Miradas de Cine La pasión de Cristo, de Mel Gibson   MdC
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la pelicula
EEUU, 2004. TO: The Passion of the Christ. Dirección: Mel Gibson. Productor: Mel Gibson, Bruce Davey. Guión: Mel Gibson, Benedict Fitzgerald. Fotografía: Caleb Deschanel. Decorados: Carlo Gervasi. Maquillaje: Keith Vanderlaan, Greg Cannom. Música: John Debney. Duración: 125 minutos. Intérpretes: James Caviezel (Jesús), Mónica Bellucci (María Magdalena), Maia Morgenstern (María), Mattia Sbragia (Caifás), Luca Lionello (Judas), Hristo Naumov Shopov (Poncio Pilatos).
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Kill Christ, vol. I

En algún momento algo alejado de mi presente, presumo que fui cristiano... o creí serlo. Y lo fui como sólo se puede ser una vez en la vida: con infantilismo, sin gran discernimiento, sin mucha lógica, sin necesitar de demostraciones espúreas. Ese cristianismo en su laxa versión mediterránea que -al igual que un montón de miedos- heredé de mis padres; lo mismo que el apellido, un full de genes y algún que otro vicio socialmente tolerado.

Luego pasó algo, no sabría muy bien decir el qué. Nada serio ni trascendental, ninguna revelación a lo San Pablo: mi caída del caballo fue más bien reposada bajada, progresivo hastío que algunos confunden con descreimiento. Cuesta mucho ir creciendo y no ir perdiendo los atributos de la fe: primero se viene abajo lo de 'romano'. Después lo de 'apostólico'. Por último, lo de 'católico'.

Así pues, dejé de creer. No me refugié en esa solución desnaturalizada que es el agnosticismo: hay cosas que son o no son. Y no descarto tampoco volver a besar santos a medida que vaya ganando en años, cuando el tiempo carcoma mi soberbia y la angustia me pueda. Creer, no creer... ¿hay tanta diferencia, después de todo? Envidio tanto a esa vieja soldada a su rosario como al ateo convencido. Y dudo de que ninguno de los dos no dude.

Extraña profesión de fe con la que comenzar un artículo. Máxime cuando hablamos de una película, efímera muestra de creatividad humana. Pretendía dejar claro -y tan sólo, repito, lo pretendía- que esta no es una absurda cuestión de bandos o sutiles afinidades electivas: renegar de la película no significa cargar contra la religión que la sustenta y nutre. Del mismo modo, el que a alguien le encante o sobrecoja en grado sumo tampoco debería de ser sinónimo de rectitud o supremacía espiritual. Alinearse con lo que algunos de aquí abajo dicen son las tesis del de allá arriba no le hace a uno poseedor de la Verdad. Y créanme: alcanzar el éxtasis durante la proyección de este film no asegura la salvación ni la vida eterna, como algunos pretenden. Quien quiera disfrutar de la eucaristía, que vaya a misa. Esto es cine.

Y sin embargo, me engaño a mí mismo. Existe un propósito extra, una intención cuasi evangelizadora: La pasión nos invita a sufrir con descaro. Con y por el hijo de Dios. A andar con él los interminables metros que lo condujeron al calvario. A tratar de comprender la inmensa magnitud de su sacrificio. Para ello, Mel echa mano de innumerables recursos perfectamente lícitos: el ralentí, el montaje tendencioso -ojo: aunque indudablemente efectivo-, una banda sonora con aires de réquiem, rotundos contrapicados, cenitales más "divinos" que nunca...

Unánime aplauso para el director de fotografía Caleb Deschanel, que se las apaña para dar un repaso a lo más granado de la pintura del siglo XIV al XVIII. Curso acelerado de pintura piadosa; de la escuela holandesa a la italiana y española: sí, se distinguen La crucifixión de san Pedro, el Ecco homo y El cristo en la columna de Caravaggio. Maderos cruzados y acarreados al gusto de El Bosco (personajes bufos incluidos), así como un descendimiento más cercano a Van der Weyden que a Rubens. El sueño de Jacob y El martirio de San Bartolomé de Ribera. El santoral completo de El Greco. Etcétera, etcétera.

Subrayar sin menoscabo que esta es una película más que correcta: sabe contar una historia archiconocida, asume innegables riesgos -no en vano, esta habrá sido para muchos su primera película en versión original subtitulada: ¡bienvenidos!- e incorpora a actores tan poco conocidos como solventes (inmensa y dolorosa recreación de la madre de Cristo a cargo de Maia Morgenstern).

Eso sí: cuenta de antemano con que el espectador atesore y maneje con soltura una serie de convicciones, tenga por seguros una serie de asertos. No facilita precisamente el debate entorno a una figura histórica: el director se vanagloria en todo momento de estar siendo fiel a la letra pequeña, al espíritu de El libro. En ese sentido, toda polémica es baldía: los judíos desempeñan exactamente el papel que les tiene asignado el Nuevo Testamento. Al igual que los romanos, los apóstoles o Maria Magdalena. La película, pues, no escandaliza ni más ni menos que la Biblia leída e interpretada al pie de la letra: su enfoque es particularmente ortodoxo, aunque no especialmente inflexible si la comparamos con su modelo.

