Miradas de Cine KILL BILL Vol.1, de Quentin Tarantino   MdC
Por Manuel Yáñez
Cartel de la película
USA, 2003. TO: Kill Bill Vol.1. Dirección: Quentin Tarantino. Producción: Lawrence Bender. Guión: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Sally Menke. Diseño de producción: Yohei Tanada y David Wasco. Duración: 111 minutos. Intérpretes: Uma Thurman (La novia/Black Mamba), David Carradine (Bill), Lucy Liu (O-Ren Ishii/Cottonmouth), Daryl Hannah (Elle Driver/California Mountain Snake), Vivica A. Fox (Vernita Green/Copperhead), Michael Madsen (Budd/Sidewinder), Michael Parks (Sheriff), Sonny Chiba (Hattori Hanzo), Chiaki Kuriyama (Go Go Yubari), Julie Dreyfus (Sofie Fatale), Gordon Liu (Johnny Mo), Jun Kunimura (Jefe Tanaka).
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Viaje alucinante

En ocasiones, los que escribimos sobre cine, parecemos dotados de una firme e infinita seguridad en nuestros propios argumentos. Quizás pensamos que a través de nuestras reflexiones debemos convencer a nuestro lector-interlocutor. Intentamos ir enunciando las impresiones que nos ha sugerido la película que estudiamos y pretendemos construir un encadenado de argumentos que resulten en alguna conclusión coherente y convincente. Nada más lejos de la realidad, al menos en mi caso.

En ocasiones, me siento un mar de dudas. Intento alcanzar un cierto estado de certidumbre, pero los pequeños argumentos que consigo hilvanar acerca de una película se van contradiciendo unos a otros formando un perverso magma de dudas e insatisfacciones. ¿Es esto un problema? Quizás no. Probemos. En adelante, un extraño viaje de rumbo desconocido por las dudas, incertidumbres y ayudas recibidas en el intento por pensar Kill Bill, Vol. 1, la cuarta película de Quentin Tarantino.

11 de la mañana aproximadamente. Primer fin de semana del Festival de Cinema de Catalunya, Sitges 2003. El festival ha dejado de celebrarse en el agradable final de verano mediterráneo y nos encontramos en el matinal y gélido invierno costero. Acabamos de ver Kill Bill, Vol 1. Somos los primeros en haberla visto en España, en pantalla grande se entiende (se sabe que estamos hablando de una de las películas más pirateadas de la historia). Se forman los típicos grupitos a la salida de las proyecciones festivaleras. Estoy desconcertado. La película no me dejó buen sabor de boca. ¿Expectativas demasiado altas?. Hay un estado generalizado de sobre-excitación que se traduce en efusivas sonrisas y onomatopéyicos signos de exclamación. Una de las características principales del día a día de un festival de cine es la exigencia, por parte de amigos y compañeros, cuando no auto-exigencia, por esbozar con rapidez una opinión sólida acerca de las películas vistas. Muchas veces este hecho es el culpable de la proliferación de juicios extremos. La cuestión es que me toca el turno en la ronda de opiniones que espontáneamente surge alrededor de la película en cuestión. No sé qué decir. Digo un par de tonterías como que tendrían que inventar un nuevo tipo de salas en las que poder ver películas como Kill Bill, en las que poder saltar, vitorear y bailar al ritmo de los nuevos retro-hits convocados por Tarantino. Pero pronto empieza a clarificarse el primer argumento algo presentable. Es una duda: ¿Por qué me gustaron tanto las anteriores películas de Tarantino y esta no me convence en absoluto?. Tengo la impresión de que la cuarta no difiere demasiado de las tres primeras, y sin embargo el poso que ha dejado en mí la primera mitad de esta cuarta es radicalmente diferente al entusiasmo, rallando la adoración, que habían suscitado las anteriores. No hay respuesta, de momento.

Partimos hacia otra zona de la ciudad, toca nueva proyección en otra sala alejada del Auditorio principal. Camino algo cabizbajo. Soy muy pesado cuando me da por ponerme pensativo. No me aclaro. Pasamos el resto del día sin ningún gran descubrimiento. El festival vive una nueva jornada y aparecen las crónicas de los diarios que siguen el festival. Se confirma lo apuntado por el ánimo a la salida del pase de prensa. Kill Bill gustó mucho. Pero, como en la mayoría de crónicas de festivales que presentan los grandes medios, se dice muy poco de la película. Se comenta poco más que el argumento y los encadenados de adjetivos rimbombantes no me ayudan a solventar mis dudas, que, por cierto, ya no lo son tanto. Pienso haber descubierto al menos cual es la diferencia entre el Tarantino de Kill Bill Vol.1 y el anterior. Me parece que este nuevo Tarantino se entregó ciegamente a sus delirios estéticos y fetichistas y olvidó su sugerente tarea como dialoguista de la sorprendente, por rutinaria, existencia de sus personajes. Sí, lo sé, es muy obvio. El guión de Kill Bill se podría resumir en un par de frases, o mejor aún, en un par de palabras, las del título, por ejemplo. No hay más, el asunto es matar a Bill y a sus secuaces. Los personajes que antes Tarantino llevaba del tópico a una nueva profundidad, escenificada mediante la desmitificación del personaje gangsteril prototípico, se quedan esta vez en la pura superficie.

