Miradas de Cine ZATOICHI, de Tacheshi Kitano   MdC
Por Sergio Vargas
Cartel de la pelicula
Japón, 2003. Director: Takeshi Kitano. Productor: Masayuki Mori y TsunehisaSaito.Guión:Takeshi Kitano; basadoen un relato de Kan Shimozawa.Fotografía: Katsumi Yanagijima. Color. Música: Keiichi Suzuki. Diseño de producción: Norihiro Isoda. Vestuario: Kazuko Kurosawa. Montaje: Takeshi Kitano y Yoshinori Ota. Duración: 126min. Intérpretes: Beat Takeshi (Zatôichi), Tadanobu Asano (Hattori), Michiyo Oguso (Oume), Yui Natsukawa (Mujer de Hattori), Guadalcanal Taka (Shinkichi), Daigoro Tachibana (Osei), Yuko Daike (Okinu), Ittoku Kishibe (Ginzo), Saburo Ishikura (Ogi), Akira Emoto (Tabernero).
Miradas de Cine © 2002-2004

Los ciegos somos nosotros

Zatoichi es un masajista ciego especialmente hábil en las artes de la espada nacido de la pluma de Kan Shimozawa, escritor de varias novelas en torno al singular personaje. Gracias a una gran cantidad de series y películas realizadas entre 1962 y 1989, el personaje goza de cierta popularidad en Japón. En 2003, gracias a la undécima película de Takeshi Kitano, empezó a ser conocido en el resto del mundo. Inició su viaje haciendo escala en el Festival de Venecia, donde se llevó el Premio del Público y el León de Plata al Mejor Director. Después pasó por Sitges, ganando el festival y de nuevo arrancando el Premio del Público. Ahora, recién comenzado 2004, nos ha llegado a nosotros el turno de conocer a Zatoichi.

El director japonés ha logrado con este film, que probablemente sea el más comercial y además el más divertido de toda su filmografía, reinventarse a sí mismo trasladando su propio universo creativo a una época de la que nunca antes nos había hablado, la de los últimos samuráis, y a la vez conservar una autoría absoluta en donde podemos reconocer todos y cada uno de los elementos habituales en su cine, confirmando además, tras su asombrosa Dolls, que se encuentra en el mejor momento de su carrera.

El argumento de la película es ciertamente banal, una historia de buenos y malos con un héroe, Zatoichi -en el regreso de "Beat" Takeshi delante de la cámara tras no protagonizar Dolls-, y su antagonista, Hattori -Tadanobu Asano, uno de los rostros de moda del cine japonés actual, y al que pudimos ver hace un par de años en Tabú (Gohatto)-, un ronin convertido en guardaespaldas, igualmente experto con la katana, pero que no necesariamente tiene que ser el más malo de todos. Este personaje es humanizado de algún modo, al sernos presentada su esposa enferma, su única debilidad, y a la que se dedica en cuerpo y alma, situación muy similar a la de Nishi, el protagonista de Hana-Bi -la película más aclamada de Kitano-, y su esposa Miyuki. Shinkichi, un jugador de dados, y su tía, sin más historia que el encontrarse cerca del masajista conforman el resto de personajes principales junto con dos hermanas (que esconden algo) con una venganza pendiente que sirven de nexo de unión entre los caminos de Hattori y Zatoichi. Pero gracias al excepcional estilo narrativo y visual de Kitano, esta historia tan trivial se metamoforsea en una de las maravillas más grandes que vamos a poder ver en el cine en mucho tiempo.

El discurso que el director de El verano de Kikujiro plantea en el film es inmejorable, desde la concisa y efectiva presentación del personaje de Zatoichi que abre la película, donde ya tendremos oportunidad de soltar las primeras carcajadas, hasta el sorprendente e inolvidable grand finale, se van intercalando los flashbacks donde conocemos la historia de Hattori y la de las geishas, esas ya inolvidables secuencias de transición en donde las coreografías de The Stripes se funden a la perfección con la sensacional partitura de Keiichi Suzuki -que sustituye a Joe Hisaishi, el compositor habitual de Kitano-, las secuencias de lucha, a cual más conseguida, las salidas cómicas, algunas totalmente antológicas, encajando todo como un puzzle, pues como en un puzzle, no existe una forma mejor de hacerlo, es la única posible. Consigue, como sólo los grandes maestros saben hacerlo, llevar al espectador desde las lágrimas provocadas por la risa hasta una intensa melancolía de una forma completamente natural (a conservar la secuencia en la que una de las geishas recuerda cómo comenzaron a ganarse la vida, en la que la música de Suzuki es de nuevo empleada como una herramienta de precisión), eso sí, sin llegar en ningún momento al drama más puro, pues Zatoichi en el fondo es una fiesta y un festín, una gran comedia, una enorme representación teatral a cuyo desenlace uno prácticamente espera que los muertos se levanten y se unan a la gran danza del festival.

