Miradas de Cine EL SOL DEL MEMBRILLO
(1991. Víctor Erice)
  MdC
Por Emilio Martínez-Borso


Tom Hulce como Mozart

 

Miradas de Cine © 2002-2003

Eterna simetría

Es una pena que un director de cine de sobrado talento posea una obra tan poco prolífica. Con sus tres incursiones tras la cámara, Erice se ha ganado la admiración de colegas, críticos y cinéfilos colocándole en el pedestal que corresponde a los grandes de la cinematografía patria.

Con un estilo visual y personal muy propio, el universo de Erice se ha erigido durante tres décadas (en cada una ha estrenado uno de sus tres largometrajes) como el representante del mejor cine nacional insuflando a sus películas una melancolía y un ritmo que ha conseguido que se mantengan intocables al pasar de los años. Ya sea por problemas de producción o por su carácter tan perfeccionista, Erice se ha permitido el lujo de ser el director español veterano con menos películas en su haber pero a la vez más admirado, no importándole nunca el riesgo de, al estrenar una nueva película, ser estudiado con lupa pero saliendo airoso de las expectativas creadas en torno a su obra.

Humilde y discreto, ha preferido mantenerse en el segundo plano que solo los grandes cineastas han conseguido dejando que sean sus películas las que hablen, siendo ellas lo más importante no el nombre que las firma (algo de lo que podrían tomar nota cineastas sobradamente conocidos y que no hace falta que nombre, que desconocen el término de la palabra humildad).

A principios de los años 90 sorprendió la noticia de que Erice iba a realizar un documental. Sorprendió y con razón, ya que pocas veces se ha conseguido aunar en una misma personalidad la calidad a la hora de rodar ficción y documental. Eso se debe a que cada género o método de expresión es totalmente contrario y se anulan el uno al otro. En oposición a la libertad de la ficción donde tú creas un mundo del que quieres hacer partícipe frente a la muestra de la realidad más absoluta sin concesiones, sin poder inventar, sin poder avanzar a no ser que se haga cinematográficamente, dentro del campo del documental lo cierto es que el lenguaje que utilizas y los elementos de los que te sirves siempre quedan supeditados a lo que cuentas.

Esa es la razón por la cual ficción y documental están representadas por gente tan distinta. El hecho de que Erice, quizás el máximo exponente de la poética cinematográfica patria, se decidiera a cambiar de género pudo suponer una gran sorpresa a priori aunque justificada eso sí. Si uno se detiene a analizar un poco las dos obras anteriores de su director, podemos hallar puntos en común con cualquier documental. Me explico, tanto El espíritu de la colmena como El sur son películas que parten de un guión cinematográfico de ficción pero al fin y al cabo son documentales. Uno no puede evitar el sentirse dentro del pueblo donde habitan las dos niñas de El espíritu o vivir dentro de la casa donde transcurre la acción de El sur. Eso se debe a que erice se preocupa en mostrar el devenir, quehacer, rutina y carácter de gente normal hasta el punto de hacerlos cercanos, de hacernos ser parte de ese núcleo, y toda historia que cuenta viene desarrollada por el devenir de los acontecimientos que los personajes-nosotros vivimos, convirtiendo así sus películas en una diserción de sentimientos, una desnudez absoluta de artificiosidad que viene completada por su desnudez formal. Ese estilo tan sobrio, pausado, sereno, con la cámara donde debe estar, captando la realidad del momento, por mucho que sea una realidad creada, pero una realidad al fin y al cabo de la cual nosotros somos parte.

En El sol del membrillo ocurre lo mismo pero con un paso más, Erice nos hace partícipes de una realidad, que a pesar de ser real, en esencia no lo es más que sus películas anteriores con la única diferencia de que uno se puede encontrar a Antonio López por la calle, pero también se puede encontrar con las niñas crecidas de El espíritu de la colmena o con el padre melancólico de El Sur. La película no deja de ser una historia, la historia de un cuadro y que perfectamente podría haber sido creada, en ocasiones lo parece, porque Erice consigue fundir esa realidad-ficción de modo que nada importe, pero que todo sea importante, dejando que ese pulso firme, ese estilo sobrio vuelva a adentrarnos en una realidad, la de López, la de Erice, la nuestra, para contarnos lo que nos ha mostrado en sus anteriores películas, la misma historia, por eso no es justo catalogarla de documental, pero tampoco de película de ficción, es más bien una fusión donde es irrelevante su etiqueta, alcanzando esa comentada fusión entre forma y fondo una de las cotas más altas dentro de nuestro panorama cinematográfico, empeñado cada vez más en intentarnos evadirnos de esa realidad que a veces se nos intenta esconder, o acercarnos demasiado a una realidad que por mostrarla tan cercana y verdadera resulta falsa.

Así pues, El sol del membrillo se erige hasta el momento en su última película y también la más bella, no solo a nivel formal sino a nivel interno y en cuanto a contenido se refiere. Porque en ella se encuentra una de las representaciones artísticas más completas de la historia del cine. A través de la pintura, Erice se encarga de transmitirnos sus inquietudes en torno al proceso de creación artística en boca de Antonio López transformándolo a éste en un alter ego suyo que durante todo el metraje nos va desvelando las interioridades de un verdadero artista y todo el proceso personal y vital que envuelve al periodo de tiempo que conlleva pintar un cuadro.