Está claro, Kill Bill Vol. 1 actúa mediante dos principios: el fetichismo y lo referencial. Todo en Kill Bill Vol. 1 actúa como reivindicación de un referente cinematográfico, formulando un discurso multicapilar de referencias solapadas. Así, parece haberse convertido en el juego favorito de la crítica el buscar todas las referencias que hace la última película de Tarantino a anteriores películas de Serie B o sucedáneos, procedentes mayoritariamente del cine asiático. Como la triste nueva moda de enumerar las erratas y pifias en las películas más taquilleras, han aparecido artículos que funcionan mediante la búsqueda, listado y etiquetado de referentes que surgen del escarbar en el imaginario tarantiniano. Pero lo más peligroso, a mi entender, es cómo la curiosa reivindicación de estos referentes ha convertido la película en una especie de referéndum a través del cual expresar la coincidencia o no con los gustos del director. Algo parecido a lo que ha pasado últimamente con fenómenos como la nueva trilogía galáctica o la adaptación de la mega-obra de Tolkien. Parece que uno no puede expresarse en contra de las películas citadas sin maltratar los referentes originales. Y el análisis fílmico se convierte en un perverso ejercicio de ataques y discusiones en los que el cine tiene poco que ver. El gusto se antepone al análisis, cuando no lo anula.

Si hay algo que me encanta en Kill Bill Vol. 1 es su descarado y liberador fetichismo, más propio de una película de serie B que de un producto mainstream. Me resulta muy sorprendente que la película haya ocupado el número uno de la lista de las más taquilleras en numerosos países de medio mundo. En mi opinión, Kill Bill Vol. 1 se permite unas libertades sorprendentes dentro de una industria que encorseta y ahoga a sus creadores dentro de modelos prefabricados, testados una y mil veces. Kill Bill Vol. 1 practica un sentido del ritmo absolutamente heterogéneo. Los numerosos fragmentos que trabajan un ritmo frenético (las escenas de acción, los saltos temporales y geográficos, la descripción de personajes...) se ven curiosamente compensados por secuencias en las que el tempo de la película se desploma para dar paso a odas ceremoniales dedicadas a los elementos que Tarantino ensalza como sus fetiches favoritos, entre ellos, el más llamativo: la espada samurai, la katana. Es estimulante observar como aún es posible que la voluntad de un director pueda imponerse a la homogeneidad propia de los productos comerciales clónicos. Tarantino detiene su película para mostrarnos, en un lapso de unos quince o veinte minutos, la forja de "la espada". El instrumento se erige por encima del argumento, el objetivo, el propósito. Una fuga a la altura de las mejores secuencias de la obra maestra Lost in Translation de Sofía Coppola. No sé si el lector habrá tenido la mala suerte de toparse con los patéticos diagramas que empiezan a proliferar en numerosos revistas de cine (nunca de crítica de cine) en los que la coordenada horizontal es el minuto que transcurre de la película y la coordenada vertical lo interesante que se supone que es dicho fragmento. Estas fugas, que violentan a las mentes acomodadas, tienen garantizada una nota baja. Me encantaría equivocarme.

