Miradas de Cine DOGVILLE, de Lars Von Trier   MdC
Cartel de la película
Por Emilio M. Borso

Dinamarca / Suecia / Francia / Noruega / Holanda / Finlandia / Alemania / Italia / Japón / Reino Unido / USA, 2003. TO: Dogville. Dirección: Lars Von Trier. Productor: Vibeke Windelov. Guión: Lars Von Trier. Fotografía: Anthony Dod Mantle. Cámara: Lars Von Trier. Montaje: Molly Malene Stensgaard. Decorados: Peter Grant. Duración: 177 minutos. Intérpretes: Nicole Kidman (Grace), Harriet Andersson (Gloria), Lauren Bacall (Ma Ginger), Paul Bettany (Tom Edison), Jean-Marc Barr (El hombre del sombrero grande), Ben Gazzara (Jack McKay), James Caan (El gran hombre), John Hurt (narrador).

Miradas de Cine © 2002-2003

Perversidad excesiva

No aporto nada nuevo ni me creo nuevos enemigos cuando afirmo que Lars Von Trier es seguramente el director más excesivo, pedante y enamorado de sí mismo que existe hoy en día.

Cada película suya es un nuevo ejercicio para crear algo en este mundo donde está todo creado, para dictar sentencia donde las leyes fueron escritas hace mucho y para reinventar algo que quizás (a gusto de cada uno) no tenga que ser reinventado. Su último proyecto, Dogville es el final del camino -hasta ahora-, la acumulación de lo dicho anteriormente, el resultado del vómito de sus fantasías, y lo peor, lo peor, es que le ha salido bien,... aunque a medias.

Von Trier es un cineasta de gustos extremos. Sus defensores lo idolatran hasta encumbrarlo en una especie de Dios moderno, sus detractores lo odian hasta querer verlo quemado en la plaza del pueblo, es lo que busca.

Yo, humildemente, pertenezco a la segunda categoría. Su cine (y por desgracia su persona porque se empeña en acompañar su imagen a sus películas) nunca ha despertado en mi más que sentimientos radicales, pero viendo que ese era un objetivo, he continuado viendo su obra porque lo respeto como cineasta. Siempre he dicho que cuando un director se pone por encima de su obra, pierde toda la esencia, y la humildad no es un rasgo que caracterice al amigo Lars, sino todo lo contrario. Por eso y a pesar de lo que opinen mis jefes de la revista, colegas y profesionales del medio junto con los defensores del primer grupo (casi todo el mundo, vamos) creo necesario que para hablar de la obra de una personalidad como la suya no tengo porque atenerme a las normas de la crítica respetable (cosa que no comparto pero por temor a la censura a veces te acoges a ella) e intentar analizar su película inmiscuyéndome en un tipo de pensamientos igual de sádicos como los que ostenta su máxime creador.

Dicho esto cuesta adentrarse puramente en lo que a hablar sobre Dogville se refiere. Cuesta porque es una película compleja, dura, intensa, exagerada, brillante....a medias. De toda su filmografía la presente película es la que más me ha gustado y con diferencia (tan solo Rompiendo las olas se salva de la quema junto a su director -y ya que puedo y en esta ocasión me lo permito: Vicente Aranda, Ron Howard... hay tantos-), pero la pregunta, lo realmente importante, es ¿por qué a pesar de haber muchas cosas que me han parecido horribles, fuera de lugar, desmesuradas e incluso gratuitas, sigue habiendo una esencia que me hace difícil el renegar de este largometraje?

Creo sin lugar a dudas que la respuesta viene dada por la valentía, la valentía de hacer un proyecto de este calibre... pero a medias, como todo en Dogville, y eso es lo que la separa de ser una buena película, de una obra maestra imperecedera, que todo está conseguido a medias, con algunos toques y ayudas que ejercen como atrayente pero con otros elementos que te obligan a retroceder ante ella.

En su esencia no es nada más que una fábula, un cuento, una historia muy dramática, excesivamente trágica en su narración. No voy a desvelar nada de su argumento, más que nada porque en una película así es lo que menos importa, pero muchos de sus errores vienen precisamente de allí (al fin y al cabo, por muy original, transgresor y moderno que seas formalmente y en la apuesta que decidas utilizar, un buen guión sigue siendo fundamental). La fatalidad que rodea todo el relato se hace demasiado fuerte para que uno siga inmiscuido en el mundo de Dogville durante todo el metraje.

