ejemplos edificantes, virtudes teologales, miedos cotidianos y grandes esperanzas. En este sur pobre donde habitan blancos desclasados -y que no me diga Lars que no ha leído a William Faulkner-, poseen también una particularidad muy acorde con los tiempos de estrecheces y renuncias: nadie vota. La democracia es un lujo que no se pueden permitir. Así pues, sin un guía espiritual ni un afán sufragista, Dogville es... un accidente en el mapa, un interludio entre los ladridos de un perro abandonado a su suerte. Y sin embargo, nos va a servir para ilustrar una lección moral. Grace viene huyendo de algo. Tanto da de qué se trate. Se encontrará, desde el primer instante, en una posición de manifiesta inferioridad. Es un ser absolutamente desvalido, no muy diferente de los que vagan por las ciudades a mediodía con un tetrabrick bajo el brazo, haciendo tiempo hasta la hora en que los cajeros automáticos se trocan en suites presidenciales. Alguien que tiene que ganarse su derecho no ya tan solo a permanecer en la comunidad, sino.. a seguir viviendo. No debería de extrañarnos, pues Dogville es un pueblo abonado al totalitarismo. La única razón por la que sus habitantes no han ejercido nunca de matarifes ha sido... la falta de borregos. Pero hete aquí que un buen día aparece uno entre ellos, alejado del rebaño, sin un pastor que denuncie su ausencia, indefenso, cándido... puro. Sí, la Karen de Los idiotas. La Bess de Rompiendo las olas. La Selma de Bailar en la oscuridad. La proto-víctima ideal: un corazón de oro que alguien se encargará de partir en mil pedazos. La ingenuidad, la capacidad de sacrificio, la dignidad... esas "cualidades" tan molestas y que nadie echará de menos cuando desaparezcan... porque ninguno de ellos (de nosotros) las ha poseído jamás. La novedad parece ser bienvenida en un primer momento. La tribu, tan convencida de la infalibilidad de sus valores fundacionales, tendrá por fin la posibilidad de demostrarse algo a sí misma: la parábola del buen samaritano, ¿podrá ser refutada por reducción al absurdo? Ahora o nunca. Pero Grace se siente en deuda. Y realmente lo está. Nadie espera nada a cambio... pero todo el mundo espera ALGO. Es la base de la moral -capitalista, comunista, católica, luterana... pónganle un nombre-. El bien es sublime. La caridad, un precepto. La salvación, una necesidad. Pero... ¿qué recibo yo a cambio de eso aquí abajo? Buñuel hubiese disfrutado en este pueblo de fariseos. Porque como él nos enseñó, la caridad es un arma peligrosa en manos de mezquinos. Grace hará lo indecible por gustar. Por adaptarse. Está dispuesta a querer hasta a los que nunca han entendido el significado de esa palabra. Sabe lo mucho que tiene a ganar. Y como postre, les obsequia con el primer referéndum de la historia de Dogville: un hombre, un voto. La extraña que no lo es tanto -pero que sigue sin ser "de aquí", "de los nuestros"- superará este primer plebiscito. Será acogida cordialmente siempre y cuando no represente un problema mayor. Y no es ninguna casualidad que comience a representarlo precisamente en un día de celebración, el 4 de julio. El día en que la ley irrumpe de nuevo en el pueblo y deja bien claro que Grace está bajo sospecha. "Algo habrá hecho. That's the law". Todos saben que ella no puede ser la culpable de aquello por la cuál la buscan. Pero es una sensación tan agradable -Nietzsche lo llamaba "voluntad de poder"- el recordarle con sus miradas recriminatorias que les sigue debiendo algo... y lo malo de las deudas morales es que no son fácilmente cuantificables o resarcibles. El montante puede ser tan abultado como el sujeto víctima del favor -y ya utilizo la palabra 'víctima'- quiera. Y la muy cándida y estúpida de Grace ha firmado un cheque en blanco. La recién llegada -que ahora sabemos "nunca será como nosotros"- acaba de dar los primeros pasos hacia la marginalidad social. "Nadie se halla en esta situación por casualidad. ¿Por qué sentirnos culpables por explotarla? ¡Que pague!". Dogville -Los Angeles, Calcuta, Berlín, Barcelona, Tokio- se aprovecha del desarrapado, del necesitado, de quién de muestras de estar dispuesto a trabajar gratis, a prostituírse por tu silencio y el mío, de todo aquel santo dispuesto a repartir bendiciones a cambio de palos, a lamer la mano del amo... a asombrarse y sonreír por merecer la gracia de seguir con vida. Técnicamente no es esclavismo. Podríamos usar algún eufemismo: precariedad laboral, inmigración ilegal o ley de la oferta y la demanda. O "falta de principios éticos y reglas de conducta", analizado con el impersonal rasero del confesor, del político o del prohombre local. Grace esta ahí para ser vilipendiada. Es un ángel caído -y ¡ojo!, que los ángeles desterrados del cielo terminan siempre ejerciendo de demonios-, ingrávido y cariacontecido, demasiado consciente de su desaventajada posición como para que nadie termine por anhelar sus alas. Pero Grace podría abandonar el pueblo, huir ladera abajo, hacer una furtiva llamada de teléfono. Realmente, podría hacerlo. Nos dejaría sin historia, porque al reintegrarse al negro el narrador quedaría deshauciado. Y sin embargo permanece en el pueblo... ¿no buscará reafirmarse a través de la humillación? ¿No será este un duro entrenamiento necesario antes de su graduación en la jungla del asfalto? Dogville está repleta de momentos para la posteridad. Las quince campanadas. Un atardecer inédito iluminando el rostro de Ben Gazzara. Siete figuras de porcelana chocando contra el suelo. Un viaje de ida y vuelta rodeada de manzanas y mentiras. La luna teñida de rojo. Es una nueva pirueta, un salto sin red del hasta ayer funambulista Las Von Trier, consciente -cada vez más- de que si algún día se estrella contra el suelo se escucharán más carcajadas que sollozos. Lars contra todos. Gangs of New York, Mystic river y Dogville -aún siendo la primera de ellas definitivamente fallida- conforman un tríptico imprescindible y reciente sobre la sociedad norteamericana. Son películas, a mi parecer, impensables antes del 11 de septiembre, suceso que abrió un interesantísimo debate sobre las raíces de la violencia -motor de las desigualdades- en las sociedades del primer mundo. Porque hay algunos que todavía creen que este es un problema exclusivo de Bush y sus halcones. El señor Lars Von Trier es el marqués de Sade de las post-modernidad. Desconozco las causas de su crueldad mental -déjenme que apueste por el típico trauma de infancia-, ni los motivos para su reciente fijación anti-americana, tan aplaudida por quienes, como Grace, son incapaces de explorar las razones de su arrogancia. El desafortunado epílogo de Dogville -en forma de títulos de crédito- particulariza una actitud bastante más universal de lo que creen los partidarios del pensamiento único: la necesidad de justificar los propios actos -en ocasiones, terribles- apelando a la vigencia de agravios imperdonables. Apúntense una posible moraleja de este cuento: la bondad es tan relativa como esa maldad que creemos inequívoca. Y a mediodía desembarcarán Canción de Jenny la de los piratas, Bertolt Brecht |