| UNA HISTORIA VERDADERA (The Straight Story, 1999) |
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Travelling al corazón de FordConfieso que nunca he sido ningún fan de David Lynch. Sus películas me han gustado desigualmente, aunque siempre he valorado la originalidad y la innovación visual y narrativa de sus propuestas. De todos sus films más conocidos, y demarcadores de su estilo, recuerdo con especial agrado Carretera perdida (Lost Highway, 1996) por su caracter de juego perverso con la psique del espectador (al igual que sucede en la reciente Mulholland Drive/Mulholland Dr., 2001) y Corazón salvaje (Wild at Heart, 1990), la road-movie más romántica y emocionante de los 90. En 1999, sin embargo, Lynch dirigió un pequeño proyecto, no escrito por él, sino por su compañera Mary Sweeny; se trataba de contar la peripecia real de un anciano de más de ochenta años, que durante varios meses, recorrió en su cortacésped, la distancia que le separaba de su hermano, con quien hacía años que no se hablaba, para verle, tras un infarto sufrido por éste. Ese viaje, se constituyó para mí en una experiencia mágica como espectador, en la última obra maestra que he visto en una sala de cine, y en la confirmación de que David Lynch era un creador de la talla de un Hitchcock, Ford o Wilder. Hoy en día, asistimos al reinado global de la franquicia. No hablo simplemente de que en todos los centros comerciales desde Rovaniemi hasta Johannesburgo haya una "Cantina Mejicana", un "McDonalds" y un "Hägen Dans", sino de que cuando una ciudad quiere construir un puente con tirantes, se encargue un "Calatrava" (lo que convierte al estudio de Santiago Calatrava en una especie de factoría de arquitectura idéntica), o de que haya directores de cine, cuyas películas tengan unos rasgos tan reconocibles, que parezca que siempre hacen lo mismo. Son esclavos de su propia franquicia, sujetos a un estilo y a unos temas y lugares propios, y enjaulados por críticos, estudios o fans, en precisas coordenadas, de las que jamás se salen, por... ¿miedo al fracaso?. Lynch, demostró con Una historia verdadera que era un gran director de cine, más que eso, que era un gran autor, porque fue capaz de hacer lo que solamente hacen los grandes, tomar un material ajeno, desarrollado en un universo extraño a él, y llevarle a su terreno, dotándole de las obsesiones comunes en toda su obra, y de elementos reconocibles de su peculiar estilo, eso sí, respetando la base original. Es decir, seguir siendo Lynch, pero en una película como, en este caso, de John Ford. Si es cierto que Ford, tomó el Far West como lugar común de sus historias, no es menos cierto que trascendió ese espacio y ese tiempo concretos con temas universales, y que cuando salió de esa "reserva" donde desarrollaba sus films, siguió conservando la misma riqueza y rangos distintivos de su cine (ya fuese Irlanda, la guerra o el drama social). Lynch sigue sus pasos, en su evolución y confirmación como autor, y en el rodaje de este viaje que es además un viaje eminentemente fordiano. Los personajes de Ford cabalgaban, emprendían un determinado viaje, y ese viaje no sólo era físico, sino además espiritual, el viaje exterior era además un viaje interior en el que los viajeros se transformaban por lo que iban encontrando, recordando o sintiendo , en cada parada del camino. Alvin Straight, el protagonista de esta The Straight Story ("straight" no se correspondería sólo con el apellido del protagonista, sino que además daría el significado al título del film de "una historia directa, auténtica", directa al corazón en este caso), en su viaje, su último viaje, va interaccionando con todos los personajes que va encontrando, aportándoles algo y desenredando gracias a ellos una compleja madeja de recuerdos personales. Resulta curioso, ver como la América profunda que Lynch retrata, es prima hermana de las Américas de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) y de Twin Peaks: Fuego, camina conmigo (Twin Peaks: Fire Walk with Me, 1992), con personajes que podrían haber salido de cada una de estas películas: La mujer que compulsivamente atropella un ciervo cada día, los gemelos que reparan el cortacésped e incluso el propio hermano de Straight (que maravillosa aparición de Harry Dean Stanton)... En la América profunda de Lynch, un lugar propio, personal e intransferible, la gente se toma unas cervezas una tarde de domingo, viendo como se incendia la casa del vecino o toma el sol mientras devoran decenas de pastelitos rosas repletos de delicioso colesterol. Straight, siente que debe hacer algo por la persona que compartió noches y noches enteras de sueños durante su infancia, y simplemente se pone en marcha. Durante los kilómetros que le separan, irá recordando como fue esa relación, la tragedia de su hija, (interpretada por una maravillosa Sissy Spacek), o el horror de las trincheras de una guerra enterrada en alcohol. Al ser una road-movie, el film se estructura en episodios:
el de la joven que aprende de Alvin el valor de la familia y decide volver
al hogar del que ha escapado, el de la mujer de los ciervos, la carrera
ciclista, la familia que le acoge cuando se encuentra en dificultades
y su anciano vecino, el cura, el barman... cada capítulo le
sirve a Lynch para ilustrar las reflexiones de este viejo marcado por
el dolor, que Richard Farnsworth en la que fue su última interpretación,
da vida de forma sobrenatural, a traves de sus ojos..., de cada uno
de los surcos de su cara..., de sus silencios... Una historia verdadera es en definitiva un inmenso travelling, un travelling de acompañamiento a 10 Km. por hora, plagado de emociones, crepuscular, reflexivo, muy similar al que abría Blue Velvet , que recorre el paisaje amado de Lynch, su fauna favorita, y que igualmente transcurre por los caminos y surcos del rostro de Richard Farnsworth, al son de las notas lentamente desgranadas por la partitura de un Badalamenti en estado de gracia. En su estreno, la película fue aplaudida por la cinefilia, pero ignorada por el gran público y los premios. Muchos seguidores de Lynch, ciegos, no le perdonaron su ruptura con el estilo de Carretera perdida, y no supieron ver la fidelidad en el fondo del viejo maestro a sí mismo. Otros prefirieron premiar en Cannes a una película ya olvidada, en lugar de a esta. Tres años después, la película de Lynch sigue siendo una obra casi redonda, para disfrutar despacio y pensar. Recuerdo que la primera vez que vi el film, las lágrimas finales de Harry Dean Stanton, cuando por fin comprende lo que su hermano ha hecho por el, al final de la película, se confundieron con las mías. La emoción que Lynch es capaz de transmitir como nunca había hecho hasta ahora en este film, solo pudo entonces y puede hoy, ser comparada con el placer de contemplar una noche estrellada con el hermano amado. Transmitir ese simple sentimiento, fue lo que convirtió a Lynch, en uno de los más grandes. |