| COLD MOUNTAIN, de Anthony Minghella |
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El viejo y el nuevo HollywoodHe de reconocer que dado lo amplio y variopinto que resulta el mundo de las producciones cinematográficas norteamericanas, por lo general, sobradas en nadería y faltas de grandes productos comerciales que no atenten directamente a la inteligencia del espectador -y no me gustaría ponerme en plan Garci, reivindicando el cine de las majors de los años 40 y 50- me ha sorprendido la existencia del rechazo de crítica y público a la última obra del realizador Anthony Minghella, hasta el punto de que el film cayera de la lista de las favoritas a optar al premio de la academia a favor de obras visiblemente (o no) inferiores como Seabiscuit o Master and Commander. A poco que uno esfuerce sus neuronas, debería entender que dicho rechazo no proviene ni de lo visto ni de lo sentido en el film de Minghella, es un ente que va más allá de las cualidades estéticas y narrativas de una película sobrada de ellas, para inscribirse en contexto metacinematográfico, que flaco favor, eso es cierto, hace a la película. Cold Mountain es una película trágicamente anacrónica. Hoy en día ya no existe un cine que posea las maneras de contar un melodrama gigantesco, que evolucione sobre el amor y el dolor de sus personajes, el folletín de calado épico que tan bien realizara gente como William Wyler, Vincent Minelli o David Lean. Corren nuevos tiempos para el cine, y un film tan profundamente clásico como Cold Mountain no entra en los gustos de un público ávido de productos heterogéneos o, simplemente, de un público que piensa que Pearl Harbor es la cota más alta alcanzada por el melodrama en los últimos años. Es una pena, por que el film de Minghella es una obra portentosa, pero no hay melodrama que valga en tiempos de tragedia. El film posee una doble vía de narración: La primera se asemeja a La odisea de Homero, en la que se cuenta el regreso a casa de un soldado desertor del ejército sudista, Inman (Jude Law), de forma episódica y con un rico vaivén de personajes secundarios, interpretados, prácticamente todos, por caras conocidas del star system hollywoodiense -para que se me entienda, en la línea, por ejemplo, de La delgada línea roja-; la segunda muestra la (des)espera(ción) de Ada Monroe (Nicole Kidman), en el pueblo de Cold Mountain, a la llegada de su amado, contemplando las vejaciones que los guardias sudistas realizan sobre los que se quedaron en el pueblo. Así Cold Mountain sería el extraño cocktail que obtendríamos de meter en una mezcladora obras como la versión extendida de Cabalga con el diablo, Lo que el viento se llevó, Barry Lindon, El fuera de la ley y el Ulises de Mario Bava: un viaje cadencioso sobre el melodrama en formato de western, rodado con el gusto y la clase de un cine en vías de extinción. Quizás esa sea la razón de tanto improperio, Cold Mountain, a su manera, duele, y no sólo por que entre la mayor de sus virtudes, existe un debate sobre el odio y la violencia de la humanidad -lo que la emparenta con grandes obras del momento como Dogville, Mystic river, Gangs of New York, Elephant y la aleja de fastuosos espectáculos huecos como Seabiscuit, Master and commander y El retorno del rey (lo que no importa para luego juzgarlas como mejores o peores películas)-, aunque el motor de la cinta sea algo tan poco contemporáneo como el amor desesperado, ese que cuando has (re)encontrado ya te permite morir en paz; si no por que el film es un reflejo del viejo Hollywood, aquél donde en las superproducciones tenían algo más de inteligencia y mucho más de diversión, sin que lo primero riñera jamás con lo segundo, y eso duele, por que ya nadie parece estar interesado en regresar al pasado. Supongo que sabéis de lo que os hablo. Cold Mountain es uno de esos films donde los buenos son muy buenos y muy guapos, y los malos, muy malos y muy feos (como colmo de ello, se puede localizar a un albino entre lo más pérfido de la función), y eso en tiempos de lo políticamente correcto se lo tilda de maniqueista, da igual que lo que se esté viendo en pantalla sea cine con mayúsculas. Sin embargo, la extrema violencia mostrada en el film de Minghella, ya sea con esa alucinante apertura bélica, donde el barro y la sangre se funden con el plomo y el fuego, o en las pequeñas aportaciones de la trama, donde contemplamos auténticas salvajadas (ojo a los contrapicados con el bebé en primer plano en el episodio protagonizado por una sorprendente Natalie Portman), bien de mano de los guardias sudistas, bien de los soldados yankees -Minghella sólo toca tangencialmente los problemas entre el norte y el sur, eso daría para otras dos horas y media de película, y el realizador de El paciente inglés no está, acertadamente, por la labor de ser, encima de buen cineasta, un pedagogo o un filósofo existencialista-, dista mucho de asemejarse a los excesos cometidos en obras como El patriota o Corazones de piedra, aunque conserva de la primera el sentido épico del espectáculo, y de la segunda, la absoluta desconfianza en el género humano. Que nadie se engañe, mantener el equilibrio en una obra que bucea en la tragedia cada media hora, es extremadamente difícil, y las aportaciones cómicas que posee la cinta, bien vía Renée Zellwegger, bien vía Phillip Seymour Hoffman, están siempre al borde del abismo del ridículo, y sin embargo, salvan la cabeza, al menos tantas veces, como Inman la vida. Desde luego a Cold Mountain se le podrían buscar pegas, pues es cierto que peca de excesiva riqueza visual -mención especial, una vez más, para Dante Ferretti- y de una buena dosis de forzada lacrimogenia en su parte final (no entro a nombrar la bastante temible escena sexual entre Law y Kidman) pero, qué puedo decir, al final, es el mismo debate de siempre, puede haber miles de corrientes cinematográficas, virtudes estéticas, cine de autor y artesanal (qué triste que a Minghella se le considere un mero adaptador de obras literarias), cine comercial e independiente al final, sólo vale si la película funciona o no, y Cold Mountain, por lo menos para el que esto firma, la sintió como un disfrute cinematográfico en toda regla. No llega al excelso equilibrio que consiguió Minghella con El talento de Mr. Ripley, mejorando incluso la obra literaria de Patricia Highsmith, pero promete un gran disfrute para la gente ávida de cine perdido. |