| La pasión de Cristo, de Mel Gibson |
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La última tentación de GibsonDe todas las películas que nos llegan cada año, siempre despuntan dos o tres que destacan por encima de toda la cartelera y crean debate, polémica y atención suficiente para ser recordada y lo que es más importante para la película, ser vista por cuanto más público mejor. Ya sea por el tema que aborda, los actores que la protagonizan, sus explícitas secuencias sexuales, su violencia desmesurada o la característica que la defina, hay películas que no pasan inadvertidas y trascienden su propia condición de largometraje para constituirse en una experiencia metacinematográfica. Un fenómeno que traspasa la pantalla toma el cetro de constituir una nueva moda, una nueva tendencia o incluso implantar una nueva concepción del cine. La Pasión de Cristo es sin duda alguna una película de estas características, es más que una película. La polémica generada por su crudeza y el espinoso tema que recrea ha sobrepasado todo lo imaginado por sus creadores erigiéndose en un fenómeno sociológico a escala mundial, originadora de debates y charlas sin parangón. Este detalle que, aunque sorprendente, ha hecho millonarios a aquellos que invirtieron su capital en ella, es la cruz más grande con la que la película tiene que acarrear. Las fuertes críticas y la violencia que destila han sido las principales aliadas involuntarias de una película concebida en su principio no como una superproducción al uso sino de corte minoritario, y que han lastrado sin piedad las posibilidades de la gente de valorarla en su justa medida como obra cinematográfica con sus defectos y sus aciertos. Durante estos meses todo el mundo habla sobre "La Película" que recrea las últimas doce horas de Jesucristo, pero prácticamente nadie habla de la película en sí. El hecho que esto sea una revista cinematográfica y yo esté intentando hacer un imposible: Hablar de una película de la cual a la gente lo que menos le importa es su condición de largometraje, a pesar de tener mi opinión al respecto (Y que mis sufridos compañeros de redacción han tenido que soportar) no voy a entrar a polemizar sobre el mensaje, visión o polémica alguna que arrastre consigo La Pasión, sino que intentaré centrarme en la película en si. De este modo, en la tercera obra de Mel Gibson como director (mucho mejor cineasta que actor aunque sólo tenga tres largometrajes en su corta carrera como realizador), volvemos a encontrarnos las constantes que van dejando al descubierto cual es su marca de autor y su estilo propio a la hora de enfrentarse a una nueva película. Su protagonista vuelve a ser un personaje torturado anímicamente por una condición impuesta a la que él intentará rebelarse pero que terminará por aceptar para de este modo cumplir con su destino (un tema que parece obsesionar al director por ser el motor central de los acontecimientos que rigen la vida de los tres personajes principales de sus películas), siendo éste al fin y al cabo una cruz que siempre debe llevar cada uno y al cual es imposible escapar siendo adjudicada su miseria o grandeza por Dios. La posibilidad de ser el héroe más grande de la historia de Escocia para William Wallace, o el ser el hijo de Dios para Jesús de Nazareth. Gibson vuelve a incidir con La Pasión en su falta de ambigüedad. Del mismo modo que en Braveheart (id, 1995) y en menor medida en El hombre sin rostro (The man without a face, 1993), su pasión y su empatía nada disimulada hacia los personajes torturados que él adora le aparta de ser un cineasta claro y complejo para siempre mostrar su visión directa y complaciente para/con sus protagonistas. En esta ocasión acompañaremos a Jesucristo por un calvario realmente espectacular donde el sufrimiento y el castigo que recibe nos llevará a un desenlace donde seremos testigos de la muerte como sacrificio por la salvación de todos nosotros. Ese es sin duda el aspecto que perjudica la película. En su desmesurado intento de acercar y comprender el personaje a los ojos del público, Gibson acaba pecando de reincidente por lo que las palizas, las torturas y demás vejaciones tan explícitas acaban distanciando al espectador de la posible identificación con su protagonista. Si en Braveheart (mucho más conseguida en este sentido) el espectador sufre con Wallace en su tortura y asesinato provocando un sentimiento de aproximación total con su personaje, en La Pasión, uno solo desea que dejen morir en paz al pobre Jesús que ya ha recibido demasiado. Ahí es donde reside el mayor fracaso de la película. La nada sutil pasión con la que Gibson retrata la historia juega en su contra. Co-guionista del relato, es en su guión donde residen los principales defectos de la cinta. No solo esa brutalidad que sirve para acentuar su visión, sino que en un intento de otorgar el mayor protagonismo a Jesús, los demás personajes quedan casi desdibujados (concretamente el Herodes parecido a un personaje Felliniano o el Barrabás que podría competir con Forrest Gump en un concurso de inteligencia) o demasiado alejados de su figura histórica (el malísimo Caifás), e incluso algunos desaprovechados totalmente (María Magdalena y un Pedro que promete mucho al principio), aunque hay excepciones muy bien conseguidas como un humanizado Poncio Pilatos o la soberbia personificación de la Virgen María, muy humana y consciente del destino que rige a su hijo. Frente a estos defectos de principiante, Gibson