Miradas de Cine UN CUENTO DE NAVIDAD, de Abel Ferrara   MdC
Cartel de la película
Por Alejandro G.Calvo

USA-Francia, 2001. TO: 'R-Xmas. Dirección: Abel Ferrara. Producción: Pierre Kalfon. Guión:Scott Pardo y Abel Ferrara; basado en una historia de Cassandra De Jesus. Fotografía: Ken Kelsch. Música: Schooly-D. Montaje: Bill Pankow, Suzanne Pillsbury y Patricia Bowers. Diseño de producción: Frank DeCurtis. Duración: 83 minutos. Intérpretes: Drea De Matteo (La mujer), Lillo Brancato Jr. (El marido), Ice T (El gángster), Lisa Valens (Lisa), Victor Argo (Louie), Denia Brache (Mujer de Louie), Gloria Irizarry (Tía), Naomi Morales (Sobrina), Nelson Vasquez (Marido de la sobrina).

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El esqueleto del camello

Estamos en 1993, en Nueva York, en Navidad. Posiblemente la ciudad más bonita del mundo en la mejor época del año: gente paseando por Central Park, visitando el Empire State Biulding o el árbol de Navidad del Rockefeller Center, haciendo compras de última hora para los pequeños de la familia y algunos afortunados estarán yendo al estreno de la última película de Woody Allen. Por que Nueva York es la ciudad de Allen, es cierto, pero también la de Martin Scorsese, Spike Lee, Paul Schrader y... Abel Ferrara. Este último, el realizador más castigado y amargado de la clase de los outsiders, cruelmente vilipendiado (por no decir estúpidamente atacado, por críticos incapaces de entender el cine que se escapa de la estética del cine clásico) por sus dos últimas brillantes e inclasificables películas, The blackout y New Rose Hotel, y siempre increpado por la grandes dosis de violencia y sexo que poseen sus films, es sin duda uno de los realizadores con más talento y menos reconocimiento de su generación. El autor de joyas como Teniente corrupto o El funeral es el lado más incómodo de la hiperrealización de la violencia en las calles de Brooklyn, si en sus inicios su cine no se alejaba en demasía de las corrientes undergrounds (El asesino de la taladradora, Mrs. 45), su crecimiento como cineasta ha sido directamente proporcional a sus ansias por bucear en el fango de una sociedad podrida por las drogas y la corrupción -de ahí que sus intérpretes favoritos: Harvey Keitel, Christopher Walken y Victor Argo, sean verdaderos maestros de la interpretación del lado oscuro del alma humana-, hasta llegar a la estilización del contexto narrativo en pesadillas cercanas al cyberpunk, como acaece en su penúltima (y maldita) obra New Rose Hotel.

En Un cuento de Navidad, película que nos llega con casi dos años de retraso, Ferrara teje un curioso cuento moral entendido desde su peculiar filosofía de vida. Sus protagonistas no difieren mucho del contexto sociológico que habita en las calles de Brooklyn, Queens o Manhattan, son padres de familia inmigrantes (él, Santo Domingo, ella, Puerto Rico), y se ganan la vida como drug dealers, cortando y repartiendo heroína por las calles de Nueva York. Ferrara retrata el comercio de drogas como algo habitual dentro del motor interno de la ciudad, ya no hay ni disparos, ni violaciones, ni jóvenes robando a sus padres y matándose en la carretera... no, la heroína y la cocaína, forman parte de la ciudad del mismo modo que los Seven Eleven y las canchas de basket habitan en las calles. Dentro de esta aparente cotidianidad aparece un grupo de policías corruptos que secuestran al padre y chantajean a la madre, que se ve forzada a buscar dinero para poder salvar la vida de su marido...

Abel Ferrara parece buscar en esta equilibrada y apasionante cinta una fábula sobre la justificación de los medios, el cineasta, no parece descargar la culpa sobre nadie, ni sobre la pareja, ni sobre el chantajista, más bien, con una dialéctica tan suave como un colchón de clavos, descarga su rabia contra un modo de vida que parece estar anclado en un punto sin retorno. Los protagonistas de Un cuento de Navidad están viviendo su particular sueño americano, aunque este se haya cimentado sobre la corrupción y la negación de la conciencia. No importa, después de todas las penurias pasadas, cuando se replantea la pareja seguir con las drogas o dejarlo, ella se niega a cambiar a su hija del colegio privado a uno público, y así, se niega a abandonar un modo de vida que hasta la fecha no parecía, no sólo, no haberles causado ningún problema, si no que además les permitía vivir su vida como una familia tan normal como la de un mecánico en Ohio o un pastelero en North Carolina. Ferrara, como usualmente practica, nunca entra a juzgar a sus protagonistas, en esta historia donde todos parecen culpables, también todos podrían parecer por inocentes. Ni siquiera es una historia que vaya a cambiar el rumbo de las cosas, al principio de la cinta el alcalde de NY es David Dinkins (el primer alcalde negro de la ciudad), al final de la misma, ya se anuncia el próximo alcalde: el honorable Giulliani al que se le cayeron las torres gemelas. Todo sigue su engranaje particular, repleto de pequeñas piezas e historias, como la aquí contada, aunque esta amargue tanto como el genjibre.