| Estudio: Dos monstruos con un cerebro |
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El cine, únicamente un arteYa en el anterior estudio, el que dedicamos íntegramente a David Lynch, señalábamos que en la actualidad hay muy pocos directores cinematográficos, ya no creadores de sus propias historias, si no artistas propiamente dichos, artesanos de la magia y el estilo, considerando el cine como lo que es, la más bella de las artes, personas capaces de dibujar mundos, historias y personajes de una elaborada presencia y pertenecientes a un mundo, que aunque propio, pertenecen a todo aquel que ame el cine. Realizadores como Cronenberg, Lynch o los hermanos Coen (tan inseparables como los hermanos Mantle de Inseparables/Dead Ringers, 1988 de David Cronenberg), dibujantes de formas cinematográficas tan inteligentes como paródicas, tan siniestras como cultas, tan cinéfilas como hiperreales, tan magníficas como (aparentemente) sencillas. Los Coen, crueles neoyorkinos para con todos sus cónyuges del medio oeste norteamericano, no dudan, como Burton o Waters, en tirar por tierra el bendito American way of life, adaptando para ella todo tipo de formatos, desde el cine clásico (Capra, Lang, Hitchcock, Hawks) a la literatura (Hammet, Miller, Homero, Chandler, Cain) o el cartoon (Tex Avery, Chuck Jones). La carrera cinematográfica de los Coen, sin orden aparente, saltando del cine negro (Sangre fácil/Simple Blood, 1984) a la comedia heredera del slap-stick (Arizona Baby/Raising Arizona, 1987) y de nuevo al cine negro, aunque en formato de folletín pulp de gángsters (Muerte entre las flores/Miller's Crossing, 1990), y de la construcción de historias densas e inquietantes (Barton Fink, 1991) a historias más ligeras y divertidas (El gran salto/The Hudsucker Proxy, 1994), desde la estilización de las formas y maneras (Fargo, 1996) al hiperrealismo más lisérgico (El gran Lebowski/The Big Lebowski, 1998), o del formato más colorista (O, Brother!/O Brother Where Art Thou?, 2000) al blanco y negro neoexpresionista (El hombre que nunca estuvo allí/ The Man Who Wasn't There, 2001). Como se ve, una carrera cinematográfica más que sobresaliente, y aunque en concepción genérica (de hecho los Coen dinamitan el concepto de género ya desde Sangre fácil) bien separadas las unas de las otras, en contenido, tanto extra como metacinematográfico, unidas por una coherencia inlapidable, basadas en un cinismo intelectual oculto, capaz de corroer desde el capitalismo globalizador actual al estatus de familia estándar norteamericana pasando por todos los presidentes norteamericanos atacables (desde Eisenhower al Bush de la Guerra del Golfo -1-) y un clasicismo formal de una riqueza compositiva innegable. De hecho, los Coen, pese a la aparente ligereza de sus obras más "cómicas", como Arizona baby, El gran salto, El gran Lebowski u O, Brother!, en todas muestra una buscada inteligencia visual a la hora tanto de rodar el encuadre (desde la alocada snaky-cam de Arizona baby a los travellings cenitales de Barton Fink o a las melódicas grúas de Fargo) como en cuanto a la disposición geométrica de lo retratado. Así los Coen, autores de todas sus obras (2), han
cimentado una filmografía, que si bien aún cuenta con algunos
detractores, cuenta con aún más muchos fans incondicionales,
en especial a este lado del Atlántico (algo que no debería
sorprender a nadie). De su obra si hubiera que destacar cinco aspectos,
sea cual fuere la historia a tratar, elegiríamos estos cincos:
1) Unos personajes impagables, por lo general patéticos y atontados
con ínfulas de grandeza. 2) Un marcado cariño por la puesta
en escena y el desarrollo de las mismas. 3) Un sutil humor, tremendamente
irónico, de trasfondo, aún en sus obras más oscuras
como Sangre fácil, Barton Fink y El hombre que
nunca estuvo allí. 4) Una cinefilia admirable, llena de todo
tipo de contrastes, que abarca desde Billy Wilder a Quentin Tarantino.
