Miradas de Cine CASA DE LOS BABYS, de John Sayles   MdC
Por Antoni Peris
Cartel de la pelicula
EE.UU.-México, 2003. T.O: Casa de los babys. Dirección: John Sayles. Producción: Syvan y Alejandro Springall. Guión: John Sayles. Música: Mason Daring. Fotografía: Mauricio Rubinstein. Montaje: John Sayles. Duración: 123 min. Interpretación: Maggie Gyllenhaal (Jennifer), Daryl Hannah (Skipper), Lili Taylor (Leslie), Marcia Gay Harden (Nan), Mary Steenburgen (Gayle), Susan Lynch (Eileen), Rita Moreno (Señora Muñoz), Bruno Bichir (Diómedes), Vanessa Martinez (Asunción), Angelina Peláez (Doña Mercedes), Lizzie Martinez (Hermana Juana).
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Injusticia divina

John Sayles es el responsable de la puesta en imágenes del llamado “melting pot ”. Este concepto define a la mezcla de culturas existente en occidente y específicamente en los Estados Unidos de Norteamérica, USA para entendernos. Un país dónde a los africanos y asiáticos llegados (o secuestrados) desde antes del siglo XIX se añade una integración latina que tiende hacia la derecha y dónde los wasp (white anglosaxon protestants) deben integrarse para no sentirse desplazados. Su país (un país que nunca fue del todo suyo) deja de serlo de nuevo ante el empuje de una nueva generación, de piel más oscura que la anterior.

Sayles ha tocado las relaciones interraciales prácticamente en todas sus obras: de Passion Fish a City of Hope o Brother from another planet. Si en Limbo y Sunshine State valoraba los efectos del mobbing social e inmobiliario a través de pedazos de vida de personajes desplazados, en Lone Star (junto a Hombres armados, una incursión en las convulsas tierras de Centroamérica, su mejor obra y una de las mejores películas americanas de los 90) estructuró impecablemente el fenómeno del “melting pot” en torno a las relaciones de blancos y hispanos en un pueblo de la frontera de Rio Grande. Sayles analizó certeramente el fenómeno de la migración y la mezcla de etnias en un thriller que sólo lo era en aspecto y que utilizaba las artes del culebrón para analizar con fuerza e inteligencia este cambio social.

Y si en Lone Star, Sayles valoraba la integración vía sexual, en Casa de los Baby, incide en el melting pot por via interpuesta, a través de la adopción de niños hispanos por madres wasp. Así, para mayor inquina de un anarquista patético (un personaje al que se adivina un destino no rodado o no montado en la edición presentada), son las madres yanquis quienes ofrecen un futuro mejor a los niños mejicanos.

Sayles es por encima de todo guionista (la financiación de sus películas se basa en la colaboración no acreditada en guiones de películas comerciales que él nunca firmaría) y es esta característica la que le confiere su interés a todas sus creaciones, a la vez que constituye su talón de aquiles, dada la propensión a la dispersión y a la complejidad de sus creaciones. Si domina bien la riqueza de personajes, la película es excelente; cuando éstos se crecen más allá de la trama, ésta se pierde en demasiados meandros.

En Casa de los Babys , la construcción es más simple y, quizás para evitar la confusión que tenía lugar en Sunshine State, evita aportar excesiva información de todos los personajes, lo cual, en esta ocasión, es tan práctico como insatisfactorio. Sayles construye un entramado en torno a unos personajes descritos de manera efectiva pero menos completamente que en ocasiones similares (Limbo, Lone Star). Es como si plantee una historia universal que encarna bajo unos nombres y apellidos determinados. Más allá de los personajes, le importe el toma y daca vital en el que todos ellos están envueltos. Las mujeres yanquis, esperan los Babys del título. Unas son ricas y otras no; a algunas les mueve la soledad (Gayle, Mary Steenburgen), a otras el deseo de una maternidad no conseguida (Skipper, Daryl Hannah), en otros casos se trata de una opción feminista (Leslie, Lily Taylor) y en alguno no hay explicación clara (Nan, Marcia Gay Harden). Por su parte, el abogado de las futuras madres y su hermana, dueña del hotel dónde las mujeres se hospedan, sacan tajada de la situación. Finalmente, la población mejicana de sustrato social inferior, espera, en vano, que los astros les sean favorables: el pequeño ratero buscándose la vida (y perdiéndola mientras esnifa la cola) prefigura un destino peor que el del adulto desempleado cuyo único trabajo es hacer de guía de las americanas y cuyo sueldo se desvanece con la lotería.

Casa de los Babys es dramáticamente inferior a Lone Star, su trama es casi inexistente, pero su intensidad es tan grande como en sus mejores momentos. La descripción de las americanas, basada en grandes interpretaciones y en unos diálogos brillantes por su naturalidad y no por su voluntad de impactar, es completísima y Sayles se complace como demiurgo en desvelar sucesivamente los velos que ocultan los miedos y secretos de algunas de ellas. Es como si se negara a contar una historia por que sabe que esta historia no tiene principio o final y se limita a contemplar (y a hacernos contemplar) una parte de la misma. En cierta manera nos obliga a compartir las incertidumbres de los personajes y a plantearnos, como ellos, si su opción es la correcta, si se merecen estos niños, si los mejicanos se merecen que se lleven sus niños de la calle o si los niños se merecen este destino. Viendo el destino de pequeños y mayores en las sucias calles marginales de Acapulco, puede pensarse que eso es lo correcto. Viendo las reacciones de personajes enfermos y desagradables como el interpretado por Marcia Gay Harden (Nan) cabe plantearse lo contrario.

Sin que constituya una respuesta, Sayles opone dos escenas magistrales como insólito nudo de Casa de los Baby. Por una parte, Jennifer, irlandesa sensible y confinada en el hotel por sus recursos limitados, comparte un monólogo con una camarera mejicana. Ella no entiende español y la mejicana no habla inglés. Sucesivamente, una y otra hablan de deseos de felicidad para sus respectivos hijos. Jennifer habla con esperanza de momentos de vida feliz por disfrutar junto a la hija que espera. La camarera desea intensamente que la hija que entregó a la Casa de los Baby, por no poder costear ni su mantenimiento ni un aborto, sea tan feliz como los hijos que adoptarán las yanquis. La escena es sobria y extremadamente emotiva.

Por otra parte, Nan se enfrenta duramente, con despreciativa altivez, con su abogado, acusándole de abuso, incompetencia y deslealtad. Este, sabiendo que ella no habla español, se burla de ella en su presencia y acuerda que le entreguen el niño para quitársela de encima.

Y serán las primeras del grupo en recibir sus hijos. Una de ellas tiene pocos medios económicos. La otra es una enferma mental. Ambas han sido elegidas como madres idóneas por un organismo sin rostro aparente (en la escena inmediata al sorteo de la lotería). No hay justicia social ni poética. Son simplemente, los hechos. La realidad no da justificación alguna y Sayles tampoco lo hace. Cierra la película dejando en el tintero numerosas historias que, con suerte, nos llegarán más adelante.