| EL GRAN SALTO (The Hudsucker Proxy, 1994) |
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El futuro... es ahoraNochevieja en Nueva York.Nieva sobre las personas que en Time Square celebran un nuevo año, en el que esperan se hagan realidad sus sueños, mientras los peces gordos se atiborran allá arriba, en el Waldorf. Con una socarrona voz en off, comienza la quinta película rodada por Joel y Ethan Coen, tras conseguir con su cuarto título, Barton Fink (íd., 1991), la Palma de Oro en Cannes, adquirir fama mundial y pasar a ser los niños mimados del cine americano. Una película que es la más ambiciosa, la más cara y la más denostada de toda su filmografía. Desde que abriera el Festival de Cannes del 94, el film fue objeto de todo tipo de ataques, centrados sobre todo en el padrinazgo del productor de junglas de cristal y demás hot dogs, Joel Silver, que soltó la pasta, para que los dos hermanos llevasen a cabo el ambicioso proyecto de contar el alzamiento, caída y resurgimiento de Norville Barnes, el Gerente de la Hudsucker (The Hudsucker Proxy en el título original que aquí se tradujo como El gran salto y que por cierto, aparecía en el mono de uno de los trabajadores de Arizona Baby/Raising Arizona, 1987, film muy anterior a éste). En el tiempo de ese estreno, uno llegó a oír majaderías del estilo «A los Coen se les ha ido la mano esta vez» (¿?), o «Los Coen se han vendido al cine más comercial» (los que hayan visto la película podrán afirmar o no, lo convencional de un film, que por cierto, se estrelló en taquilla en todo el mundo y propició el regreso de los Coen al cine barato con Fargo, 1996). Mi admiración y militancia entonces hacia los Coen, no me impidió apreciar un film, en este giro en cuanto a pretensiones y estilo, que está desde entonces entre mis dos o tres favoritos de toda su trayectoria. El gran salto es ante todo un film gamberro, complejo y lleno de homenajes y referencias al cine clásico de los 40 que homenajea, plagia, estira y petardea con absoluto desparpajo, además de hacer cúmulo de un buen número de guiños a clásicos recientes del cine americano. Planificada como un film de Frank Capra, con la estética y la planificación de un cómic puro y duro, el juego comienza con la llegada del bueno de Norville (excelente Tim Robbins) a la Gran Manzana (una Nueva York de cómic y cartón piedra), desde su Muncie (Indiana) natal. El suicidio del mandamás de Industrias Hudsucker, harto de éxito, y las maniobras de su mefistofélico segundo de a bordo, Sydney Mussburger (genial Paul Newman, en uno de los pocos papeles de malo de su carrera), chocarán con el olfato profesional de una hawksiana periodista de los 40 interpretada por Jennifer Jasón Leigh, con la invención ficticia del Hula-Hoop (a los Coen les gusta introducir esta serie de hitos falsamente históricos en sus filmes), y los designios de un ángel y un diablo que a su antojo mueven las agujas del reloj del tiempo y del destino de los personajes, bajo el lema de la empresa: El futuro es ahora. Ni que decir tiene, por supuesto, que tanto Jon Polito (el empresario que espera a Newman para una entrevista al comienzo del film, con poca paciencia) como Steve Buscemi (el barman beatnik) o Peter Gallagher (el cantante del cotillón navideño), son estrellas invitadas del film, como integrantes permanentes de la "Trouppe Coen" que son. Pero volviendo al film, El gran salto es sin duda, un enorme chiste, una gran broma, que tiene como objetivo, deconstruir un género tan clásico como la comedia americana de los 30 y 40, pervertirlo, y sanamente reírse de él. Método de análisis y disección habitual que estos curiosos autores emplean sistemáticamente en cada nuevo proyecto. Si en las películas de Capra, el bondadoso protagonista, era salvado por mediación angelical y divina o golpe de suerte increíble (el caso más claro es el de la aparición del ángel Clarence en Que bello es vivir/It's a Wonderful Life, 1946), aquí los Coen se mofan de esos guiones chirriantes, y al final del film, en medio de una lucha bien-mal, tan encarnizada como física e irrisoria, hacen