| CABEZA BORRADORA (Eraserhead, 1977) |
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La abominable rutinaEn los tiempo modernos, tras la llegada de la burguesía a la jerarquía social y la instauración de nuevos elementos controladores y generadores de la producción, donde prima el beneficio y el bajo costo por encima de cualquier otro aspecto, permanente o eventual, la sociedad, progresivamente, ha ido mermando su capacidad de sentir: lo primordial es tener un trabajo digno y una estabilidad para formar una familia, no como una búsqueda de afecto, sino como una operación preestablecida y programada de antemano en nuestro cerebro. Los valores de nuestro tiempo devienen en aspectos mediocres o triviales en la vida, y ésta en un recorrido rutinario y monótono donde, en muchas ocasiones, se actúa conforme a lo establecido (incluso se puede obrar porque siempre se ha hecho así o por medio de alguna (auto)justificación similar), sin preguntar nada, sin valorar nada, sin aspirar a nada El primer largometraje dirigido por David Lynch, Cabeza borradora, retrata la formación y degradación de una familia, que surge de una coyuntura muy habitual: el embarazo no deseado. Ese emparejamiento forzado entre dos muchachos, que apenas se conocen, sería un perfecto ejemplo de lo expuesto líneas arriba. No obstante, el film propone un pesimista bosquejo no solo de la institución familiar, sino también de la monótona vida que hay tras (o debajo de) los constantes ruidos y opresivos decorados que dibujan una sociedad burguesa e industrial, es decir, contemporánea. Sin embargo, Cabeza borradora no debe verse cómo una crítica hacia instituciones y/o estamentos, como pueda ser el matrimonio y las obsoletas tradiciones religiosas, aunque, es cierto, que ofrece un duro retrato de todo ello e incluso no vacila en mostrarse cruel, en ocasiones, como prueba la tensa (y formidable) secuencia de la cena en casa de los padres de la muchacha. Cabeza borradora es, más bien, una experiencia sensitiva, que parte de un anecdótico y sencillo punto de partida para remover lo monstruoso y lo extraño de entre lo aparentemente normal, sacarlo a luz y ofrecer una serie de impactantes y sorprendentes imágenes y un sinfín de inteligentes metáforas plásticas llenas de una desbordante imaginación. David Lynch, con su primera obra, marcó las pautas y constantes que vertebran todos sus films (incluidos aquéllos que comenzaron como encargos: El hombre elefante/The Elephant Man, 1980 y Una historia verdadera/The Straight Story, 1999 -1-) y que se resumen perfectamente en palabras de Antonio José Navarro: «lo cotidiano sometido a la distorsionadora inflexión de lo turbio y enfermizo que subyace bajo su superficie» (2). Ahora bien, en este caso no hay asidero posible (ni pueblos apacibles, ni ancianos convalecientes, ni fiestas de instituto ) ya que la turbación y el desasosiego se muestran desde el principio dentro de una normalidad que se intuye lejanamente y más bien tras el guión que por una muestra estricta de puesta en escena al estilo de la vista en la antológica secuencia que abre Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986). Probablemente la intención de Lynch fuera precisamente la de expresar el horror que encierra ese mundo alienado, con familias surgidas de la represión (sexual principalmente), trabajadores autómatas y una vida ahogada debido al crecimiento de la industria. Mostrando un horror que no sólo se encuentra, según el film, en la vida familiar no deseada con una mujer y un hijo: también descansa en la propia existencia del protagonista, Henry/Jack Nance, inmersa en una abominable rutina, expresada por los planos fijos de larga duración y un tanto estáticos del principio del film, con alguna solución brillante como aquélla en el que Henry aparece como empequeñecido ante el amenazante hábitat que le rodea. Aquí es donde, tal vez, el director de Montana, llegó demasiado lejos y obligó (y obliga incluso en segundo y terceros visionados del film) al espectador a un enorme esfuerzo para aceptar sus radicales propuestas, que, paradójicamente, según avanza el film se tornan