Miradas de Cine ELEPHANT, de Gus Van Sant   MdC
Por Jorge-Mauro De Pedro

USA, 2003. TO: Elephant. Dirección: Gus Van Sant. Productor: Dany Wolf. Guión: Gus Van Sant. Fotografía: Harris Savides. Sonido: Leslie Shatz. Montaje: Gus Van Sant. Director artístico: Benjamín Hayden. Duración: 82 minutos. Intérpretes: Alex Frost (Alex), Eric Deulen (Eric), John Robinson (John Mc Farland), Elias McConnell (Elias), Jordan Taylor (Jordan), Carrie Fínquela (Carrie), Nicole George (Nicole), Brittany Mountain Brittany).

Miradas de Cine © 2002-2003

¡Cuidado! Animales sueltos

Antes de entrar en la sala. Declaración de principios.

¿Cómo acercarse a una película encumbrada por Cahiers du Cinema -publicación de corte estalinista que acostumbra a cerrar filas entorno a directores y películas "complicadas", apadrinamiento tan osado como loable- y recompensada con el más codiciado de los galardones en Cannes? Pues exactamente igual que si fuese esta la última entrega de Arma letal o el penúltimo tostón firmado por algún carcamal europeo: sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, sin complejos de inferioridad. Sin pensar -ni por un instante- que el prurito de la autoría la hace inmune a la crítica. Sacrosanta por obra y gracia de La Croisette.

Si vamos a ver Elephant con premisas que se inscriban en el marco de la razón (cada cuál asuma su credo: disfrutar de una película, esperar que se nos cuente una historia, dejarnos llevar por un mar de sensaciones, etc, etc) nos encontraremos ante uno de los fenómenos más extraordinarios de los últimos tiempos. La más completa de las unanimidades entre la crítica de acá y parte del extranjero (Liberation: "majestuosa"; Corriere Della Sera: "una obra maestra absoluta"; Le Monde: "sorprendente, definitiva"; New York Times: "la mejor película del año") choca contra la evidencia de que Elephant es una película terriblemente aburrida, con los 80 minutos más largos que uno recuerda en mucho tiempo. Eso sí muy... ¿evocadores? ¿Cargados de significado? O, sencillamente... ¿de una vacuidad sonrojante?

Pongamos que eso no importe. Pongamos que cuando una película carece de ritmo, progresión dramática, intención y contenido todavía nos podemos aferrar a razones metafísicas... y busquémoslas, porqué no. Un mero ejercicio de disertación algo sofista, lo reconozco.

Deconstructing Gus

"No hemos intentado dar una explicación, un sentido, a la violencia del hecho, sino que es el público el que debe preguntarse por qué cosas así pueden producirse. Mi aproximación a la historia intenta ser más poética que explicativa, sin imponer al espectador una orientación sobre lo que debe pensar" GVS

Un tercio de Elephant son planos secuencia de adolescentes merodeando por los pasillos de un instituto. Vemos sus ovalados cogotes y la forma primorosa como mueven hombros y cintura, en un ejercicio de interpretación deudor de Stanislasky, aunque sin mucho método. Pero no seamos superficiales, por favor. Recuérdese que todo tiene que significar algo. Intelectualicemos nuestro aburrimiento. ¡Que nadie ose decir que el Rey está desnudo!

Podríamos escribir algo así como que "Gus Van Sant, con pulso firme, logra transmitirnos el vacío existencial de una juventud perdida y carente de referentes, acomodada en los asientos de primera del viaje sin retorno a la desesperación. En definitiva, una lúcida reflexión sobre el cinematógrafo y su capacidad ilimitada para suscitar emociones a través de silencios o de la cadencia irreal de unos pasos desplazándose por un paisaje lunar... la geografía del miedo cartografiada por el indomable director de Kentucky."