se deja arrastrar por aspectos de la historia que si bien son acertados e incluso algunos muy bien conseguidos no sabe como acabarlos por lo que personajes como el diablo, muy sobrio, tétrico y amenazante durante todo el metraje es inexplicable su desenlace más acorde con un videojuego de la Play Station. En contraposición a lo mentado, no sería justo el no reconocer lo buen director que es la estrella de la tetralogía de Arma Letal y demás. A pesar de dejarse llevar más por sus sentimientos que por el rigor narrativo y cinematográfico, es innegable que Gibson sabe dirigir una película y sabe hacerlo bien. Su evolución desde que se situó detrás de una cámara en 1993 ha sido constante y los defectos del guión se ven salvados por sus aciertos de la dirección. Su dominio del tempo narrativo y del uso de la tensión es admirable, y en La Pasión lo utiliza muy acertadamente sobretodo en un principio, el del huerto de los olivos que te mete de lleno en la película. Mientras vemos a Jesús sufrir en su vertiente más humana (algo que luego Gibson decide olvidar incluso cuando es torturado y J.C. se levanta para que sigan fustigándolo), Judas lo está vendiendo, hecho que aumenta la tensión hasta el momento en que es apresado. Así mismo La Pasión es un constante devenir de ritmo visual. Sin hacerse pesada, la fluidez con la que el director va filmando su historia otorgando una factura muy poderosa a su conjunto (a pesar que fuera filmada con un mínimo presupuesto- Como demuestra por ejemplo la destrucción del templo) y que tiene en el montaje su máximo aliado. Esta buena utilización del montaje da lugar a secuencias tan poderosas como la comparación que Gibson hace del principio de la ascensión al calvario donde Jesús es escupido golpeado y demás por la multitud, que intercala con el momento filmado de igual modo de su triunfante entrada en Jerusalén aclamado por los judíos el domingo de ramos, o la utilización de algunos ralentís que Gibson dosifica en momentos puntuales y determinantes para el sufrimiento del protagonista o para el desencadenante de la acción (la bolsa con las monedas de oro que son entregadas a Judas como recompensa a su traición), y mediante el cual consigue momentos sobrecogedores como aquel en que nos muestran las armas de tortura que son probadas en la mesa donde están depositadas y que visto los efectos nos causa más impresión que la posterior ejecución de la tortura. El otro elemento que Gibson utiliza como arma es el sonido que ayuda e intensifica esa demostración de sufrimiento y sacrificio del personaje. El sonido de los clavos nos duele a nosotros y los latigazos te alcanzan por mucho que uno cierre los ojos. Aunque sin duda alguna, el mayor acierto de Gibson como cineasta reside en esa subjetividad nada oculta que paralelamente es su mayor defecto. Puesto que en algunos momentos, Gibson ve la luz y hace gala de una sobriedad espectacular creando secuencias tan bellas y memorables como aquella en la que la virgen María seca la sangre derramada por su hijo después de haber sido machacado, y que es un prodigio de color (el blanco de la tela con la que limpia, el negro de su vestido y el rojo de la sangre) y de dirección donde frente a el silencioso movimiento de cámara que sigue al paño que limpia la sangre confundiéndose los colores, enlaza con un picado general donde vemos la soledad de María con su vestido negro como elemento que domina el cuadro frente a la composición con los elementos arquitectónicos del lugar sobre ella como peso de la madre consciente que tiene que soportar el tormento al que es sometido su hijo.De igual modo, el inicio en el monte de los olivos, tremendamente lírico y sombrío, con la luna que ejemplifica el cielo siempre rodeada de nubes a modo de la incapacidad de Jesús de alcanzarlo en ese momento ya que duda y siente miedo. Todo ello acentuado por una fotografía muy bella basada en las pinturas de Caravaggio al respecto y que constituye lo mejor de la película (sería injusto reconocer la capacidad de Mel Gibson de obtener buenos directores de fotografía en sus tres largometrajes que le dan un empaque y factura visual a sus películas impecables) y adornada por una potente banda sonora que si bien a veces es demasiado evidente, en otras su utilización acentúa el dramatismo de ciertas secuencias. Como resultado, Mel Gibson ha conseguido una película poderosa, peligrosa pero poderosa. Poderosa del modo en que está narrada demostrando que este señor sabe dirigir bien y que los defectos de guión y de subjetividad del director restan puntos a un filme que podría ser sin duda una pelicula de las que permanece en el recuerdo por su calidad. Es poderosa por la idea que Gibson consigue transmitir. Da igual la época, el lugar o el nombre que tengas, la crueldad humana ha sido nuestra cruz desde el inicio de los tiempos y hoy en día no parece que las cosas sean muy diferentes. En ese sentido Gibson acierta plenamente con la intención de renegar de nuestra propia especie metiendo en el mismo frasco a judíos, romanos y demás. Hombres en definitiva. Peligrosa por su mensaje. Dejando de lado si uno es religioso o no, nadie le puede negar a Gibson que la película sea personal puesto que su postura está más que clara. Su mensaje es de todo menos subliminal, demasiado evidente y peligroso por las ideas que destila (su final da pie a muchas interpretaciones), pero como he dicho al principio de la homilía, yo estoy aquí para hablar de cine y no de religión. |