Había pasado casi una semana desde la proyección de Kill Bill Vol. 1. El ajetreo diario de un festival te obliga a olvidar rápidamente. Visionar, crear una opinión, despotricar o elogiar, escribir si toca y pasar a la siguiente. Todo iba según los cauces previstos en un Sitges bastante decepcionante, pero llegó Zatoichi. La última de Kitano me había encantado en Venecia. Todo apuntaba a un reencuentro triunfal, una apuesta segura. Pero el espíritu jovial y lúdico de Kitano hizo que resurgieran algunas de las dudas e inquietudes que me había dejado Tarantino. Volvía a formularse una duda similar a la anterior. La voluntad y los principios que guiaban la apuesta Kitano me parecían casi calcados al discurso que sostenía Tarantino. ¿Entonces porque me encantaba el uno y me disgustaba el otro? En sus últimas obras, ambos practican una celebración del oficio de hacer cine, ambos confían en que su pasión por el cine que han visto y por el que practican se transmitirá de una manera clara y limpia al espectador. Los dos se sienten cómodos trabajando en diferentes registros y cuentan con su capacidad para la puesta en escena de hilos argumentales aparentemente simples a través de los cuales construir mecanismos en los que pervertir los géneros y dar rienda suelta a sus filias favoritas. ¿Cuál es la diferencia esencial entre ambos? En mi opinión, el grado de hibridación al que son sometidas las materias primeras que conforman su cine. Ambos son magníficos cocineros de productos de lujo. Ambos conocen la excelencia de los ingredientes que dan origen a sus platos. Pero a partir de aquí su metodología de elaboración resulta harto diferente. Mientras Kitano profiere un gran respeto hacia los elementos primarios de su cine, Tarantino prefiere la mezcla, el refrito. Mientras Kitano prioriza por los sabores esenciales, Tarantino prefiere usar la trituradora e intentar adivinar nuevos sabores. De esta manera, cuando uno se encuentra inmerso en Zatoichi es relativamente fácil saber qué ingrediente estamos saboreando, será el humor de apariencia descerebrada pero de arquitectura milimétrica, la violencia súbita y ritual o el romanticismo embriagador y aniñado que encuentra su mejor vehículo de ejecución en la relación del cine con las demás artes. Pero cuando estamos dentro de Kill Bill Vol. 1 los ingredientes primarios parecen indiscernibles, parecen no estar en ninguna parte y en todas a la vez. Tarantino se muestra impulsivo y, tal como le sucedía con las referencias, todas sus motivaciones y estilemas se encuentran siempre solapados. En estas coordenadas surge uno de los grandes problemas que me separan de la película: el uso e interpretación de la violencia. Kill Bill Vol. 1 es ultraviolenta. Cuando Tarantino pone en práctica la estrategia de sacrificar el valor de sus ingredientes básicos supeditándolos a un nuevo aroma de esencias posmodernas demuestra que no se toma en serio la violencia. Y no digo que tomarse en serio la violencia sea descalificarla por inmoral, sino que el problema es que la violencia se convierte en un elemento de uso aleatorio, no se haya regida por ningún código que la relacione con nada. La violencia es la herramienta para la venganza, la diversión preferida de los malvados, la canalización de una necesidad estética, y aún quedan momentos en los que no soy capaz de dar un sentido a la violencia que tanto deleita a su director. Tarantino vive en un mundo de película y su cine sólo habla de cine. Su cine no mira al mundo. Vivimos tiempos en los que ver cien cuerpos mutilados, el asesinato indiscriminado sin razón o una violación tiene un carácter lúdico. Eso es un tema aparte.

Pasaron un par de semanas y llegó a mis oídos que Kill Bill Vol. 1 estaba siendo aclamada unánimemente por la crítica de todo el mundo. Sentí curiosidad e inicié un viaje por la red en busca de testimonios de perspectivas diversas. El análisis de Peter Tonguette para The Film Journal (1) en el que se pregunta por la aparición del nombre de Peter Bogdanovich en los títulos de crédito de las dos últimas películas de Tarantino, un supuesto carácter feminista en ambas películas y la omnipresencia del principio de causa-efecto en la última no me convence en absoluto. Me encuentro con el magnífico artículo de Geoffrey O'Brien para FilmLink (2) en el que se dan cita muchos de los referentes de Tarantino con una interesante reflexión acerca de los sacrificios a los que se ve sometido el director en su adaptación al cine de artes marciales. En la nota que El Amante (3) (la mejor revista de cine editada en papel en lengua castellana junto a otra publicación española) nos permite visitar vía internet, Diego Brodersen nos cuenta los problemas que ha tenido Tarantino para conseguir la calificación R en Estados Unidos, provocando la eliminación del color en la escena en que "La Novia" se enfrenta a los 88 secuaces del personaje interpretado por Lucy Liu.

Sigo buscando, y hago el gran descubrimiento. La FIPRESCI (Organización Internacional de Críticos Cinematográficos) ha decidido abrir, en su web oficial (4), un nuevo espacio llamado Criticism (5). Una sección que nace con la voluntad de ser un espacio abierto al debate acerca del cine, los festivales y la crítica. Un nuevo espacio para pensar sobre cine con libertad y con la absoluta conciencia de la responsabilidad que ello supone.

Esta iniciativa, que nace en ocasión de la celebración del festival de cine de Rótterdam, se abre con la publicación de varios textos de prestigioso críticos de cine que ofrecen diferentes miradas sobre el estado del cine y la crítica hoy. El conjunto de textos forma un cuerpo heterogéneo, en él se enmarcan desde cartas a relevantes personajes del universo cinematográfico hasta lo que parecen simples críticas de películas concretas que esconden en su interior reflexiones sobre los motores del cine actual.

