MELINDA Y MELINDA, de Woody Allen   MdC
Por J. A. Souto Pacheco
Cartel de la película

USA, 2004. T.O.: “Melinda and Melinda”. Director y guión: Woody Allen. Productor: Letty Aronson. Producción: Perdido Productions para Fox Serchlight Pictures. Fotografía: Vilmos Zsigmond, en color. Diseño de producción: Santo Loquasto. Montaje: Alisa Lepselter. Duración: 100 minutos. Intérpretes: Josh Brolin, Chiwetel Ejiofor (Ellis), Will Ferrell (Hobie), Jonny Lee Miller (Lee), Radha Mitchell (Melinda), Amanda Peet (Susan), Gene Saks, Chloë Sevigny (Laurel), Vinessa Shaw, Wallace Shawn (Sy).

Miradas de Cine © 2002-2004

Sonrisas y lágrimas

Woody Allen resumió la tesis de Melinda y Melinda en la rueda de prensa que ofreció en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Después de recoger, de manos de Pedro Almodóvar, el Premio Donosita, el director estadounidense explicaba que la vida es trágica y triste, con pequeños segmentos cómicos. Si eso es la vida, Melinda y Melinda es un retrato fiel de ella.

Nueva reflexión en torno al amor y sus circunstancias, ejercicio cinematográfico que constata su fragilidad, transcurre (¡cómo no!) en Manhattan. Se trata de la historia de una joven contada de dos maneras diferentes: una trágica y otra cómica.

La película comienza con una escena típica de Allen. Vemos a cuatro amigos (dos de ellos son autores de teatro: un autor de comedias y otro de dramas) charlando en un café mientras la lluvia arrecia en las calles de Nueva York. Uno de ellos defiende que la esencia de la vida es trágica y que ése es el motivo por el cual la gente valora, por encima de otros géneros, el drama. El otro opina lo contrario, las aspiraciones de los humanos son tan vacuas que no nos queda otro remedio que reírnos de nuestras penas. Un tercero explica una historia que se convierte en el eje central del film. Una mujer irrumpe de forma inesperada en una cena entre tres parejas, desatando la confusión entre los invitados. Uno de los dramaturgos defiende su opción creativa, decantándose por el lado dramático de la historia, mientras que el otro resalta el lado cómico de la misma. Esta dualidad argumental es la que Allen continúa a lo largo de todo el film. A partir de estos datos, Allen nos muestra de manera alterna dos historias paralelas de un mismo personaje: Melinda. De este modo, el autor de Manhattan juega con las posibilidades que ofrecen los dos procesos creativos puestos en marcha y, de paso, hace partícipe al espectador de una historia llena de vasos comunicantes que enriquecen las dos tramas.

Melinda y Melinda nos devuelve al mejor Woody Allen. Puede verse como una película compendio de su carrera, ya que en ella quedan reflejadas todas las tendencias y señas de identidad de su cine (la cara cómica del autor de Misterioso asesinato en Manhattan o Manhattan , la cruz trágica de Otra mujer o Septiembre, la fragilidad del amor, las infidelidades, la incomunicación, la trascendencia existencial, la magia y la fantasía como elemento alterador de la realidad, etc.). La película es un frasco con las esencias de Allen reinventadas, fiel y con matices nuevos al mismo tiempo. Allen mira su propia obra, realizando también una certera reflexión en torno a los procesos creativos.

La narración fluye sin cortapisas, de manera fluida. Lo que vemos nos resulta fácilmente reconocible. En los personajes y las situaciones expuestas por Allen podemos encontrar similitudes y analogías con otras cintas del autor. Lo mejor de Melinda y Melinda se extrae al pensar que las dos historias que nos muestra Woody Allen resultan igual de seductoras. Comedia y drama siguen caminos entrelazados, manteniendo un ritmo interno excelente, forjado en un guión de engranaje perfecto. Es habitual que en el cine de Allen, comedia y drama se den la mano, siendo un ejemplo muy clarificador un título como Delitos y faltas que presentaba dos líneas de acción paralelas con dos tonos muy diferenciados que acababan por confluir en el final de la película. En este sentido, Melinda y Melinda supone otra vuelta de tuerca, que entraña una dificultad extra ya que Allen reelabora constantemente la misma historia, sin caer en incomprensiones ni disrupciones narrativas.

La moraleja final del film es bien clara: la vida es trágica y triste, tiene buenos y malos momentos, se perfuma de amor y desamor, de buena y mala gente... No obstante, Melinda y Melinda deja un sabor dulce en el paladar. Como pesimista irredento y declarado que es, Allen sabe sacarle los colores a la tragedia y deja un mensaje final que nos anima a disfrutar de la vida para no ahogarnos en el claroscuro de lo cotidiano.

Nuevamente, a pesar del protagonismo del personaje de Melinda, nos encontramos ante un film coral. El reparto es excelente y está estupendamente dirigido. En él, todos brillan a gran altura aunque se debe destacar la labor de Radha Mitchell (las dos Melindas, casi parecen la misma persona, aún siendo tan diferentes), capaz de realizar un trabajo camaleónico y pasar del melodrama a la comedia con la misma naturalidad de la que hace gala Allen, y a Will Ferrell, que encarna al alter ego del director neoyorquino.

La música vuelve a erigirse en otro de los protagonistas del film. Stravinski para los momentos más duros, Duke Ellington para los más distendidos, Cole Porter para los más sentimentales...

Las últimas obras de Woody Allen han sido tratadas por la crítica con cierto desdén al haberse decantado por un tono mucho más ligero que el de los títulos más interesantes de la filmografía del director. Aún dando la razón a quienes opinan que las obras maestras del genial director quedan ya muy lejos en el tiempo, creo que la búsqueda de nuevas formas expresivas de la que hace gala Woody Allen, la revisitación que acomete de la tradición de los géneros cinematográficos o la, muy poco valorada, comedia disparatada y ligera de sus últimos films, son argumentos más que sólidos para valorar a un director que obra tras obra nos ofrece más alegrías que penas, más sonrisas que lágrimas.