descender a otro ángel que da con la solución del embrollo, eso sí, tocando un wilderiano oukelele y entonando la balada "Comeremos todos pollo cuando venga". Pero las películas de los Coen, repletas de guiños y de calcos destructores de todo lo que pillan, no están exentas de una lógica interna y de una coherencia admirables. Los guiones escritos al alimón, funcionan como piezas de reloj perfectamente engrasadas (el reloj de la Hudsucker). El cristal que se rompe, da paso al plexiglás, el hula-hoop ilustra en sus proyecciones diédricas, el siguiente producto de la Hudsucker al final del film, y el ascensorista, al igual que las peligrosas cartas azules, es también de ida y vuelta todo lleva su razón en los textos filmados por Joel y Ethan. Y si no lleva razón, se inventa una sobre la marcha, como en el caso del doble despunte de los pantalones de Mussburger. Decía antes, que todo el cine habido y por haber es válido, a la hora de narrar la historia, y en El gran salto Capra, Allen, Hawks, Wilder y hasta Terry Gilliam, tienen cabida en el cóctel. De esta manera, tenemos que los bajos fondos de la compañía recuerdan al Brazil (id., 1985) de Terry Gilliam en absolutamente todo, eso sí con un toque de la aseguradora wilderiana de El apartamento (The Apartment, 1960), de la misma manera que la redacción del periódico y la protagonista femenina parecen salidos de Luna nueva (His Girl Friday, 1940. Howard Hawks), y es más, para darle un toque final a todo, el remake de este film perpetrado por Wilder, Primera plana (The Front Page, 1974), no sólo cede parte de su estética al film, sino que presta calco y lapicero a parte del desenlace (psiquiatra alemán incluido). Sean 42 o 43 plantas las del edificio Hudsucker (si se cuenta o no el entresuelo), la historia del memo ascendido a CEO de la compañía más importante en 1959 (atención a esta fecha ficticia, ya que la ambientación y vestuario usados en el film son claramente de los años 30 y 40) gracias a los tejemanejes accionariales de los consejeros delegados, es la historia denunciada de un sueño americano bastardo, nacido del tongo y de la trampa, toda una crítica al new-deal roosveltiano. Pero para muchos, los hermanos Coen siempre han sido tres, y cuando digo tres, digo Sam Raimi, que en esta película, más que ninguna, se convierte en parte integrante de la familia. Para el rodaje de El gran salto, un Sam Raimi en horas bajas, accedió a encargarse de la segunda unidad, siendo el directo responsable de alguna de las ideas más brillantes del film, (es curioso sin embargo que tan sólo en su film Un plan sencillo/A Simple Plan, 1999, se haya acercado tangencialmente al universo Coen, y que por lo tanto su colaboración se haya visto plasmada en la pantalla en este trabajo secundario de El gran salto y en algunas apariciones estelares como actor -policía en Muerte entre las flores/Miller's Crossing, 1990, o publicista tras la mampara en el film que nos ocupa-). Raimi filma el noticiario ficticio con muchas reminiscencias allenianas de Zelig (id., 1983) que nos muestra la fiebre del Hula-Hoop, y la fantástica escena a ritmo de Kachaturian del inicio del éxito de tan singular invento, a través de las peripecias de la fabricación, puesta en venta y singular descubrimiento que un niño hace del objeto. Un complemento perfecto para la rica puesta en escena y la intrincada maquinaria cómica que los Coen muestran sin complejos, a una escala monumental y con presupuesto de órdago. Por estas y por otras razones, los Coen, muestran en El gran salto más que en ninguna de sus otras películas, su capacidad y ambición para fabricar un cine postmoderno, un cine del futuro, que es AHORA, de vuelta de todo, entusiasta y a la vez descreído, un cine inteligente. Partiendo de lo absurdo de la afirmación de una crítica de la época "es un film demasiado Coen", se puede decir de El gran salto, simplemente que es un regalo para la inteligencia del espectador, de ese espectador con una mente tan abierta como la de un niño, tal y como dice durante todo el film Norville Barnes, "ya saben para críos". |