| EL MITO DE BOURNE, de Paul Greengrass |
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Me aburroNo soy lo que se dice un amante del moderno cine de acción. En general, y teniendo en cuenta lo injustas que suelen ser este tipo de generalizaciones con las excepciones a la regla, que por supuesto las hay, me resbalan bastante estos filmes, junto con sus policías-colegas, políticos corruptos, agentes secretos, espías del este, o torturados antihéroes perseguidos por razones a cual más variopinta, como el Matt Damon de esta película. Las cada vez más sofisticadas y eternas persecuciones en coche, moto, camión, helicóptero, fueraborda o patinete suelen aburrirme del mismo modo que las explosiones coreografiadas, las incursiones nocturnas de tipos fornidos embutidos en mallas de ballet moviéndose esquivos entre inteligentes cámaras de seguridad, los enrevesados y muchas veces inverosímiles giros de guión o el juego del gato y el ratón que suelen traerse entre manos el prota y el antagonista. Así pues, es bastante comprensible que aunque mi intención primera era la de haber deglutido El caso Bourne, la primera parte de la película que me ocupa, finalmente me eché atrás osando a visionar esta segunda entrega sin antes haber entrado en antecedentes, y corriendo el riesgo de no enterarme de nada, como aseguraba Matt Damon en una de las numerosas entrevistas que concedía estos días con motivo de la promoción de El mito de Bourne. Las aventuras del personaje que da título a ambos filmes nacen de la adaptación de una trilogía de novelas de Robert Ludlum, lo que hace suponer que habrá una tercera parte, probablemente titulada Bourne se los come con patatas (Bourne Eat Them With Chips), o quizá como quiera que se titule la tercera entrega de la trilogía de Ludlum. La primera de ellas, que resultó ser el mayor bombazo en taquilla de la Universal el año de su estreno y la película más alquilada en video y DVD la temporada siguiente, según reza en el pressbook de este segundo filme, estaba dirigida por Doug Liman, que a pesar de los buenos resultados obtenidos en taquilla ha sido sustituido para esta segunda por el realizador británico de documentales Paul Greengrass, también responsable de la premiada Bloody Sunday. Es más que probable que aquellos que hayan visto El caso Bourne se enteren un poco más de lo que está pasando al principio de la película, pero aún así, no creo que sea un requisito indispensable, pues el guión de Tony Gilroy, también firmante del de la antecesora, termina resultando bastante más simple de lo que parece a priori. En cualquier caso, ahí va un resumen del recuerdo que yo tengo de lo que me contaron (y que como tal no tiene porque coincidir exactamente con el contenido de la película, siendo así, por tanto, poco fiable) sobre El caso Bourne. Al parecer el tal Bourne era un agente secreto entrenado para el asesinato, que sufría de amnesia justo cuando tenía la misión de matar a un importante político. Perseguido durante toda la película por los defensores del eminente personaje y probablemente por sus propios jefes, el caso es que finalmente lograba escaparse a la playa con Franka Potente, donde presumiblemente tendría una vida tranquila. El punto de arranque de esta segunda parte enlaza aproximadamente con la conclusión de la primera, pero desgraciadamente, intuyo que Franka Potente no goza de la misma cantidad de metraje que en aquella. Más allá de mi aversión por el género, reconozco en el filme una dirección eficaz, particularmente en las escenas de acción, en el sentido de que aunque no logra evitar mi sopor en secuencias como la de la persecución cercana al final, por poner un ejemplo, demasiado monótona y dilatada para mi gusto, sí huye a ratos de la espectacularidad abogando a favor de la intriga, algo que agradezco, pero el bien mantenido interés inicial –a pesar de la gran cantidad de información unida a la falta de datos para relacionarla (más aún si no se ha visto El caso Bourne, supongo, como he dicho antes)–, a poco que se van atando cabos y la trama comienza a resultar previsible, pasa a ser rápidamente sustituido por su peor rival, el tedio. Tampoco ayuda la inexpresiva interpretación de Matt Damon, un actor que a pesar de que generalmente escoge papeles bastante buenos, rara es la ocasión en la que se puede decir que aporte algo productivo. Algo más destacable es la de Joan Allen, que a mi juicio debería aparecer en los créditos bastante antes que Julia Stiles, y sobre todo, que Franka Potente, por razones obvias para aquel que vea la película que no voy a desvelar. En cualquier caso, no dudo de que quien guste del género más que yo, y/o quien disfrutara con la primera parte (aunque al parecer aquella era más tendente al espectáculo de acción sin pretensiones) pueda pasar un buen rato con las aventuras de Jason Bourne a través de media Europa… y parte del extranjero. Yo, que le voy a hacer, me aburro. |