Miradas de Cine DUNE (Dune, 1984)  
Top David Lynch
Sumario
Por Alejandro G. Calvo

Carátula de la edicion DVD en España


La princesa Irulan


El emeprador Shadam IV


Enviado de la Cofradía


Chani y Paul


Gurney


Geidi Prime, planeta de la casa Harkonnen


El barón Harkonnen


Nefud


Feyd Rautha


Cosechadora de especia


Stilgar y Paul-Muad'Dib  liderando a los Fremen
Miradas de Cine © 2002

El triunfo de los Harkonnen

Pese a que con los años, tanto los adoradores del fantástico, en especial de la serie B, como los fans del propio Lynch, han acabado ensalzando los valores que en un principio se le fueron negados a Dune, alcanzando ésta de manera veraz la calificación de cult movie, la realidad, tanto por la malversación de la obra de Frank Herbert, como por el uso reiterativo del tijeretazo, la voz en off explicativa y el trazo sencillo de los personajes, es que Dune, pese a sus guiños lynchianos, siempre atractivos e inquietantes, fue, es y será un film maldito, irregular y de una apresurada narrativa que hacen de ella, el único film de Lynch endeble, aunque eso sí, el director nunca pudo hacer nada para remediarlo. Sintetizando el sentimiento de Dune, Lynch es muy claro: «Bueno, nunca llegué a insistir lo suficiente en nada para considerarlo algo mío. Tenía la sensación de que Dino y Raffaella (de Laurentiis, productores del film) querían algo, y además estaba el libro de Frank Herbert, y teníamos que tratar de permanecer fieles a él. Así que ya nos encontrábamos encerrados en un corral muy concreto. Y es difícil salir de allí. Realmente no me parecía que pudiera permitirme apropiármelo. Ésa fue mi perdición. Fue problemático. Dune era como una especie de película de gran estudio. No tenía el control sobre el montaje definitivo. Y, poco a poco, de forma subconsciente, estaba haciendo concesiones, sabiendo que no podía hacer lo que quería y que no quería hacer lo que tenía que hacer. Caí en un terreno a medio camino de ambos mundo. Un lugar muy triste.» «Todos tenemos una voz particular: cosas que nos encantan, una manera de hacer las cosas. El problema es que te dejen solo al hacerlas, para que puedan salir. Hay cosas que el cine puede hacer, de las que es muy difícil hablar. Necesitas que alguien confíe mucho en ti, en cuanto a estas cosas que el cine puede hacer pero que no suceden muy a menudo. Esas cosas jamás podrían suceder en un ambiente de comité en el que todo el mundo que hay en la sala ha de comprender todas y cada una de las cosas que hay en el guión. Se aparta tanto de la magia del cine que puede ser increíble. Y, al final, terminando siendo sólo lo que es. Nada más. Ni siquiera una ventanita para la abstracción o el sueño. Es como una roca.» (1)

La adaptación de la excelente novela de Herbert (Premio Hugo de la Convención Mundial de Ciencia-Ficción y premio Nebula de los Escritores de Ciencia-Ficción de Estados Unidos), de la que llegó a escribir (de manera bastante lucrativa) hasta cinco secuelas más (2), tardó casi veinte años en llevarse a cabo, tras pasar por las manos de, entre otros, Alejandro Jorodowski (La montaña sagrada/Holly Mountain, 1972), que quiso contar con Salvador Dalí para interpretar al emperador Shaddam IV, y Ridley Scott, que trabajó durante un año el guión y acabó abandonando en beneficio de Blade Runner (ídem, 1982), llegó a Lynch (que recientemente había rechazado la propuesta de George Lucas de dirigir El retorno del Jedi/Return of the Jedi, 1983. Richard Marquand) de las manos del productor Dino de Laurentiis y, en especial, de su hija Rafaella, que se había enamorado del film anterior de Lynch, El hombre elefante (The Elephant Man, 1980). Ninguno de ellos, craso error, conocían el film anterior a El hombre elefante y ópera prima de Lynch, Cabeza borradora (Eraserhead, 1976), es más, cuando Dino De Laurentiis vio el film una vez empezada la producción de Dune dijo haber salido asqueado de la sala de cine; lo que lleva a pensar que en ningún caso, el veterano productor, que anteriormente había producido grandes films como La strada (ídem, 1954. Federico Fellini) o Guerra y paz (War and Peace, 1956. King Vidor) y no tan grandes como Barbarella (ídem, 1968. Roger Vadim) o El justiciero de la ciudad (Death Wish, 1974. Michael Winner), hubiera pensado en Lynch para realizar su superproducción de Dune. Si a esto le añadimos el placer que siente Lynch al narrar historias de vecindario, con verdadera pasión por las abstracciones internas de los hogares en comparación con la frescura exterior, uno se pregunta como se sentiría Lynch en un film de ciencia-ficción rodando en el desierto mejicano con más de mil técnicos a su cargo y con más de dos mil extras a los que guiar. Pese a que tanto Herbert, que aseguró sentirse muy a gusto con el film, hasta de Laurentiis, que produciría el siguiente film de Lynch, la maravillosa Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) siempre llevaron una relación amigable con Lynch (algo que es de extrañar, pues de los 60 millones de dólares que costó la producción, sólo recaudó en su estreno unos 17), las diferentes tensiones ejercidas entre ellos durante el rodaje, acabaron por desgastar a Lynch, realizando múltiples concesiones que se tradujeron en la pantalla en el recorte de más de tres horas de metraje y en un continuo uso explicativo de la voz en off, tanto por el devenir de la historia a cargo de la princesa Irulan (Virginia Madsen) como en los pensamientos de los personajes, que aunque comenzaron, bajo idea de Lynch, insinuando sensaciones, acabaron siendo meramente explicativas, para que el espectador no andara perdido en un mundo tan complejo como el de Dune.