En el aspecto visual, que en el fondo es la base fundamental del aparato narrativo de Kitano, y una vez más de la mano de Katsumi Yanagishima, su director de fotografía habitual, es difícil decir que el director cada vez se supera a sí mismo, porque ya en Dolls llegó a un límite de belleza plástica muy difícil de superar, pero si es cierto que desde su debut tras la cámara con Violent Cop, la mejora en este aspecto ha sido progresiva. Me atrevería a decir que sólo alguien como Kitano es capaz de conseguir poesía a partir de un grupo de cadáveres bañados en un charco de sangre, y el plano con el que se cierra el enfrentamiento bajo la lluvia, que además homenajea Los siete samuráis de Kurosawa, no es otra cosa que eso, poesía. Del mismo modo que también lo es ese espantapájaros, totalmente kitaniano -cuya primera aparición resulta aparentemente gratuita, pero que después tendrá su importancia en la historia-, o esas sorprendentes coreografías -sorprendentes sobre todo porque a pesar de que Zatoichi está repleto de lugares comunes con el resto de la obra de Kitano, nunca antes habíamos visto nada parecido en sus películas, resultando un verdadero descubrimiento-, los coloristas vestuarios, o esas luchas, que no son otra cosa que más coreografías. En éstas, la cámara opta la mayor parte del tiempo por planos generales, que dejan ver todo con suma claridad, huyendo de montajes aparatosos, con ocasionales insertos de las estocadas decisivas y en el resto de secuencias emplea un estilo reposado, con la cámara como testigo mudo de las divertidas conversaciones entre el masajista y su anfitriona, las partidas de dados, la vida diaria de los campesinos, las clases de manejo de la espada…

A la hora de hacer una película de samuráis, no cabe duda de que el máximo referente es Akira Kurosawa, al que no se ha dudado en citar al hablar de la última película de Tom Cruise, film que desgraciadamente, poco o nada tiene que ver con el maestro japonés. Kitano ha reconocido la dificultad de imitar las batallas de los films de su predecesor, y las luchas de Zatoichi se resuelven en rápidas sucesiones de uno o dos golpes por enemigo fulminado, bañando la pantalla con abundantes fuentes de sangre generada por ordenador, que como bien apunta mi compañero Alejandro G. Calvo en su excelente artículo, recuerdan al espectador que nada es real, que disfrute del espectáculo, de la gran función. Llegado pues el momento decisivo, el enfrentamiento final, los dos maestros katana contra katana en plena noche a la orilla del mar, uno no sabe qué es lo que va a presenciar. Piensa que al tratarse de dos expertos, la batalla podría ser cruenta, interminable y espectacular, pero la solución ofrecida por Kitano es directamente para quitarse el sombrero. Entre otras cosas, porque el desenlace para esta lucha es un resumen perfecto de toda la película y del inclasificable estilo de Kitano, que puede ser muchas cosas, pero nunca convencional. La vista puede traicionarnos. Hattori planea su estrategia de ataque a partir de la posición de las manos de Zatoichi, pero éste, que no puede ver a su enemigo cambiará de posición una milésima de segundo antes de comenzar la confrontación. Jugando a los dados, nadie se da cuenta de que el hecho de no ver las caras superiores de estos, bien sea por el cubilete que los cubre, o bien por la propia invidencia del jugador, no impide que pueda saberse lo que éstas mostrarán, que en el fondo es una trampa más, como las que hacía el Aniki que Kitano interpretaba en Brother. La vista puede resultar una trampa, nos puede engañar del mismo modo que Zatoichi engaña con los dados. Así, los dos desgraciados que intentan probar su nueva katana con el ciego indefenso, porque al no poder ver es una víctima fácil, no se dan cuenta de que se van a acercar a la muerte más que nunca. El secreto de las dos hermanas permanece oculto para todos, a pesar de que pueden verlas perfectamente, y sin embargo Zatoichi se dará cuenta de lo que ocultan con tan sólo unos minutos de charla. Dentro de este mismo orden de cosas, podría entenderse que Kitano hace algunas concesiones a la comercialidad, remarcando detalles puntuales mediante flashbacks recordatorio-explicativos, que sin embargo pueden entenderse también como una advertencia para que nos fijemos dos veces en las cosas, no sea que la vista nos vaya a engañar, como les ocurre a sus protagonistas.

También es posible que a simple vista Zatoichi pueda parecer un juguete, una obra menor -cuidando los detalles, pero menor al fin y al cabo- dentro de la filmografía de Kitano, pero que nadie se deje engañar por sus ojos, fijénse bien, preparen todos sus sentidos y es posible que descubran una obra maestra absoluta, de esas que el cine sólo ofrece con cuentagotas. Aprovechen.