¿Dónde se destaca, qué la hace diferente? ( ¿Y dónde -a mi entender- naufraga estrepitosamente?).

Ya sabíamos que la Biblia es un libro violento: la letra con sangre entra y el mejor modo de ilustrar las vidas ejemplares parece ser someter al personaje a un periplo trágico, fatal e inmisericorde. No se escatiman detalles escabrosos ni actuaciones contundentes. Los malos son castigados, ¡y de qué manera! Y a los protas no les va mucho mejor: cabezas cortadas, martirios interminables, miembros seccionados, fustas y lapidaciones por doquier.

Mel tomó buena nota y llegó a la conclusión de que a los católicos les va la marcha. En un tiempo en el que se eleva a más gente que nunca a los altares (¿no será, precisamente, porque hay menos santos que nunca?) parecía lógico un nuevo enfoque de la figura del Salvador, atractiva revisión para audiencias igualmente fervorosas.

La imberbe generación que sostiene el negocio del cine entiende que hay menos contradicciones en un superhéroe con crisis de identidad que en un tipo corriente con dilema moral cotidiano y aburrido. El Dios de los ochenta, el de Scorsese, era un hombre acorralado por la duda. Ahora ya no corren buenos tiempos para la indefinición: el Dios de la nueva era debía de ser realmente omnipotente, inasequible al desaliento, tan vilipendiable como finalmente triunfal.

Los periodos de incertidumbre coinciden con épocas de empuje y expansionismo religioso. No es que estemos cerca del año 1000, pero el Apocalipsis hace mucho que dejó de ser una fantasía del arrebatado san Juan: tenemos la sensación de poder asistir a su escenificación en un solo acto el día menos pensado... la programación se interrumpe y ya no sabemos si es para ver cómo se inmolan en directo unos tarados o para asistir al escarmiento de un delincuente en fuga, amasijo informe que sale disparado de una moto demasiado potente.

Mel Gibson opta por una utilización desproporcionada de la crueldad, de la ira. No creo que en el resto de elementos o situaciones presentadas su interpretación sea particularmente maniquea. Pero es que cualquier otro asunto queda eclipsado por el baño de sangre.

Ahí se equivoca radicalmente el director. La pasión de Cristo es un ejercicio sádico sin paliativos. Un espectáculo de violencia gratuita con difícil parangón en la historia de los blockbusters. El que sea Dios, su hijo o el Espíritu Santo aquél que recibe las humillaciones, las palizas, los excesos, no lo hace menos censurable.

Todavía no disfruto con el dolor ajeno, ¡qué le voy a hacer! (aunque todo se andará, estoy en conversaciones con una ama dispuesta a alternar la dominancia con la sumisión. Les mantendré informados de mis avances). Con esta misma premisa abordo ese pasote passoliniano que fue Saló o los 120 días de Sodoma. O incluso la solitaria película que he visto de Miike. Supongo que ahí se sitúa mi umbral del dolor: me parece pornográfico asistir, como único argumento de una película, a la tortura de un hombre. Aunque se le suponga, incluso, una naturaleza sobrehumana.

Gibson también debió de sospechar insoportables dos horas y pico de escupitajos, golpes, clavos y hemorragias. Como hábil tergiversador que ha demostrado ser, salpica el metraje de flash backs, alivios que no son tales pues después del episodio o la enseñanza sabemos que volverá a caer el martillo sobre el escalpelo, el látigo restallará contra las costillas, la lanza penetrará en el costado.

Lo confieso: no logro identificarme con ese guiñapo, ese picadillo de carne que responde al nombre de Jesús de Nazareth. No despierta en mí ningún candor, ninguna virtud cristiana. Me siento horrorizado, y ese sentimiento ofusca cualquier interpretación intelectual o metafísica de lo que veo. Sólo quiero que acabe y cuanto antes mejor.

Un par de reflexiones finales. Una estrictamente cinematográfica y otra de índole religioso.

¿Cómo es posible que sobre Tarantino o alguna película del mismísimo Almodóvar llegase a pender la temible amenaza de la calificación X que hubiese castrado por completo su aventura comercial en los USA? ¿Qué es lo que hace buena la violencia exhibida en La pasión y mala la de Kill Bill? ¿Acaso no queda clara en esta última su naturaleza burlesca, ficticia, lúdica?

Una última recomendación a los despistados padres, exhortados -quizás- por sacerdotes ahítos de gozo tras el visionado de esta película. No lleven a sus hijos a ver esta cafrada por nada del mundo. Sólo un enfermo -repito: UN ENFERMO- encontraría este film edificante o lo recomendaría como bálsamo de incrédulos y alivio de afligidos. Da mucho que pensar el unánime aplauso de una Iglesia necesitada de feligreses, dispuesta a aceptar guiños cómplices vengan de donde vengan. El tremendismo como argumento para la salvación.

No. La fe -esa que ya no tengo- debe de ser otra cosa. ¡O así lo espero!