La historia mesiánica narrada en Dune, consta de una gran riqueza en personajes tan o más principales que el propio Paul Atreides (Kyle McLachlan), así como una excelente descripción de un mundo imaginario, que aunque sin llegar a cotas tolkenianas, si dio pie a uno de los mejores logros del film: La ambientación artística de los diferentes planetas en que viven los distintos clanes. Es decir: Atreides-Planeta Caladan, Harkonnen-Planeta Giedi Prime, Fremen-Planeta Arrakis y Emperador-Planeta Kaitain. Lynch, excepto por los planos con oleajes de arenas en Arrakis, se concreta más en el retrato de interiores, permitiendo al espectador extrapolar las sensaciones que él reciba de objetos y uniformes a lo que sería el conjunto del planeta en sí. Los claros ganadores de la ambientación y descripción, tras la aburrida bondad que presentan los Atreides, es el universo corrompido de los Harkonnen. Es ahí donde se ve disfrutar más a Lynch, y por tanto, donde más se hace patente el estilo lynchiano de entender el cine y los sentimientos. Los Harkonnen, un clan corrompido y terriblemente malvado, cuyo líder el Barón Vladimir Harkonnen (Kenneth McMillan) es un ser repugnante, con el rostro cubierto de pústulas que exigen un continuo cuidado de su médico privado (Leonardo Cimino), que se mueve en suspensores debido a su elevada gordura, y en una de las escenas más brutales del film, se abalanza sobre un esclavo, tras antes haberse regocijado en una lluvia de aceite, y le arranca la válvula que todos los esclavos tienen en el corazón (además de tener cosidas bocas y orejas), y le devora y estrangula como si de una violación se tratara. La maldad del Barón, directamente relacionada con otros oscuros personajes de Lynch, como el Frank Booth de Terciopelo azul o el Killer Bob de Twin Peaks: Fuego camina conmigo (Twin Peaks: Fire Walks With Me, 1992), se comparte con todo su clan, desde el mentat Piter de Vries (Brad Dourif) hasta sus sobrinos La bestia Rabban (Paul Smith) y Feyd Rautha (Sting) y el inevitable, como no, Jack Nance como Nefud, posiblemente el más alelado de los Harkonnen (3). En contraposición, Atreides, Fremen y la corte de Kaitain, se presentan como seres planos, ¡incluido el propio Paul, un personaje tan complejo como lo puede ser el Jesucristo de La última tentación de Cristo (The Last Temptation of the Christ, 1988. Martin Scorsese)!, y la relevancia de personajes tan importantes como son Duncan (Richard Jordan), Stilgar (Everett McGill), Gurney Halleck (Patrick Stewart), Doctor Keynes (Max Von Sydow) y, en especial, Chani (Sean Young), quedan reducidos a intervenciones esporádicas, algunas tan ridículas como el reencuentro de Halleck y Paul en mitad del desierto, o el uso de una especie de "súper armas" para combatir a los Harkonnen y los Sardaukar.

Así el encanto de Dune, ¿dónde queda? Pues únicamente en esas aproximaciones, siempre abstrayentes de Lynch, como cuando sueña con el goteo del agua sagrada, la prueba del gom jabbar, la presentación del planeta Giedi Prime o esa última escena donde Alia (Alicia Roanne Witt), levita con un puñal en la mano en superposición con los cuerpos muertos de los Sardaukar. Sin duda alguna, la imperfección de los efectos especiales, así como el maquillaje Harkonnen o los decorados de todos los planetas, consiguen en su anacronismo, realmente hoy poder conquistar al espectador que se atreva a adentrarse en universo segmentado, pero que en los momentos que Lynch dibuja, realmente aterroriza, realmente enamora.

(1) David Lynch por David Lynch. Conversaciones con Chris Rodley. Ed. Trayectos.1997
(2) "El Mesías de Dune", "Hijos de Dune", "Dios Emperador de Dune", "Herejes de Dune" y "Dune casa capitular".
(3) Ojo a las aportaciones de Lynch al universo Harkonnen: 1. Rabban bebe un refresco basado en exprimir a una rata con un émbolo y luego beber la sangre y vísceras del bicho. 2. El veneno que inoculan al mentat Thufir Hawat tiene como antídoto la leche resultante de ordeñar a una gata con un ratón adherido a una pata.