Miradas de Cine LA MALDICIÓN (THE GRUDGE), de Takashi Shimizu   MdC
Cartel de la película
Por Sergio Vargas

USA, 2003. TO: Matrix Revolutions. Dirección y guión: Larry y Andy Wachowski. Producción: Joel Silver. Fotografía: Bill Pope. Música: Don Davis. Montaje: Zach Staenberg. Diseño de producción: Owen Paterson. Intérpretes: Keanu Reeves (Neo), Carrie-Anne Moss (Trinity), Laurence Fishburne (Morpheo), Mary Alice (El oráculo), Hugo Weaving (Smith), Helmut Bakaitis (El arquitecto), Monica Bellucci (Péresefone), Ian Bliss (Bane), Nona Gaye (Zee), Harry Leniz (Comandante Lock), Jada Pinkett Smith (Niobe), Lambert Wilson (Merovingio).

Miradas de Cine © 2002-2003

Simplemente aterradora

La maldición, y su secuela, que ya está rodada, parecen concebidas al amparo del éxito de la nueva ola de cine de fantasmas proveniente de oriente (y mayoritariamente japonés) que ha venido ofreciendo recientemente títulos de éxito como The Ring, Dark Water (ambas de Hideo Nakata) o The Eye. Y muy probablemente estas dos "maldiciones" no se habrían hecho para el cine si las anteriormente citadas no hubiesen triunfado como lo han hecho, pero en cualquier caso, el verdadero germen de las dos películas de Takashi Shimizu son dos films realizados en vídeo en el año 2000 (Ju-On y Ju-On 2) por el mismo director, que dicho sea de paso, vieron crecer su fama a través de internet de forma parecida a lo sucedido un año antes con El proyecto de la bruja de Blair.

A pesar de la escasa originalidad de la propuesta, que consiste básicamente en una casa encantada en la que los fantasmas de un matrimonio y su hijo (fallecidos a manos del cabeza de familia, que se suicidó, a tenor del prólogo) se encargan de ir exterminando a cualquiera que se acerque a la citada vivienda e incluso a los seres próximos de éstos. La historia está contada, no de forma novedosa, pero sí al menos alejándose un tanto de los estereotipos del género, al fragmentarse en diversos episodios -introducidos por un título anunciando el personaje protagonista, que terminará muriendo, aunque no necesariamente en su episodio- que se suceden a lo largo del tiempo, pero que sin embargo no están ordenados cronológicamente, e incluso algunos ocurren simultáneamente en lugares diferentes. Esta ausencia de historia que a priori puede parecer un lastre, termina por convertirse en el mejor aliado de Shimizu y su película. Así pues, nada de encariñarse con personajes, nada de pretensiones absurdas, salvo la de inquietar e incluso atemorizar, algo que sin duda consigue, sobre todo gracias a una interesante puesta en escena. Lejos de más complicaciones con el montaje que las que requiere la propia narración de la historia, Shimizu logra aproximar al espectador hacia el terror de los personajes mediante un efectivo manejo de la cámara a través de planos cercanos de éstos, o bien fijos, o bien con leves y rápidos movimientos que durante gran parte del tiempo delimitan nuestro espacio visual lo justo para que no podamos ver lo que atemoriza a los protagonistas, pero sí sus rostros, vivos reflejos del miedo más atroz, siendo destacables también los continuos planos cenitales desde la escalera, a modo de vistas subjetivas desde el lugar que alberga la amenaza. Se acompaña además de un ejemplar empleo del sonido (sin efectismos vulgares) como un instrumento más para lograr este terror, siendo excelentes muestras los bruscos finales de las llamadas telefónicas, así como el sonido que produce el fantasma de la mujer al arrastrarse, y por encima de todo, los ruidos que se escuchan en los citados planos en que no vemos tanto como querríamos. No quiere esto decir que las propias apariciones de los fantasmas no resulten inquietantes, pues tanto el niño pequeño, como su madre o la sombra (ésta última particularmente) pondrán los pelos de punta a más de uno.

Otro de los posibles puntos en común con las películas del género de fantasmas, que hábilmente se echa por tierra, es la consabida investigación (ya sea policial o no, en este caso sí lo es) sobre el origen de los hechos que están ocasionando las desgracias, y que muchas veces termina entorpeciendo el objetivo principal de la cinta (provocar el miedo) incorporando al personaje del detective, o el anciano/anciana (preferentemente ciego) que-sabe-lo-que-ocurrió-en-esa-casa-hace-años, por ejemplo. Y aunque al principio parece que una vez más la historia se lanzará por estos derroteros en el momento en que entra en juego el personaje del inspector retirado Toyama (que curiosamente es el anagrama de cierto tránsfuga de infausto recuerdo para numerosos habitantes de la Comunidad de Madrid), esta ilusión se dispersa rápidamente tras la impactante secuencia en que éste se decide a incendiar la casa maldita, y se funden el presente y el futuro (no será la última vez en la película) cuando se cruza con su propia hija convertida en una adolescente. La especial iluminación a la que está sometida el cuerpo de la chica, y que la hace aparecer a nuestros ojos como una especie de visión celestial, ya anuncia la naturaleza fantástica del encuentro, aunque el espectador no será completamente consciente de lo que está ocurriendo hasta más tarde. Esta inclusión de elementos del cine fantástico ajenos a este tipo de producciones de terror no hace sino añadir atractivo y originalidad a la forma de contar la historia, insisto, a pesar de lo trillada que pueda estar ésta.

Aunque ni los efectos ni el maquillaje estén a la altura de las producciones de Nakata, ambas de mayor presupuesto, la película de Shimizu no tiene nada que envidiar a las del director japonés. A pesar de haberse apuntado al citado boom oriental del cine de fantasmas, no se ha limitado a copiar de forma vulgar a sus predecesoras, como hacen en EEUU (cuando apareció la nada desdeñable Scream, por ejemplo, seguida rápidamente por Sé lo que hicisteis el último verano, Leyenda urbana, y demás hijos bobos). Y hablando de nuestros amigos del otro lado del charco, se rumorea que Sam Raimi ya está preparando el remake americano de La maldición, del mismo modo que el propio Nakata se ha encargado de hacer lo propio con Dark Water en ese mismo país. Está visto. A Hollywood se le acaban las ideas y tiene que dedicarse a fabricar remakes de Amenábar y del cine japonés moderno de terror, eso cuando no les da por Hitchcock. ¿Para cuando un remake de Vicente Aranda, por ejemplo?.