Por ejemplo, Hans Beerekamp, en su carta a Simon Field (6), ex-director del festival de Rótterdam, le expresa su preocupación por el creciente poder de las distribuidoras a la hora de definir la programación de festivales, chantajeando a la organización para terminar imponiendo la presencia de productos desmerecedores de dicho honor. Por otra parte, en Rótterdam Reflexions,(7) Mark Peranson (editor de la revista canadiense Cinema-Scope(8)) diserta acerca de la relevancia que han tenido los festivales de cine para el descubrimiento personal de un universo cinematográfico nuevo. Habla acerca de los ideales que deberían guiar la personalidad de los festivales: la búsqueda de una marco en el que mostrar la pluralidad de propuestas cinematográficas existentes, el compromiso con el riesgo que conduce al descubrimiento, la apuesta por lo experimental, por lo joven, saber prescindir de los grandes nombres...

Quintín, director de El Amante (9), construye una lucida reflexión acerca del eterno des/equilibrio entre industria y arte. En Arguing with Mr. Hou (10), Quintín responde a un artículo, aparecido en la revista electrónica Rouge (11), en el que Hou Hsiao Hsien defiende una teoría según la cual, para la supervivencia y el crecimiento de un cine nacional como el taiwanés, sería apropiado un equilibrio entre el mainstream local y la producción alternativa, poniendo como ejemplos de cine comercial de calidad películas como Amelie y Corre, Lola, Corre. Quintín advierte del peligro de dicha política e imagina su aplicación en su país. En una pesadilla personal, Quintín imagina que un éxito nacional de taquilla como Amelie "significaría la gloria para su director y la felicidad para el gobierno.(...) Cada director no tan exitoso sería acusado de ser un perdedor. Los periodistas y ministros clamarían por más películas como aquella y todos se darían cuenta de que no tiene sentido tratar de hacer otro tipo de cine."

Por último y yendo al grano, encontramos el artículo de Adrian Martin (co-editor, junto a Jonathan Rosembaum de Movie Mutatios y editor de Rouge) Torn in Dream (12) en el que analiza Kill Bill. Termino de leerlo y siento la felicidad que supone el haber encontrado una mirada cercana. Para Martín, como debería ser siempre para todos nosotros, Kill Bill Vol. 1 no se convierte en un límite para su crítica. Busca a través de Kill Bill Vol. 1 una línea escondida mediante la cual construir un mapa de situación de un cierto cine actual. Habíamos quedado en que Kill Bill nos muestra a un Tarantino absolutamente desenchufado del mundo real. Martín parte de esa premisa para escarbar entre la maleza y encontrar la única conexión que parece existir entre Q.T. y el mundo: "La Novia" es una heroína que entra en un aeropuerto internacional con una espada samurai bajo el brazo sin despertar sospechas y experimenta una movilidad global que parece el reverso irónico de la realidad. Martín nos habla de cómo desde los productos mainstream hasta los nuevos "Blockbuster de Autor" (Kill Bill y Big Fish, aún no estrenada en España) parece negarse la realidad de un mundo enfermo por el terrorismo internacional y la política exterior del gobierno USA. Más adelante, en su disertación, añade "hoy, el carácter subversivo de las películas de Romero, Craven o Carpenter et al se ha olvidado, pisoteado por la abundancia de películas de terror (...) que rechazan las posibilidades que les ofrece el género". Para terminar, Martin se deleita imaginando una versión de Intervención Divina en la que el personaje de Uma Thurman junto a su flamante espada son parados en un control de visado. Genial.

Finalmente, gracias a una red en la que sí que existe la movilidad global libre (hasta que no nos la limiten), internet, pude encontrar pistas y herramientas con las que poder interpretar Kill Bill Vol. 1 desde otros puntos de vista, completando mi limitada mirada. Descubrí otra vez que el cine, a pesar del interés conciente o inconsciente de muchos individuos, es incapaz de despegarse de la realidad, mientras no lo permitamos. Por otra parte, y lo que tiene mayor valor para mí, pude navegar por lugares gracias a los cuales sentirme parte de un movimiento algo mayor que nuestra minúscula individualidad, compartir nuestras dudas e impresiones es un ejercicio recomendable para todos en un mundo que nos quiere adormecidos, inactivos y alienados. Interpretar nuestras reflexiones como un diálogo, más que como un ejercicio cerrado, nos hará más fuertes.

(1) http://www.thefilmjournal.com/issue7/killbill.html
(2) http://www.filmlinc.com/fcm/11-12-2003/killbill.htm
(3) http://www.elamante.com/nota/2/2208.shtml
(4) http://www.fipresci.org
(5) http://www.fipresci.org/criticism/archive/archive_2004/berlin/berlin_ndx.htm
(6) ver link
(7) ver link
(8) http://www.cinema-scope.com
(9) http://www.elamante.com
(10) ver link
(11) http://www.rouge.com.au/
(12) ver link