| EL GRAN LEBOWSKI (The Big Lebowski, 1998) |
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La sublimación de la chapuzaRazón tiene mi compañero José Luis Hurtado cuando dice en el artículo del mes pasado (1) sobre los Coen que son unos «...elevadores del estatus del grasiento frito a la categoría de manjar». En pocas ocasiones tan claro como en El gran Lebowski, una de las películas más odiadas por aquellos a los que no les gusta el cine de estos chicos (todo lo contrario que Muerte entre las flores/Miller's Crossing, 1990), y en parte puede que tengan razón. Cuenta una historia absurda, con unos personajes cuando menos caricaturescos, una trama pseudodetectivesca de lo más chorras y con un aparente descuido en la puesta en escena. ¿Qué tiene de especial que hace que a muchos nos guste tanto? Pues que es divertidísima. Nada de tomársela en serio, con esos personajes que siempre nos recuerdan a algún tirado que conocemos, o situaciones y conversaciones absurdas que todos hemos tenido (sobrios o no) y de las que con razón nos avergonzamos. Yo personalmente me he sentido muy próximo a "el Nota", el protagonista de la peli, que me ha servido de inspiración con esa pinza de fumarse porros, esos pelos anárquicos y (seguramente, al menos en mi experiencia) con las puntas abiertas y esas partidas de bolos (o mus, o quinito) que tanto he disfrutado. La verdad es que todos hemos sido un poco como él, mal que nos pese, o lo que es peor, le hemos tenido como modelo. El encanto de la película está además en el aspecto visual inconfundible que dan estos chicos a sus películas. Los sueños inconscientes del protagonista (una vez porque le dan un puñetazo, divertidísima la forma de entrar en la inconsciencia, y otra porque le drogan), algunas secuencias en la bolera (hay una con John Turturro de antología), o cuando intentan arreglar alguna situación y todo les sale torcido. Desde luego, es difícil crear unos personajes con tan pocas luces y que la película no te salga un churro para descerebrados. En ese filo se mueve de continuo, pero quizá la actitud hacia los personajes representada por un curioso narrador le da cierto aire retro (ventolera más bien) estilo años 70 que aumenta el tonillo a coña y ayuda a digerir. La historia que cuenta el narrador (un vaquero omnisciente al que se le va la olla) es la de un tirado desastrado y vago redomado al que un día confunden con un millonario de idéntico nombre, Jeffrey Lebowski. Un par de matones reclaman a la mujer del millonario mucha pasta, y pensando que es "el Nota" mean en la alfombra de su inmunda choza. Aconsejado por sus amigos Walter y Donny (un John Goodman bastante desequilibrado tras su paso por Vietnam -y pasado de rosca en la interpretación- y Steve Buscemi, al cual nadie hace ningún caso) va a casa de Lebowski a reclamar por la alfombra. "El gran Lebowski" desde su silla de ruedas le echa sin contemplaciones, pero "el Nota" no se amilana y se lleva una alfombra. La mujer de Lebowski, Bunny, un autentico bombón, desaparece y alguien le reclama un millón de dólares. Y al hombre no se le ocurre otra cosa que contratar a "el Nota" para el intercambio. Walter, que tiene una de sus grandes ideas, sustituye el maletín por su ropa sucia y claro, los matones escapan. Se van a la bolera, su cuartel general, a ver que hacen y al salir les han robado el coche, maletín incluido. Y al llegar a casa, mientras descansa tumbado en su alfombra escuchando una cinta con partidas de bolos (¡!), un par de tipos y una mujer (Julianne Moore) le dejan inconsciente y se la llevan. Ella le llama al día siguiente diciéndole que es la hija de Lebowski, Maude, para que vaya a su casa. Allí le cuenta que su madrastra era actriz porno y que cree que a tramado su propio secuestro junto a un actor compañero de su anterior etapa. Le pide que recupere el dinero, que pertenece a una asociación benéfica y no al gran Lebowski y, de paso, que vaya a ver a un médico para ver si el golpe del día anterior le ha dejado secuelas. Uno de los aspectos más interesantes es