Si esto fuese así, si esto fuese medio cierto, quizás nos tendríamos que plantear la intención de determinadas escenas imposibles de obviar hasta por el menos analítico de los espectadores. Ahí va una de ellas: tres amigas divagando junto a un ventanal. Por si no hubiese quedado claro que son bastante superficiales -detalle subrayado por su vestimenta, vocabulario corporal y gestual, situación respecto al protagonista, poca afinidad en el encuadre-, una de ellas le hace un mohín a la cámara, remarcando su sobredosis hormonal. Acompañémoslas hasta el comedor. Pendientes de las calorías que atesoran todos y cada uno de los alimentos que van escogiendo en un self-service, acaban por sentarse en un extremo de la sala, aisladas del resto -aunque parecen ser bastante populares, atendiendo a los saludos que dispensan a izquierda y derecha-. Mantienen una breve charla en la que -por si acaso no había quedado clara su estupidez congénita- le echan en cara a una de ellas estar dejando de lado la tutela del grupo, encoñada como está por un chico. Todo termina en una especie de reconciliación, fundamentada en la promesa de ir de compras juntas. Finalizado el debate de altura, se levantan (sin haber ingerido mas que una pequeña parte de los productos recién adquiridos y eso, nuevamente, es subrayado por la cámara) y se dirigen a los lavabos. Las tres entran al alimón y se provocan el vómito.

Nótese la evolución de las tres cobayas, auspiciada por esa mirada supuestamente aséptica de Van Sant. De colegialas a anormales profundas en apenas cinco minutos. Un verdadero ejercicio de sutileza y distanciamiento, "sin imponer al espectador una orientación sobre lo que debe pensar". Imposible no tomar partido.

Otro momento. Los futuros verdugos vagan por casa. La televisión está encendida. Un reportaje sobre el nazismo. Demuestran un gran conocimiento sobre la historia contemporánea ("eso pasó en Alemania, ¿no?"). Con todo, parecen tener claro quien es el malo de la función. Llaman a la puerta. Les entregan el último modelo de un sub-fusil de asalto que han pedido por correo o vía internet, vaya usted a saber.

Mismos personajes, posiblemente al día siguiente. Preparados para irse de safari al instituto, a cazar compañeros de aula. Se meten en la ducha. Uno de ellos le confiesa al otro que nunca ha besado a nadie. ¿Supuesto encuentro homosexual? El espectador tiene todavía reciente un taller contra la homofobia, escena en la que se discutía el apasionante y ridículo tema de si los homosexuales podían ser "desenmascarados" a golpe de vista.

Pongamos que no nos hemos esforzado lo suficiente. Que se nos escapa la intención. ¿Qué intención? ¡A la porra la intención! Pongamos que no la hay, que Gus Van Sant (obsesionado por la puesta en escena y la meditación trascendental, como ya demostró en su seguramente incomprendida y próximamente revalorizada Psycho (1998) (1)) quiere hacer una inmensa parábola sobre la fragilidad y el azar, convirtiendo un hecho luctuoso y horrible en una poética reflexión sobre la eternidad, la pérdida de la inocencia o el estado de ruina moral que amenaza al sistema educativo de su país.

Contenido y forma

¿Es la apuesta de Van Sant hiper-realista? La libertad de movimientos de la cámara -con esos cada vez más inhabituales 35 mm, aberrante sinónimo de "independiente"- induce a pensar tal cosa. La elección tan berlanguiana del plano secuencia (hablando de "intención": el bueno de Luis lo hacía porque el metro de película era oro en barras en la España de post-guerra y la cosa no estaba como para ir tirando el material en la sala de montaje) podría reafirmarnos en tal supuesto.

Pero no, la cosa no es tan sencilla. Porque de vez en cuando la acción se ralentiza, se estiliza de una manera gratuita, buscando la plasticidad de un can en el aire, de unos labios femeninos murmurando un piropo. A esto hay que sumarle una estructura capitular, con intertítulos donde se nos presenta a personajes que acompañamos durante un rato, vuelven a desaparecer... o son bautizados para morir de inmediato. Como último ingrediente de tan indigesto aliño -o lo que es lo mismo: de una absoluta desorientación en la forma, una incapacidad manifiesta a la hora de darle cohesión al conjunto- el film congela instantes en el tiempo y nos los reproduce desde los diferentes puntos de vista de todos y cada uno de los individuos que comparten tan intrascendente momento.

