Miradas de Cine MATRIX REVOLUTIONS, de Wachowski Brothers   MdC
Cartel de la película
Por Alejandro Díaz

USA, 2003. TO: Matrix Revolutions. Dirección y guión: Larry y Andy Wachowski. Producción: Joel Silver. Fotografía: Bill Pope. Música: Don Davis. Montaje: Zach Staenberg. Diseño de producción: Owen Paterson. Intérpretes: Keanu Reeves (Neo), Carrie-Anne Moss (Trinity), Laurence Fishburne (Morpheo), Mary Alice (El oráculo), Hugo Weaving (Smith), Helmut Bakaitis (El arquitecto), Monica Bellucci (Péresefone), Ian Bliss (Bane), Nona Gaye (Zee), Harry Leniz (Comandante Lock), Jada Pinkett Smith (Niobe), Lambert Wilson (Merovingio).

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La trampa digital

Sería muy sencillo, extremadamente incluso, para cualquier espectador que afronte con un poco de distanciamiento el tema despachar una reseña de esta tercera entrega de la saga Matrix limitándose a apuntar unos cuantos de sus defectos de guión y puesta en escena (todos no cabrían ni en el disco duro de Hal 9000). Por ello he decidido hacer algo que juzgo más estimulante, y enfocar este comentario como una revisión/ampliación del artículo apriorístico que le dediqué este mismo año a la segunda película con motivo de su estreno. En él comentaba la importancia de Matrix como culminación y a la vez variante lógica de las diferentes corrientes del cine americano de superproducción. Sin embargo, tras conocer ya la Trilogía (de momento) al completo, prefiero prolongar muy brevemente las tentativas de análisis ya ensayadas en el citado artículo, y a esto dedicaré los siguientes esbozos.

Si la primera Matrix proponía el juego ingrávido resultante de acumular significantes sin significado, un juego de imágenes herméticas cuyo esteticismo se acompañaba de engolados discursos sobre lo dudoso de la percepción sensorial y la necesidad de "elegidos" con intenciones redentoras de proporciones sobrehumanas, Matrix Reloaded pareció desconcertar a algunos de los fans de la saga, que la consideraron "infantil" o "poco seria", ya que parecía quitar hierro a los planteamientos mesiánicos para dedicarse al puro exhibicionismo de efectos visuales ensamblados de modo tan impecable como gélido (e incluso llegaba a probar la vía humorística). Pero si algo destacaba en este segundo film, a efectos de lo que nos interesa analizar, era el hecho de descubrirnos la apariencia de Zion, una especie de ciudad subterránea en la que tienen lugar unas secuencias de masas hasta entonces insólitas en el "universo Matrix". Unos amplios planos generales con cientos de extras (o quizás sólo uno multiplicado por ordenador, pero esto es lo de menos) que venían a recuperar para la saga elementos que parecían anticuados para un film con rabiosas pretensiones de "reinventar" el lenguaje del cine. La ligereza del primer film comenzó a dejar paso a una recuperación (poco importa si premeditada o inconsciente) de la herencia dejada por gente como Griffith o De Mille. Los vuelos ralentizados, los trajes de diseño, las gafas oscuras y los teléfonos móviles ya no fueron el único ingrediente: los hormigueros humanos y los decorados gigantescos de los viejos kolossales conseguían colarse en medio de las imágenes infográficas.

La tercera parte, Matrix Revolutions, comienza explicitando la extrema dificultad que conlleva poder encontrar un final para la saga. En las primeras secuencias los personajes deambulan a la deriva y se interrogan sobre cuál será el futuro que les espera, en un proceso de aireo de las propias entrañas narrativas típico de la postmodernidad. La falta de ideas de los creadores admitida abiertamente, con toda desfachatez. Y eso no es todo: En un momento dado Trinity, el personaje interpretado por Carrie-Anne Moss, interrumpe uno de los habituales diálogos pseudofilosóficos del film gritando: "¡Basta ya de gilipolleces!". Los creadores no se creen su propia verborrea y se ríen de ella, podría pensar algún alma especialmente cándida. Sin embargo, este giro presuntamente autoparódico cobra su sentido final cuando uno comprueba hacia dónde se dirige el film a partir de esos instantes.

El ataque de las máquinas a Zion nos ofrece la sencilla solución a la ecuación planteada por los hermanos Wachowski. Su montaje fugaz, las escenas masivas repletas de efectos visuales, las grandes destrucciones, las atronadoras explosiones, las secuencias (pro)bélicas aceleradas... ¿es necesario seguir con la enumeración? La cámara superlenta que permitía logros visuales de enorme ligereza en los dos primeros films no es usada aquí. Por el contrario, se manifiestan las formas del aparatoso cine de superproducciones que lleva practicándose en Norteamérica desde hace décadas, imitadas ya sin rubor y escogidas como único camino para alcanzar cierta imagen de "grandeza", de espectáculo aplastante. Por supuesto, el lado bíblico-religioso también se eleva a la máxima expresión, de modo que el espectador casi cree estar viendo uno de aquellos biopics de la figura de Jesucristo que nos dio Hollywood en sus últimos estertores de colosalismo pre-informático. Poco importa esa pantalla final (léase clímax) que intenta recuperar de nuevo las coordenadas estilísticas del primer Matrix, pues por entonces la incógnita ha sido despejada con claridad meridiana. El bruñido neo-kolossal informático traiciona su propia fórmula y de este modo se delata. Todo ha sido una impostura, una máscara, una pirueta circense antes de volver al mismo lugar de siempre. La revolución resultó ser, después de todo, una involución. El cazador cazado por su propia trampa digital.