| LADYKILLERS, de Joel Coen |
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Quién roba a un ladrón...Presentada dentro de competición en el reciente Festival de Cannes, llega a las carteleras The Ladykillers , último trabajo de los hermanos Joel y Ethan Coen, quienes firman conjuntamente, y esto es una novedad, tanto el guión como la realización de su film, si bien habían compartido las tareas de dirección desde siempre, como ellos mismos han afirmado en múltiples entrevistas. Se trata, digámoslo ya, de un remake de El quinteto de la muerte , comedia de la productora británica Ealing dirigida por el estadounidense de origen escocés Alexander Mackendrick, director tan olvidado como Charles Crichton y, en general, todos los de la productora. El film narra la historia de una banda de criminales que, por circunstancias de la vida, terminan alojándose en casa de una anciana de aspecto apacible, a la que terminarán intentando asesinar. En esta ocasión los hermanos han decidido trasladar el argumento original a los Estados Unidos, convirtiendo a la anciana protagonista en una piadosa viuda de color aficionada al gospel, y pasando a ser el objetivo de los ladrones un robo al Bandit Queen, un barco-casino del Mississippi. Una de las tendencias más apreciables en recientes producciones de incidencia masiva parece buscar la recuperación de ciertos elementos de un cine muy extendido a finales de los sesenta o setenta, el cual solía contar con grupos humanos (generalmente masculinizados) que intentaban alguna misión o golpe particularmente dificultoso. Entre los precedentes se cuentan films como La gran evasión, Los cañones de Navarone, Doce del patíbulo, Los aristócratas del crimen, o El golpe, mientras que entre los films recientes que retomarían, directa o indirectamente, esta corriente, con desiguales resultados, cabría citar propuestas como Ocean's Eleven, El buen ladrón, The Italian Job, The Score, o Bienvenidos a Collingwood. El nuevo film de los Coen puede adscribirse sin duda a esta (rentable) corriente, pero, justo es reconocerlo, las indudables cualidades autorales de la pareja hacen acto de presencia a lo largo del metraje -si bien no siempre con toda la pertinencia deseable-, por lo que no creo que pueda hablarse de un trabajo impersonal. Así, The Ladykillers se nos presenta como una amalgama formada, entre otros, por múltiples elementos sustraídos de anteriores títulos de sus responsables. Sin mucho esfuerzo, podemos citar algunos de ellos: El hecho de encontrarnos con unos personajes criminales harto chapuceros puede fácilmente relacionarse con la pareja de psicóticos que protagonizaba Arizona Baby. Los planos cenitales que muestran el desplome de objetos sobre el barco-vertedero son análogos a los que mostraban las caídas al vacío de El gran salto . El trozo de capa que revolotea mecido por el viento no puede hacer menos que recordar al sombrero que recorría las imágenes de Muerte entre las flores . La resolución del suicidio involuntario del ex-jugador de fútbol americano es casi idéntica a la de la muerte del matón asmático de su anterior film, Crueldad intolerable . Como en El gran Lebowski, en The Ladykillers se produce un enfrentamiento entre un ser que tiene unas convicciones morales arraigadas y un grupo de personajes nihilistas/criminales que finalmente serán superados por un individuo que en principio no parecía poder hacerles frente. Y, como sucedía en O Brother, la acción transcurre en el Sur de los Estados Unidos, cuya música vuelve a tener importante papel en la función. A esto se añaden, cómo no, nuevas referencias (cf. la literatura de Poe, la música antigua, etc.) en un loable intento de reconvertir este potaje en algo nuevo, objetivo que, desgraciadamente, sólo se consigue a medias. Lo mejor de The Ladykillers cabe encontrarlo en el trabajo con los actores, todos ellos magníficos, empezando por un deliciosamente histriónico Tom Hanks (sabido es que no es un intérprete de mi agrado, pero he de reconocer que está muy bien esta vez) y concluyendo, cómo no, con una perfecta Irma P. Hall, que recibió un premio en Cannes por su labor. Y también en la resolución de algunas secuencias, como el partido de fútbol americano narrado mediante una impagable cámara subjetiva, o el magnífico giro que pone fin al jefe de la banda, resuelto con el tempo y los planos necesarios. Sin embargo, algunos errores de guión como el frívolo flashback que impide que el rapero acabe con la anciana, o el poco sutil ataque de “colon irritable” que sufre uno de los malhechores, así como una sensación general de ligera blandura, terminan estropeando un poco un film que, si bien no resulta insatisfactorio, sí se nos antoja insuficiente teniendo en cuenta la trayectoria de sus responsables, que venían, no olvidemos, de entregar dos films tan logrados como El hombre que nunca estuvo allí y Crueldad intolerable . Ésta última, pese a estar producida por Brian Grazer y partir de un guión ajeno, conseguía burlar su condición apriorística de producto mainstream para bosquejar una aterradora panorámica de la fauna de Los Angeles, haciendo gala de un negro sentido del humor llevado hasta las más duras consecuencias. The Ladykillers desaprovecha parcialmente mejores condiciones de trabajo y termina resultando inferior, lo que vuelve a demostrarnos, por si había duda, que una mayor libertad creativa no implica necesariamente la consecución de resultados artísticos de mayor calado. |