| EL ARCA RUSA, de Alexander Sokurov |
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Excesos de la era digitalMi steady y yoDios castiga sin palo. Hace dos meses y a propósito del estreno de El regreso me quejaba amargamente -soy muy dado a la sobreactuación)-del poco cine con títulos de crédito en cirílico que veíamos por estos lares. Aprovechaba tal circunstancia -ya saben que los críticos sólo hacen circunloquios cuando andan bajos de inspiración hiriente- para dar un repaso a directores rusos de renombre, gesto indudablemente soberbio que acabaría pagando bien caro. Mi amantísimo director -creyéndome, sin duda, versado en estos temas- me ha endosado sin siquiera dudarlo la siguiente película báltica que ha llegado a nuestras carteleras. Ay, cada uno sufre o goza según sus obras... Les hablaba también en aquella ocasión de un tal Sokurov (¡¿mande?!), mito culterano del cuál se estrena acá, por primera vez, una película. Habrán oído algo sobre ella, seguro; tiene un título extraño, evocador, de cuento de Chejov: El arca rusa. Por si eso no les basta y para más señas, les diré que la película ha logrado cierta resonancia por una circunstancia técnica sin parangón: está rodada de una tacada, en un plano secuencia de poco más de 90 minutos. Vieja obsesión de maestros -Hitchcock y su apretada soga, o la Bergman atacada de los nervios en Atormentada por la fiebre que le entró al director inglés de alargar innecesariamente la longitud de las escenas-, lo mejor que se puede decir de El arca rusa es que nadie volverá a intentar tamaña tontería en mucho tiempo. Como cuando se conquistó el Everest por primera vez: tras saber que alguien ya ha colocado la banderita en tan privilegiada cúspide, decrecerá por un tiempo la sed de gesta de alpinistas obcecados. (Lo siento, soy un reaccionario: para mí el cine sin montaje tiene otro nombre... ¿teatro?) Aplaudo, con todo, este logro, aunque sonrío con la misma sorna que cuando alguien logra inscribir su nombre en el libro Guinness de los records por alguna hazaña estúpida. Bien, de acuerdo... lo has logrado. Una auténtica virguería (la cuál, personalmente, me suscita alguna que otra duda... desconfiado que es uno). También pareció el acabóse cuando Camilo José Cela se lanzó a escribir un libro que tuviese una única pausa, un solitario punto y a parte. Lo consiguió, cómo no. Aunque el resultado fuese una de sus novelas menos logradas. A parte de eso...¿qué guarda en su interior el arca rusa? Yo tenía una granja en el VolgaPensaba comenzar este párrafo con un terrorífico 'nada' que diese contestación a la pregunta formulada en el inmediatamente anterior. Pero sería muy injusto. Sokurov recorre un par de siglos de la historia de su país y lo hace, nunca mejor dicho, en un marco incomparable. Nada más y nada menos que el Hermitage de la carpetovetónica San Petersburgo. Ahí es nada: ha tenido la oportunidad de maniobrar con su juguete digital por el interior de una de las pinacotecas más importantes del mundo, uno de esos doce museos / palacios que a todos nos gustaría visitar en esta vida... o en la próxima. Entiende el contexto histórico y artístico -la sucesión de zares y sus lujos, estilos arquitectónicos, músicas, tendencias y modas, trajes y cuadros, porcelanas y mármoles- como depositarios de una tradición única: "lo ruso", esotérico sentimiento contrapuesto a lo continental, lo europeo. Y es que todavía no he conocido a ningún ruso que no se considere nacionalista... Como no todo el mundo ha estudiado historia (algo que sí hizo el propio director) ni tiene la licenciatura en bellas artes que parece exigir a sus espectadores, les diré que este museo de la actual Leningrado (San Petersburgo antes, Petrogrado de 1914 a 1918... esta ciudad ha sido rebautizada más veces que las calles de El Ferrol) contiene más de dos millones quinientas mil piezas, incluyendo 40.000 dibujos y 500.000 grabados. Destaca entre sus colecciones la de arqueología, con un conjunto de antigüedades escitas único en el mundo -y que no veremos en la película, por cierto-. Ah, y qué decir de Rusia y de sus zares... pues yo, a título personal, poca cosa. Por eso he tirado del Larousse, capaz de hacerle pasar a uno por un entendido en los Romanov y su condenado pedigrí repleto