más mórbidas y extrañas, pero no por ello las distancian más de aquél, sino al contrario: terminan produciendo el efecto deseado: turbación, horror, fascinación. De alguna manera el espectador va inmiscuyéndose en el relato poco a poco, aceptando la sequedad y parsimonia inicial, para despertar progresivamente su interés y asombro por el film, principalmente por los elementos coadyuvantes (sonido, fotografía, montaje, trucajes) a la historia (que no deja de ser, en cierto sentido, un pretexto). En relación con esto último, se le podría achacar a Cabeza borradora, en una primera impresión, que su comienzo no fuera más cercano al mundo físico que nos rodea, para que el tránsito fuera más pronunciado y, sobre todo más, visible (y también para procurar un cierto acercamiento con el espectador, que, como he apuntado antes, necesita de un esfuerzo extra para aceptar la singular oferta del director, siendo su compromiso para con el film vital). Empero, Lynch, aun conociendo -o sin importarle- lo arriesgado de la empresa, optó por ofrecer una obra extremadamente críptica por un lado (la forma) y relativamente transparente por otro (el fondo -3-), uniendo en un "todo" lo rutinario y el horror, lo real y lo onírico: la ciudad industrializada se percibe por ruidos y un diseño agobiante, pero no aparecen máquinas o elementos mas asociables; el edificio de apartamentos inhóspito donde vive Henry, con luces tenues y pobres, lleno de una atmósfera desconcertante; el propio apartamento del protagonista, apenas un cuarto y un servicio; los extraños invitados de sus sueños: la chica del radiador, el hombre de la máquina ; la vecina con la que Henry tiene un encuentro sexual; el bebe-monstruo que es en realidad el hijo de Henry y su repelente lloriqueo-quejido-presencia No se alcanza, en ocasiones, a discernir dónde empieza el sueño y dónde termina la realidad y si los acontecimientos de los que somos partícipes son tan solo producto de la peculiar mente del protagonista que prolonga su propia angustia (cf. la extraordinaria secuencia en la que Henry pierde la cabeza y ésta termina siendo empleada para la fabricación de "cabezas borradoras" de lapiceros). El rodaje de Cabeza borradora duró unos dos años desde 1974 hasta 1976. Tuvo lugar en los estudios del American Film Institue. Frederick Elmes sustituyó a Herb Cardwell como director de fotografía: trabajo soberbio el de ambos, en el que se busca el continuo contraste y la creación de una atmósfera acorde con el resto del film. Los efectos especiales se centran en el bebé-monstruo, los cuáles no se han desvelado (no se sabe muy bien por qué oscuro motivo) y sobre los que se ha especulado bastante. El sonido, diseñado por el propio director, se convierte realmente en la banda sonora del film (en el que apenas suenan dos o tres canciones, entre ellas "In Heaven", escrita por Peter Ivers), actuando como un elemento más dentro de la puesta en escena, generador de sensaciones y co-creador de atmósferas. Los decorados tienen igualmente una gran relevancia, por cómo sirven de apoyo a la sensación de horror y extrañeza (y en ocasiones de belleza) que se desprende de rincones misteriosos o lugares cotidianos. La labor de Jack Nance como Henry Spencer es admirable sobre todo por su completa fusión con la puesta en escena, dotando al personaje de una humanidad digna de mejor causa (por cuanto le sucede) sin dejar de ser un auténtico freak (uno de los muchos que el genio de Lynch ha inventado para el celuloide). Cabeza borradora se erige, en definitiva, en una propuesta tremendamente radical y arriesgada (además de ser, a mi modesto modo de ver, una de las óperas primas más sorprendentes y sobrecogedoras de la historia del cine) que no contempla clasificaciones y/o etiquetas al uso, quedando sus imágenes en la memoria del espectador sin saber, en muchos de los casos, la significación de las mismas (4), pero que tienen la nada desdeñable capacidad de fascinar u horrorizar (o ambas cosas). (1) Dune (id, 1984) sería
la excepción ya que cuenta una historia de ciencia ficción
enmarcada en su propias reglas alejadas de una realidad conocida. |