5) Una precisión asombrosa a la hora de calcular sus historias,
dejando todos los cabos atados, aún en guiones tan retorcidos como
son los de Muerte entre las flores y El gran Lebowski. Murphy como protagonistaEs seguro que por todos es conocido el fatal enunciado de Murphy: "Si algo puede salir mal, seguro que sale mal", pero del mundo cinematográfico si a alguien huberia que adjudicarle dicho patrón, además de a los sufridos protagonistas de Lars Von Trier, estos son sin duda todos los desastrosos protagonistas de los films de los Coen. Desde el Ray de Sangre fácil al Ed Crane de El hombre que nunca estuvo allí, todos los héroes (si se les puede llamar así) coenianos, han sido perseguidos, castigados, maltratados, humillados y asesinados por sus creadores, con la misma saña con que se divierten al retratar como retrasados mentales a los habitantes de Arizona, Fargo o Los Ángeles. El patetismo que acompaña sus desventuras acaba cobrándose en ellos todos los desastres físicos y psicológicos posibles: Ray en Sangre fácil, perdido en su desastroso homicidio, muere al final por culpa de Abby, al abrir la luz y ofrecerle así como blanco para el detective; H.I. en Arizona baby, que tras ser humillado y golpeado interminables veces, acaba devolviendo al pequeño Nathan Arizona e imposibilitando así su futura vida con Ed; el Tom Miller de Muerte entre las flores, perfecto jugador de ajedrez, que en su búsqueda por ayudar a su amigo Leo, acabará recibiendo innumerables palizas (aunque nunca llega a perder el sombrero, como bien apunta Fernando de Felipe -3-), de manos de amigos, enemigos y cobradores de deudas; no es daño físico el que recibe Barton Fink en el film que lleva su nombre, si no daño psicológico, un terrible terror moral al levantarse en esa habitación infernal en el hotel Earle al lado del cuerpo sin cabeza de Audrey, a la vez que tendrá que verse rebajado a ser insultado tanto por ejecutivos de Hollywood como por policías antisemitas; en El gran salto el bueno de Norville Barnes, pese a llegar a tener una aparente felicidad en su ascensión al último piso del edificio de la compañía Hudsucker, acabará descendiendo velozmente desde su último piso (aunque salvado al final por la ayuda divina de Moses, el ángel negro guardián del reloj), no sin antes haberse visto humillado y engañado por el malvado Mussburger; de todos los personajes torturados en el universo fílmico de los Coen, si alguien se lleva la palma es el simplón de Jerry Lundegaard en Fargo, aunque le va a la zaga el silencioso Ed Crane de El hombre que nunca estuvo allí, imposible jugador de póquer, que a cada paso que da o a cada idea que tiene este se le vuelve en contra hasta el punto de verse arruinado, humillado, sin suegro ni mujer y finalmente detenido por una detective embarazada que es puro cariño; la particular odisea que padecen los tres presos huidos de O, Brother! Pasará por un seguido de traiciones: hermano, amigo, amantes, mujer..., aunque eso sí, con feliz (y aguado) final; y finalmente el barbero silencioso Ed Crane, que se equivocó al decidir invertir en el lavado en seco, pues le llevó a perder la vida de su amigo, su mujer y, por fin, de él mismo. Curiosamente, pese a que los Coen cuentan con un equipo artístico (4) que han mantenido constante a lo largo de toda su filmografía, plagado de las mejores figuras del cine independiente norteamericano (John Goodman, John Turturro, Steve Buscemi, Holly Hunter, Jon Polito, Frances McDormand, Peter Stormare), nunca (a excepción de Turturro en Barton Fink) han contado estos para sus papeles principales, legándolos en actores más conocidos comercialmente como Nicolas Cage, Tim Robbins, Jeff Bridges, George Clooney o Billy Bob Thornton, quizás para no desgañitarse demasiado con sus actores fetiches, prefieran masacrar a estrellas del Hollywood más rutilantes, o quizás, para seguir experimentando con nuevos actores, que sirven