Miradas de Cine LOST IN TRANSLATION, de Sofia Coppola   MdC
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la pelicula
USA, 2003. TO: Lost in Translation. Dirección: Sofía Coppola. Productor: Francis Ford Coppola, Kiyoshi Inoue. Guión: Sofía Coppola. Fotografía: Lance Acord. Decorados: Towako Kuwajima. Montaje: Sarah Flack. Diseño de producción: K.K.Barrett, Anne Ross. Duración: 105 minutos. Intérpretes: Scarlett Johansson (Charlotte), Bill Murray (Bob Harris), Akiko Takeshita (Ms. Kawasaki), Catherine Lambert (cantante de jazz), Giovanni Ribisi (John).
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Tratado de la desesperación

Calendario anclado en febrero. Extraño mes que me desafía desde la pared con su brevedad más uno. Alba revisitada, mañana ya vista. No especialmente fría, asegura un locutor acatarrado. El despertador, redundante, interrumpe de nuevo la realidad (¿o fue un sueño?) con su cadencia de grillo en celo, estertores agónicos -sí, tengo que cambiar las pilas-, antesala de un viernes que precede a la nada.

Anoche vi Lost in Translation. Caliento la leche aprovechando los restos bañados en nata del cazo, vertidos media hora atrás por un hombre de rostro cansado que camina sin ver por las aceras, atado a un trabajo que me ha dado a mí tanto y le ha robado a él todo. Trato de no pensar en la última oferta de empleo rellenada con desgana, en el teléfono que no suena, en el destino dictado por un tío americano que llama un mes sí y otro también y que acostumbra a concluir sus circunloquios con un amenazador "se acabó lo bueno, ¿eh?".

El ascensor baja desde el ático, sinfonía de cadenas, percusión de poleas. Una mujer anónima en el rellano, vecina inédita o visitante pretérita. Ligera inclinación de hombros, alzo la cabeza con desgana; no creo que me haya devuelto el saludo. Tampoco creo que me importe.

Pienso en Tokio, ¿en qué si no? En una ciudad inmensa, ruidosa, acelerada, ajena. Donde los neones escupen brillos hirientes día y noche, tornasol y arco iris químico. Donde los monolitos acristalados proyectan desfiles de dinosaurios. Donde llueva y haga sol. Jauja sin freno. Asia sin dos Coreas.

Tuve una extraña sensación días atrás. Con treinta años -¡ahí es nada!-, me encontré embarcado en mi primer paseo entre las nubes. Nada espectacular: ida y vuelta a Madrid con breve interludio poético en las alturas, zumo de naranja incluido. No me impresionó tanto como esperaba o como supone uno que le han de impresionar las novedades. Tan solo me asustó -brevemente y a posteriori- la inquietante sensación de haber estado a merced de un tipo afiliado al SEPLA, figurín endiosado con sueldo de primer ministro canadiense. ¿Simple envidia?

Pero no era de esto de lo que quería hablar: ni del despegue ni del aterrizaje. Sino de la espera en el aeropuerto. De centenares de hombres y mujeres buscando un 'gate', un número y una letra, parapetados tras un taca-taca de bultos y bolsas de marca. De estar sentado en mitad de la noche, consultando un mapa con desgana, adivinando el bramido de turbinas y hélices. Y de verles allí, delante mío, por siempre silentes: azafatas pintarrajeadas, papá en viaje de negocios, luctuosa jornada para enterrar a un padre, idílico romance en motel de carretera, reencuentro ansiado, cultura y olvido, necesidad y lujo, contradicción y lógica.

Y Bill Murray entrando de la nada, adormecido en un taxi multicolor, lucero iridiscente de reflejos prestados. Una semana en otra ciudad. Un profesional sin oficio. Una oferta difícil de rechazar. Y heme aquí, en mitad de ninguna parte, anfitriones bajitos con ganas de gustar, moradores de lo vertical, practicantes de una cultura que no comprendo, que no quiero entender para el poco tiempo que voy a pasar entre ellos. Malestar e ira. No contra ellos, sino para conmigo mismo.

Comienzo a caminar hacia arriba, en pos de un camarote de primera en un campus vuelto del revés. Grandes almacenes todavía adormecidos, alguien curiosea los escaparates con la moda de una estación que vendrá, que no ha llegado. Tiendo la mano y la recupero con un diario gratuito sin opinión ni línea editorial, como se estila ahora. Me sorprende el deslizarse de un tranvía silencioso a mi derecha. Edificios de oficinas que engullen a tipos con corbata, proyecciones hiperrealistas de un futuro próximo, inminente. Sonrío y hablo solo.

No me gusta el güisqui. Demonios, tampoco estaría seguro de eso. De lo que estoy seguro es de que no me gusta la cerveza negra. Probé la primera el otro día, ¿sabes? Un amigo la definió como un chute de cebada. Lo subscribo.

Murray prostituyéndose por dos millones de dólares. Me fascina su mirada cínica, arquetipo de habitante de la polis curado de espanto. A decir verdad, no lo recuerdo con otra cara que no sea esa. Buster Keaton con migraña crónica. Socarrón, descreído. Eso ya me lo sabía. Pero esta vez... creo descubrir algo nuevo en su facha. No, Murray no es un cínico. ¡Craso error! Es un hijo de la desilusión. Un respeto.