Durante tres horas, somos testigos de las desgracias, humillaciones y vejaciones a las que es sometida Grace física y mentalmente. No sólo la obligan a trabajar cada vez por menos dinero mientras es explotada sin ningún tipo de conciencia, si no que además es violada continuamente, llegando a un extremo tal que es atada con una cadena a una rueda metálica. Esta propuesta argumental es excesiva. La idea del sufrimiento de Grace ya lo conocemos desde el inicio de la película, pero la repetición constante de Von Trier que cual sádico parece disfrutar viendo como sufre su protagonista aceptándolo ella, provoca un alejamiento en el espectador, ya cansado de la repetición constante de la vida en ese pueblo que es poco menos que el infierno.

El director danés falla en su concepción de personajes y situaciones puesto que un personaje en teoría fuerte como Grace no puede dejar ni quedar indemne a todas las torturas que sufre, se rebela contra todo lo que le está sucediendo. Nadie puede entender tras dos horas y cuarto que la protagonista no quiera irse del pueblo antes o le haya partido la cara a cada lugareño. Es un sin sentido que viene acrecentado por el carácter coral del pueblo como tal. Unos personajes donde al principio de la película uno puede reconocer una buena diserción sobre un pueblo rural norteamericano de la década de la depresión, luego se torna en figuras que son como demonios, demasiado malignos todos ellos, son unos mal nacidos, con situaciones como aquella en que torturan a Grace rompiendo sus figuritas chantajeándola para que no llore, demasiado trágicas e irreales dentro del conjunto, que están salidas de tono y provocan un distanciamiento inevitable entre espectador y película, y entre espectador y personaje y si al principio de la película puedes entender su comportamiento como comunidad cerrada que son, pasan a ser unos mal nacidos... en exceso.

Y particularmente, el único personaje que tendría que ser el más complejo habitante, el encargado de hacer fluir la historia, el único que ayuda a Grace, Tom, es un pesado, débil y cobarde humano, incapaz de tomar cualquier decisión, demasiado preocupado por seguir unas reglas morales que difícilmente encontrará en ese lugar perdido entre las montañas y que no justifica su acción hacia el final de la película y cuya dependencia del pueblo choca con su pretendida independencia de todos ellos, cosa que nos remarcan al inicio de la película pero que no vuelve a mostrarse, y se diluye en decantarse en torno a cualquiera de estos adjetivos, de los cuales se muestran síntomas de todos ellos pero no llegas a comprenderlo del todo habiendo infinidad de detalles que se escapan, pero porque no existen. Del mismo modo, Von Trier intenta alejarse de todo ello mediante situaciones demasiado opuestas, como esa catarsis final con la matanza continuada que resultaría mucho más intensa si el espectador aún continuara en Dogville no en sus butacas contemplándola objetivamente, por desgracia un error que podría haber dado de sí una experiencia cinematográfica de identificación entre público-personaje tremenda; o el diálogo que mantiene Grace con James Caan en el coche (gran truco de guión el conocer en ese momento que es su hija), acerca de la arrogancia, vital en el desarrollo de la trama pero excesivamente largo y pretenciosamente profundo en relación al cómputo global.

Es complicado intentar adivinar las ideas de Von trier respecto al guión porque realmente si lo que quería es hacer una crítica a Norteamérica (es obvio que sí, lo ha dicho en más de una ocasión y permítanme la oportunidad de cifrar una sentencia suya en el pasado festival de Cannes donde presentó la película. "Los americanos intentan liberar Iraq. Yo intento liberar a los americanos". ¿Se acuerdan lo que comentaba al principio de este escrito sobre la humildad etc.etc.?), es perfectamente reconocible, incluso es universal, puede ser trasladado a cualquier pueblo o raza, pero no olvidemos que al fin y al cabo es un cuento, una fábula y como tal es desmedida porque pretender establecer una crítica universal mediante una fábula, con el carácter universal que ello conlleva, (utilizando los recursos formales que explicaré más abajo) en los títulos de crédito el mostrar fotografías tan reales sobre el momento y situación de esa América rural resulta exagerado (de nuevo) y tal como apuntó nuestro compañero Manuel Yánez, reiterativo, perdiendo toda la magia que ha destilado la película. Y es que la mejor cualidad que tiene el cineasta danés no es su capacidad como guionista.

Formalmente es otro mundo, porque hay que reconocer que la película es brillante y rompe con cualquier esquema habido hasta ahora. El hecho que la película no contenga decorados, tan solo líneas que delimitan los espacios pintadas con tizas, nos acerca mucho más a ese mundo aislado que retrata Von Trier. A través de sus inexistentes espacios y en un ejercicio asombroso de concepción espacial, la cámara fluye de un lugar a otro siendo una prolongación de los personajes, desnudándolos del mismo modo que desnuda los espacios. La cámara se acerca y sigue a los personajes en todo momento, acosándolos, diseccionándolos, agobiando al personaje y al público con la cámara en mano, siempre en movimiento, casi nunca estática, como el devenir de sentimientos y emociones que ocurren, siendo Grace la que nos mueve de un lugar a otro y haciéndonos partícipe de una comunidad como Dogville, pero... a medias. El hecho que la película dure tres horas -excesivo metraje, otra vez. Dogville ganaría mucho más con media hora menos- provoca que en la sala al final gente no acostumbrada a ese particular estilo se incomode y tan solo piense en cuanto falta para el final, cosa que perjudica a la implicación emocional condenándola totalmente.

