Miradas de Cine ROMASANTA, de Paco Plaza   MdC
Por Joaquín Vallet Rodrigo
Cartel de la película

España, 2004. Título Original: Romasanta. La cabeza de la bestia. Dirección: Paco Plaza. Guión: Alberto Marini, Elena Serra, sobre una historia de Alfredo Conde. Producción: Carlos Fernández, Julio Fernández, Teresa Gefaell, Albert Martínez Martí, Brian Yuzna. Fotografía: Javier G. Salmones. Dirección Artística: Baltasar Gallart. Duración: 90 minutos. Intérpretes: Elsa Pataki (Bárbara), Julian Sands (Manuel Romasanta), Gary Piquer (Luciano de la Bastida ), David Grant (Profesor Philips), John Sharian (Antonio), Luna McGill (Teresa), Maru Valdivieso (María).

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Lobo hombre en Galicia

Después de lustros de olvido, y a pesar de su vigente desprecio por los sectores más tradicionales de la crítica e, incluso, de la industria, el cine de terror español ha vuelto. No de la mano de los ahora reivindicados Paul Naschy y Jess Franco, marginales iconoclastas del género actualmente oscilantes entre los autohomenajes reflexivos (Naschy en la curiosa Rojo sangre) y la inquebrantable mirada de un kamikaze radical (Killer Barbys contra Drácula -¡ahí queda eso!- es, de momento, la última película de Franco). La actual tendencia popular del género está directamente vinculada a la que, sin duda, se está convirtiendo en la productora más importante de cine fantástico desde la agonía de los estudios Hammer: la Fantastic Factory, inteligente y extremadamente versátil, que incluye entre sus filas desde delirios trash como Faust. La venganza está en la sangre (Faust. Loved the dammed, Brian Yuzna, 2001) o Dagon(Stuart Gordon, 2002), a sofisticadas recreaciones de horrores arcanos como Darkness (Jaume Balagueró, 2003) o Romasantade Paco Plaza.

Antetodo, este es un film de atmósfera que se aleja conscientemente de las fronteras del gore , con el fin de asaltar la vía (lamentablemente perdida) del miedo espectral. Y es este su mayor acierto y, por ello, lo primero digno de ser comentado. Sobre una soberbia fotografía de Javier G. Salmones y unas localizaciones que saben extraer de la Galicia profunda toda su carga etérea, Paco Plaza construye un universo plúmbeo, incómodo en el que los personajes protagonistas se mueven como almas en pena, condenados a una realidad tam ambigua como hostil. Romasanta , de hecho, es un film de numerosas y variadas lecturas que van desde el film de terror al uso (la más superficial) a un tratado sobre la naturaleza del individuo, teñido de brutal pesimismo: el personaje de Manuel Romasanta oscila entre una contínua dicotomía entre el bien y el mal, concepto a priori maniqueo aunque, tratado por Paco Plaza, se convierte en una verdadera angustia existencial que conduce al individuo a la desintegración moral y a la exposición física de su escisión interna. La presunta bestialización de todo ello es fruto de la catarsis colectiva, la necesidad de justificar mediante el mito los más bajos sustratos de la condición humana. Lástima que Julian Sands no haga justicia a todo ello convirtiendo a Manuel Romasanta, mediante su mediocre e inexpresiva interpretación, en una mera caricatura desdibujada.

Aún así, afortunadamente, el peso de la película recae sobre otro personaje tan conseguido o más que el anterior, Bárbara. Interpretado de forma magistral (y no exagero lo más mínimo) por una sorprendente Elsa Pataky, Bárbara no es sólo el contrapunto antagónico a Manuel sino la otra cara de la misma moneda. Un ser emocionalmente extremista, tan cruel y despiadado en sus actos como pueda serlo el mismísimo Romasanta, aunque dichos actos se encaucen por la vía de la represión. La espléndida secuencia final en la cárcel revela una diversidad de matices y una complejidad compositiva en este personaje del todo inusual en el reciente cine fantástico.

Empero, el film de Paco Plaza no es todo lo perfecto que la construcción de sus principales caracteres puede dar a entender. Hay una cierta dispersión en el entramado de la historia (sobretodo en sus primeros cuarenta minutos) que hace que los secundarios queden ramplonamente descritos (el profesor Philips, por ejemplo) y que diversas secuencias estén excesivamente alargadas con el fin de potenciar el preciosismo visual (las hogueras en el exterior de la casa, plano repetido tres veces a lo largo de todo el film). Aunque ello no empaña en absoluto la solidez de una estupenda película que reafirma a Paco Plaza, después de su magnífica El segundo nombre (2002), como una mirada a tener muy en cuenta, y a Fantastic Factory como una productora ya imprescindible en el cine de terror actual.