Vamos al contenido. Ha quedado claro que esta no es una película con "mensaje". Para eso ya está gente como Michael Moore, que en un registro radicalmente distinto es capaz -cuanto menos- de explorar las causas que están detrás de un efecto. Aquí el efecto es el mismo -la muerte, la destrucción-, aunque las causas... diantre, llegamos a la terrible conclusión de que las causas son demasiado complejas para ser expuestas en una ficción. Y como son tan complicadas... el director se limita a hacer un ejercicio de estilo donde la barbarie y la masacre final son meras anécdotas con las que inundar de un halo trágico -por conocido- todo el metraje. (El 'efecto Titanic': algo terrible va a suceder y todos sabemos exactamente qué será.)

Los adolescentes de Van Sant son zombies que llevan muertos largo tiempo ha. Sus constantes vitales quizás nos confundan: respiran, si. Caminan. Hacen fotos. Se interrelacionan en base a sus propios rituales. Van a clase. Parecen tener aficiones, haber desarrollado hobbies. Pero no da la sensación de que estas actividades les aporten un valor añadido a sus vidas, porque... no entienden nada. Son los hijos desorientados de unos padres desorientados. Capaces de tocar a Beethoven y pegar unos tiritos en la leñera de casa sin solución de continuidad.

Van Sant no da soluciones. Eso no es grave, ni siquiera recriminable. Lo malo es que los fantasmas que recorren sus pasillos son inverosímiles en su esquematismo maniqueo. Sabemos tan poco de ellos, que cuando les toca abandonar este mundo no logra en nosotros ninguna reacción, conmiserativa o reflexiva. Simplemente... indiferencia. El mismo pasotismo que rige las vidas de estos chicos perdidos en un laberinto de taquillas y puertas, alumnos desmotivados de una sociedad enferma. Todos muertos, si. ¿Y?

Veredicto final: absuelto por falta de pruebas

Si el jurado de este año de Cannes (Chereau, Tanovic, Soderbergh y Meg Ryan entre otros) estaba por los ejercicios manieristas, tenía a Lars von Trier, un sujeto que lleva una década azotando las plateas y provocando escisiones y bandos de patio de colegio. [Ah, ¡no!, por ese ya se apostó en su momento]. Si se quería premiar una reflexión lúcida sobre la violencia, ahí tenían a Clint Eastwood (el que Elephant, además de la palma, se llevase el premio a la mejor dirección enfrentada a Mystic River entra dentro no ya de lo cómico, sino de lo trágico). [Pero no hay cuidado, hombre, que este tipo surcado de arrugas rueda demasiado bien y comparte ideario político con los republicanos.] Quien nos queda... sí, caray, el tipo este tan "rebelde" y "provocador"... Gus Van Sant.

"Pedid y se os dará". Buscad algo en Elephant y alguien lo encontrará por vosotros. ¿Una parábola sobre la edad prohibida? Ahí está. ¿Una soberbia muestra de lirismo? También lo veo, ¿tu no? ¿Un fresco de norteamérica en plena tormenta de hielo? Claro, claro, a todas luces. ¿Cine distinto y, por lo tanto, fenomenal? ¡Cómo no!

A propósito, los elefantes pueden llegar a medir cuatro metros de alto y pesar 7.000 Kg. Un tamaño bastante aproximado al de algunas tomaduras de pelo que se estrenan cada viernes en nuestras pantallas.

Como rezaba el lema de Cannes de este año: Viva il cinema! Sin duda, tres hurras por el cine de autor... bueno.

(1) Cuando el crítico de cine Roger Ebert le preguntó «por qué diablos iba a cometer semejante locura» (la de rodar nuevamente y copiando plano a plano, el clásico de Hitchcock), Gus Van Sant le respondió, con lo hombros encogidos y toda la serenidad del mundo, que sólo lo hacía «para que nadie más tuviera que hacerlo».