El hecho que no hay decorados es un factor del que uno se desprende al poco tiempo de haber comenzado la película, pero si bien es un acierto a veces magistral, como en la secuencia de la violación, realmente asfixiante por lo que significa viendo a todo el pueblo como hace sus quehaceres mientras a escasos metros Grace está siendo violada, y uno está totalmente metido en ese pueblo, la continua repetición del drama, siendo un testigo tan descarnado mostrándolo de forma tan simple y directa, sin artificios (paredes) donde podamos escondernos por unos instantes para no ver o saber lo que pasa, hace que el espectador se evada. Es imposible sentirse totalmente identificado y formar parte de ese pueblo, a no ser que seas alguien sin escrúpulos.

Además, la concepción espacial que en un principio es novedosa, cinematográficamente hablando, resulta excesiva y por lo tanto se vuelve en contra de Von Trier en ciertos aspectos, y es que uno no puede dejar de imaginar su presencia como un Dios todopoderoso que rige la voluntad de sus siervos, un gran hermano que machaca sin piedad a sus protagonistas y al espectador, que por entonces ya se ha desprendido de esa cercanía para adoptar una postura más escéptica, casi la que ostenta el mismo Von Trier, pero sin capacidad de decisión. La total presencia de su espíritu en el lugar, unido al único espacio sin delimitar, limita sus capacidades universales, quiero decir con esto que se acerca más a una estructura teatral que a una ruptura cinematográfica, mermando sus opciones de cuento universal al ya que encierra situaciones y personajes en un escenario a pesar que éste no contenga decorado alguno. Porque parece más preocupado en hacernos creer que estamos en un pueblo norteamericano a la par que nos invita a ser testigos de una historia universal. El equilibrio existente se rompe, ya sea por la larga duración o sobretodo con esa ruptura formal de nuevo excesiva que es el intentar enmarcarlo tan descaradamente en un periodo socio-económico concreto. La magia de la ruptura de las formas desaparece, la magia de la intemporalidad y de la situación física desaparece. El cuento en el cual ni los personajes son físicos, te los están contando, pierde todo su valor al chocar y pasar al bombardeo de las fotos queriendo ser tan real o dejarnos claro que eso ocurre en ese preciso momento. No hacia falta porque el resultado no le más que perjudicar. El cuento se torna en una amarga realidad con lo que las intenciones se han conseguido a medias puesto que la confusión es inevitable al acabar la proyección, y dudo que el cineasta danés buscara de ese sentimiento.

Con todo, aquí lleva a cabo un interesantísimo a la par que novedoso experimento que es el mostrar en todo momento al reparto al completo de la película. Salvo en los primeros planos, siempre vemos a todo el pueblo ya sea caminando o a través de sus casas. Un desafío excesivamente difícil para la dirección de actores que en todo momento debe ser calculada para que la cámara no les registre desprevenidos en cualquier momento en una actitud demasiado real. En ello ayuda sobremanera las impresionantes interpretaciones de todo el reparto. Desde una magnífica y bellísima Nicole Kidman que borda una interpretación realmente admirable, mezclando esa fragilidad y valentía junto con el derrumbe y aceptación de su condición de forma estoica, secundada por una recuperada (y a mi gusto desprovechada) Lauren Bacall, un portentoso Stellan Skarsgärd que dota a Chuck de una fuerza y primitivismo feroz, pasando por los habitantes del pueblo, Phillip Baker Hall, Chloë Sevigny, Paul Bettany hasta llegar a un enorme Ben Gazzara deslumbrante en su composición de viejo pervertido ciego e incluso la agradecida presencia de James Caan como el padre de Grace. Un reparto en estado de gracia, coronado y adornado por la presencia de la voz de John Hurt que es quien nos narra la historia. Una voz de igual modo que la de Max Von Sydow en Europa nos atrapa y nos conduce dejándonos seducir por ese tono tan atrayente y que al fin y al cabo no deja de ser otro que el del propio Lars Von Trier quien es en su esencia quien nos habla.

A modo de moraleja o epígrafe de un cuento, el visionado de Dogville resulta una experiencia distinta a todo lo visto anteriormente que encantará o será repudiada, del mismo modo que he intentado separar mi animadversión hacia la figura de su director de la sensación que me produjo ver su última película reconociendo una apuesta valiente pero fanfarrona, osada pero excesiva, brillante sí... pero a medias.