el repaso que da a la sociedad americana llena de vacío y superficialidad. Parodiando y exagerando, ataca a los pseudo-intelectuales pedantes y engreídos como Maude, a los ricos hechos a sí mismos que desprecian a cualquiera que no esté a su altura, o a los currantes de a pie cuyo mayor interés es perder el tiempo en un país en el que cada uno va a lo suyo y pasa de lo que ocurre alrededor (salvo onces de septiembres y acontecimientos similares que unen a todos en patriotismos de libro de divulgación o adoctrinamiento). Sigamos. Todo contento se va para casa y le comunican que han recuperado su coche, pero al llegar se lo han machacado y además no está el dinero. En el coche encuentra un examen de un niño, y piensan que es él quien tiene la pasta, más aun al ver aparcado frente a su casa un flamante deportivo. Pero el niño es casi subnormal, y como no les dice nada Walter se sale otra vez de sus casillas y aporrea el coche con una barra de hierro hasta que el verdadero dueño, el vecino de enfrente, le detiene, le quita la barra y aporrea el coche del pobre Nota. Arto ya de tanta mierda (palabras textuales del Nota) decide retirarse a fumar unos petas en su casa, pero los supuestos secuestradores entran en su casa y le amenazan con la castración si no les da la pasta. Además, el señor Lebowski le acusa de haber robado el dinero y haber dejado a Bunny a merced de los matones, por lo que ya no cuenta con su protección. Y para colmo, el pornógrafo al que debe dinero Bunny le secuestra para poder registrar su casa, le droga, y le deja en la calle a merced de un policía fascistoide. Al volver a su casa, aparte de encontrarla destrozada, le está esperando Maude, la cual le pide que le haga un favor... Después del favor, ella le cuenta que, aparte de querer quedarse embarazada, Lebowski en realidad no tiene un duro porque el dinero era de su primera esposa y ahora lo gestiona ella. Él deduce entonces que al propio Lebowski no le importaba una mierda su esposa, y que en realidad no había dinero, y que le da igual que la maten, pero cuando llega a la mansión se encuentra que Bunny ya ha vuelto, que se había marchado sin avisar a ver a unos amigos y que no hubo secuestro. Pero los supuestos secuestradores no se rinden, y al salir esa noche de la bolera nuestros amigos se encuentran que han quemado la poca chatarra que quedaba del coche del pobre Nota y aun le exigen el rescate. Por supuesto no ceden, y mientras Walter deja fuera de combate a los tres tipos al pobre Donny le da un ataque al corazón y muere allí mismo. La secuencia del esparcimiento de sus cenizas en el mar es de antología macabra (todas caen encima del Nota), pero la vida continua y el campeonato de bolos les espera. La aportación de unos cuantos secundarios de lujo, como Turturro haciendo de experto jugador de bolos, vacilón y pederasta, Philip Seymour Hoffman (uno de los grandes actores de hoy en día) como criado de Lebowski, o Ben Gazzara como el pornógrafo, acompañados por una banda sonora de antología (temas de Dylan, los Creedence, Santana o los Eagles entre otros) que alimenta el ambiente festivo y complementa el carácter de los personajes y sus estados de ánimo, aporta una autenticidad a la película que contraría el aspecto paródico de la mayoría de los personajes. Siguiendo por ahí, quizá le hubiera ido mejor a la película que los decorados estuvieran menos conseguidos, ya que dan demasiada verosimilitud. Desde luego la fotografía de gran contraste, resaltando los colores vivos y chillones, casi de dibujos animados, compensa este aspecto. En definitiva, una película divertida que bajo una capa de superficialidad da bastante caña, aunque tampoco cometerás un delito si pasas de verla. Muchos dicen que es demasiado "Coen", lo cual para algunos es un aliciente y para otros condición suficiente para no verla. La condición necesaria, desde luego, es no tomársela en serio. (1) "Joel & Ethan Coen: No estuvieron allí", publicado en el número 1 -abril 2002- de "Miradas de Cine": accesible desde el sumario de este estudio. |