La cámara sigue un pequeño punto dentro de la vida del pintor. Éste comprende entre septiembre de 1990 y primavera de 1991 cuando se decide a pintar un membrillero situado en su jardín. En este tiempo, asistiremos no sólo a las sesiones y disecciones de la rutina de un pintor, sino que conoceremos la intimidad de un artista, su entorno, su familia, su vida cotidiana, estableciéndose de este modo la mayor complicidad que nunca ha conseguido Erice con el espectador, y es debido a la humanidad que se destila en todo momento. Ya que lejos de la imagen que se pueda tener de un pintor, bohemio, despreocupado a la que el genio y la inspiración le sale solo, el cineasta no puede evitar establecer un paralelismo sutil entre él y el pintor, (de hecho, la idea de la película surge de la conjunción de ambos) demostrando que el trabajo de un artista es lento y laborioso y que para conseguir un buen resultado hace falta conocer el material en el que trabajas y poner el empeño y el corazón siguiendo siempre sus propias directrices. Gracias a ello comprobamos como López elige el ángulo desde donde va a pintarlo, como traza las líneas verticales y horizontales mostrando la gran preocupación latente en la composición adecuada del cuadro (y del encuadre al mismo tiempo), el observar el paso del tiempo para comprobar los cambios que se dan en el membrillero o la importancia de la luz, que López quiere captar a determinadas horas del día porque ilumina la parte alta dándole una luminosidad preciosa.

Es en esta parte donde se ve claramente la intención del director y se funden las figuras de López y Erice puesto que el cuadro que empieza siendo un óleo, lo deja inacabado tras tres meses de trabajo por las condiciones climatológicas para transformarlo en un dibujo. Una de las metáforas más bellas sobre la consideración del cine como arte puesto que normalmente cualquier proyecto tienes que empezarlo de nuevo o transformarlo completamente cuando notas que no te acercas a los resultados queridos o no encuentras el camino que buscabas. Ahí es donde El sol del membrillo adquiere su punto más álgido.

De igual modo, Erice utiliza siempre un estilo visual muy pausado, sereno pero firme, con composiciones milimétricamente calculadas, dejando que sea el pintor y su árbol los que condicione la posición de la cámara, sin falsos trucos ni preparaciones, Erice utiliza un estilo contemplativo muy cercano al humanismo de Ozu y que sabe captar perfectamente al no aburrir nunca ya que la fuerza que irradian sus fotogramas te impiden desconcentrarte. Sobre esto podrían aprender películas actuales como Uzak (Lejano), ya que no sólo se necesita adoptar ese estilo, se necesita transmitirlo, y esa es la mejor virtud de Erice. Como buen artista, se ha preocupado en hacer un buen trabajo de investigación, mezclándose con López, su familia y su obra, siendo la cámara algo cotidiano que no impide la naturalidad y cotidianeidad, el mayor acierto de la película sin duda. Las secuencias donde habla con su mujer, con la pareja china y sin duda con su amigo pintor, Enrique, son una verdadera demostración de cómo filmar una realidad cinematográficamente, ya que en todo momento da la impresión de compartir esos momentos en el jardín de López con ellos. En esta conversación López-Erice se permite el lujo de hacernos partícipes de sus inquietudes artísticas como pintor-cineasta, aportándonos la información para conocer la mente de un personaje preocupado por la simetría de las formas, de la importancia de la composición y de conocer los límites, pero sobretodo de un "entero" como dice López. Lo más importante de la obra tiene que ser un "entero". Erice lo sabe y lo consigue puesto que quizás partes concretas de la película por sí solas no tienen sentido, pero el entero es de una profundidad simétrica tal como han descrito.

Para demostrarlo, el director se apoya en una exquisita fotografía, rodada por nada menos que tres de los mejores directores de fotografía de la cinematografía española. Mezcla admirablemente el cine (Rodado por Javier Aguirresarrobe y Ángel Luís Fernández) y el video betacam (Jose Luís López-Linares) que captan perfectamente esa luminosidad que busca López u oscuridad en los momentos de duda. Además de eso, Erice se permite el lujo de introducirse dentro de la película para resaltar su postura antes explicada transformándose en una cámara que aparece junto al árbol y que se va iluminando poco a poco gracias a un fantástico uso del dimer en un contraluz de una fuerza impresionante.

Lo malo es el abuso de la "fotografía poética". Tal y como en las secuencias en las que nos muestra el devenir del artista y su proceso creativo, la fotografía funciona de manera intachable, en las partes más poéticas, Erice se alarga demasiado y eso se nota no solo en su duración de la película siendo innecesaria esa reiteración sobre la concepción y mentalidad de un artista y su obra, que ya nos había mostrado y de que manera a lo largo del metraje.

El sol del membrillo no es un documental al uso, ni es una película de ficción en sus estrictos parámetros, es un viaje al interior de un pintor-cineasta que te hacen partícipes de una experiencia que tan solo los grandes son capaces de lograr. Y para ello no hace falta haber rodado treinta películas ni pintado 600 cuadros. Se necesita captar la esencia de un membrillero y hacer una película como El sol del membrillo (o como El espíritu de la colmena o como El sur, elijan ustedes).