de mala sangre. Ya que el autor no lo ha hecho, este humilde servidor se arroga la tarea de situar el relato históricamente: Sepan que con Pedro el Grande (1682-1725), Rusia se impuso como una de las potencias militares de Europa. Catalina II (por cierto, la impulsora del Hermitage) acabó la secularización de los bienes de la Iglesia y los reunió en provecho del estado (1764), haciendo de Rusia una monarquía autocrática y burocrática (...) La carencia de una clase media fuerte condenó a Rusia a una reacción indefinida, que abrió la época del despotismo burocrático, pasando la defensa del liberalismo a una nueva clase, la intelligentsia. Los reinados de Pablo I (1796-1801) y Alejando I (1801-1825) marcaron el enfrentamiento con Francia, la invasión napoleónica y el respaldo zarista a las alianzas de las monarquías europeas contra las ideas revolucionarias. La guerra de Crimea (1854-1855), desencadenada por Nicolás I y en la que Rusia fue derrotada por Francia y Gran Bretaña, mostró el atraso técnico del país; problema al que trataron de enfrentarse con desigual fortuna Alejandro II (1855-1881) y Alejandro III (1881-1894). Después llegó el bueno de Nicolás II (1894-1917) y ahí se acabó la estirpe, por mucho que Disney se empeñe en resucitar a Anastasia cada tres temporadas. ¿Y la Rusia de hoy?Hace gala Sokurov de un gongorismo algo cargante. Como otros grandes popes fatuos -siii, lo siento, pienso de nuevo en Godard- cree que el mero hecho de plasmar su sapiencia citando a tipos que llevan tres siglos muertos justifica el visionado de su film. No soporto la utilización elitista de la cultura, la voz engolada y el barroquismo neuronal con que se nos trata de abrumar. Y con ello no dudo de que los referentes culturales de Alexander sean de una altura infinitamente superior a la de los que yo manejo / poseo -algo que, como bien han supuesto, no es nada complicado-. La elección de un personaje europeo, "el extranjero", el otro, tampoco dice maravillas de la capacidad autocrítica del director. Creía que los tiempos de la guerra fría habían pasado... Sokurov necesita de un contrapunto bufo, de un representante de esa vieja Europa "que nunca nos ha comprendido". Católico e inflexible, sublime pero fácilmente voluble, dejando que el hilo de sus pensamientos quede enmarañado con facilidad alrededor de unas enaguas, mirada lánguida, maneras de histrión: un decadente con título aristocrático. Sokurov nos vende la Rusia orgullosa, invencible, dispuesta a hacer pagar cara su derrota. Primero contra Napoleón, después contra los alemanes. Sonríe ante los "demócratas europeos" (¡qué sabrán ellos de nuestra idiosincrasia!), pero es incapaz de prolongar su discurso hasta la actualidad, cerrándolo en la mitad del siglo pasado. Cómodo, demasiado cómodo. Incluso para un intelectual. Por supuesto que la cinta incluye pasajes cautivadores, casi hipnóticos. También provoca ese efecto el carrusel de las ferias, singladura heliocéntrica y repetitiva. Se alternan esos momentos con divagaciones absurdas, con esperas angustiosas en pasillos, aguardando que al otro lado de la puerta los extras estén a punto, en sus marcas. Concluyendo con ese baile, descoque wellesiano (¿recuerdan la fiesta de El cuarto mandamiento?) donde la cámara deja de ser un protagonista pretendidamente invisible. No, no. Sokurov necesita remarcar que El estuvo allí, que hizo el más difícil todavía. No deja de sorprender cierto seguidismo entre la crítica más pretendidamente "puesta" hacia estas propuestas radicales per se. Comienza uno a tener la maliciosa sensación de que cuando se mentan un montón de referentes culturales arcanos, nadie se atreve a admitir que, sencillamente, no (re)conoce de qué se le está hablando. Y la mala conciencia (o quizás un infundando complejo de inferioridad) se la ventilan algunos colmando de estrellas (cinco, ¡porqué no!) films interesantes aunque jamás memorables. Hay más radicalidad en Algo pasa con Mary que en El arca rusa, si la radicalidad (¿?) es una cualidad abrumadora e indispensable que nos ayuda a distinguir las peliculitas de las "obras". Sokurov no quiere ser ameno, no quiere ser pedagógico, ni tampoco llegar a grandes audiencias. De acuerdo. Lícita elección. Pero eso no lo convierte en sublime. |