para añadirse al complejo y divertido mundo coeniano. La improvisación que no estuvo allí¿Cómo se consigue una planificación exacta con un ritmo preciso y unas interpretaciones adecuadas? Seguramente Stanley Kubrick, formalista y geométrico como él solo, podría darnos una lección en pocas palabras: Hay que eliminar la improvisación. Desde Hitchcock a los Coen hay un largo camino cinematográfico, pero es en ellos, donde se consigue este formalismo casi fotográfico presente en todas sus obras, donde se traduce la exactitud de lo escrito a la pantalla cinematográfica. El simbolismo, la referencia directa tanto a una sensación como a un personaje, están ya dibujados de antemano en el guión (tras su consecuente creación en el cerebro compartido de ambos hermanos). Es de Hitchcock la frase "La improvisación puede existir, pero en mi despacho al escribir el guión", una vez llevado a la sala de rodaje todo se tiene que ceñir a él. Los Coen, sin tener que repetir necesariamente cien veces una toma como hacía Kubrick, son estrictos hasta límites aparentemente no reflejados en su cine a primera vista. Su exactitud en el guión, les lleva a realizar ínfimos cambios en el rodaje (5), y si estos se producen son más por problemas de realización (muy compleja, como la citada a pie de página) o de tiempo (no olvidemos que aún ahora los Coen siguen siendo realizadores de cine independiente, al margen de los grandes estudios de Hollywood). Las historias de los Coen, tan variables como la luz y
el día, o como Barton Fink y El gran Lebowski, maravillan
tanto por su desarrollo narrativo como por su aparente ligereza cómica
(en realidad, los Coen, eternos tramposos, juegan como Woody Allen, al
chiste culto en el cuerpo del tonto, con salidas de tono tan soberbias
como la digresión escénica del ex-compañero de clase
de la detective Marge en Fargo), sus películas son puro
entretenimiento junto con un estilo cinematográfico impagable.
Es como la ecuación perfecta (esa que persigue Spielberg continuamente
y que ha conseguido contadas veces, o de la que han sido maestros gente
como Billy Wilder, Federico Fellini o Woody Allen), tan difícil
para algunos directores (como el colega de los Coen, Sam Raimi) tan fácil
para otros (como el Burton de Eduardo Manostijeras/Edward Scissorhands,
1990 o el Hanson de Jóvenes Prodigiosos/Wonder Boys,
2000). Los Coen, sin embargo, no son moralistas, no les hace falta, tienen
el cinismo suficiente para reírse de la gente de Texas sin que
ellos se den cuenta y de poner los suficientes antagonismos en sus films,
para que la ecuación cuadre en todo momento. Los protagonistas
coenianos jamás serán decentes, de hecho, el único
protagonista totalmente positivo es El Nota, un ex-hippy adorador del
cannabis, con la mala suerte de tener el mismo nombre de un multimillonario;
así que tampoco se merecen nada mejor. Joel y Ethan Coen no juegan
a la política ni a la filosofía (aunque sepan de ambas),
son unos artesanos con la careta de gamberros, con mucha más mala
uva de la que pueden llegar a imaginar otros hermanos cinematográficos,
como son los Farrelly; ellos son simplemente autores, con todo lo que
ello implica. Su obra, constante, precisa, siempre agazapada ante los
cuchillos de la crítica, que ya los ha asaltado en dos ocasiones:
El gran salto y O, Brother!; merece todo el estudio posible
para no perder un solo detalle de los innumerables que ofrece. La creación
cinematográfica, sin pervertir ningún tipo de género
(eso son tonterías), si no homenajeando a todo aquello que merezca
ser homenajeado, desde Freud al Correcaminos, desde Homero al autor de
cómics Alan Moore, es la base y el estilo de estos dos hermanos,
tramposos y mentirosos, genios y cachondos, que son los Coen. (1) Mención especial hacia el póster
que tiene El Nota en El gran Lebowski de Richard Nixon jugando
a los bolos, o el cariño que le profesa H.I. en Arizona Baby
a Ronald Reagan. |