No confundir, señores. El cinismo es una pose, escudo de adjetivos afilados y comentarios maledicientes que utilizamos para lograr una reacción de un interlocutor que hace tiempo dejó de escucharnos. Pero Murray recurre a él para todo lo contrario: para no herir, para no fatigar con palabras ya dichas. Porque si fuese del todo sincero, escucharíamos cosas terribles. ¿Y quién quiere oírlas de un desconocido?

Murray y sus problemas con el idioma. Torre de Babel de argón, laberinto de deseos gesticulantes. Homenaje a El gran dictador. Aquellos tiempo en el Saturday Night Live. ¿Quién soy ahora? Anita Ekberg inalcanzable. "¡Marcello!"

Camino también por Tokio. Es una sensación menos asfixiante, dirás. Te engañas. Estoy rodeado de japoneses, aunque algunos me saquen dos cabezas. Hablan de cosas que no me apetece saber. Hago que sí con la cabeza, aligero sus temores haciéndoles creer que se hacen entender. No compartimos fines. No compartimos inquietudes. No compartimos nada.

Paso horas enteras sin hablar con nadie. A día de hoy, mi trabajo consiste en encerrarme en tres metros cuadrados contaminados por el "bip" de las impresoras mal configuradas y el chasquido intermitente de faxes con información que nunca es para mí. Una pantalla con una pegatina en la escuadra, informando de las cualidades ecológicas del producto. Canasta al fondo sólo para papel. 'No fumar'. 'Aquí se recicla'.

Murray bajando al bar, en busca de cualquier cosa menos un encuentro fortuito. Amorrado a su vaso, enfrascado en sus pensamientos. Un matrimonio carcomido por la rutina, unos hijos suyos que podrían ser de otro, tanto da. Una vida echada por la borda de una manera más o menos sofisticada.

25 años más llevaderos cuando pensamos que un tercio de los mismos los pasamos en duermevela, ¡santa inconsciencia! Camino sin retorno, carretera sin salida. Y una chica que sonríe. Adolescente con título y marido con cámara. Otro "artista" de los de hoy, malbaratando su talento -si alguna vez lo tuvo- en tareas insulsas. Aunque muy lucrativas. Nos han comprado los sueños a buen precio.

Almas en pena que vagan por cementerios asfaltados en dos direcciones. Soledades obscenas que despiertan a mediodía, cortinas programadas para dejar pasar la luz a la hora en que la muerte se interrumpe entre bostezos.

No soy ningún licenciado en filosofía, como la imposible Scarlett Johansson empelucada en rosa y virgen en el dolor. Tu tampoco. Y sin embargo, podría hablarte largo y tendido sobre la soledad. Sin mentarte a nadie sublime, sin coger prestados asertos de alemanes decimonónicos: a Kant no lo he leído y de intentarlo, es más que probable que no lo comprendería en absoluto. Pero sé de despertares fríos en madrugadas cálidas. Congojas de quita y pon con banda sonora ululante. Búsquedas estériles. Esfuerzos sin logros. Competición sin palmarés. Crimen sin castigo.

Murray y la Johansson se encuentran. Tenía que pasar, no preguntes porqué. Alfa y omega de la desesperación: ella comienza la senda del desencanto, él podría hacerte un plano del camino, gasolineras, fondas y lugares de interés incluidos. Ella todavía cree en el amor, él asume la infidelidad como un accidente en una noche con demasiadas lagunas. Ella quiere escuchar que todavía hay esperanza, que los hijos mejorarán el panorama desde el puente. Él sabe que no, pero echa mano de mentiras piadosas a sotto voce. Ella comienza a sospechar que no eligió al hombre adecuado. Él sabe que la elección es indiferente, que nada colma. Desean amar tanto como los abandonados protagonistas de la película de Won Kar Wai. Quieren pensar que han encontrado un alma gemela. Añoran. Sufren. Desprecian. Ignoran. Se conocen desde hace tiempo y nunca se han saludado. 48 horas después, duermen juntos y no hay nada que reprocharse a la mañana siguiente.

Una fiesta, marabunta caótica, surrealista karaoke de la vida, piscina abandonada en lo alto de un rascacielos, puertas que se cierran solas, instrumentos de tortura emplazados en elegantes gimnasios. ¿Comedia romántica? Río pero no me engaño: es amargura lo que trata de eclipsar mi carcajada. Ah, déjame ponerme estupendo: Camus hubiese disfrutado con esta película. ¿Existencialismo romántico? Murray subiendo y bajando escaleras, Sísifo que trocó la roca por la bella durmiente, colgada de su cuello. Último hombre en un pueblo de apestados. El extranjero. El exilio de la lucidez y el reino de los alienados. ¡Salve!

Me bajo a tomar un café. Embelesado en mis cosas, estoy a punto de embestir a una señora que tararea una copla entre viaje y viaje del mocho. Pido perdón entre dientes. Pasillo interminable con naturaleza muerta al fondo. No reconozco a nadie. Me conformaría con un "hasta luego", un "nos vemos", un "¡qué sabrás tú!".

Quiero irme de Tokio. Una temporada, tan solo. Prometo volver. Más cínico, quizás. Pero con el recuerdo de un beso en mi equipaje.

Y que nadie le tenga miedo a los finales tristes.

«...si subes más allá del piso 90 puedes ver las nubes por debajo de ti». Sofía Coppola.