| CINCO TUMBAS AL CAIRO (Five Graves to Cairo, 1943) |
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Comedia en tiempos de guerraEl belicismo en WilderSiendo como es, Cinco tumbas al Cairo, una de las obras más desconocidas de Wilder, considerada por muchos un film menor en la filmografía del autor, la realidad es que el film pertenece, junto a Berlín Occidente (A Foreign Affaire, 1948) y Traidor en el infierno (Stalag 17, 1953), a las tres únicas incursiones que realizara Wilder en el género bélico (aún sin ser plenamente bélicas, pues en ninguna hay una batalla propiamente dicha, para que nos entendamos). Estos films comparten entre sí una máxima mordacidad a la hora de retratar personajes y situaciones, siempre veristas por supuesto, y un singular atractivo por los personajes cínicos y de moral (supuestamente) confusa, siendo el perfecto ejemplo el perfecto (valga la redundancia) y falso héroe Sefton (magnífico William Holden) en Traidor en el infierno, un personaje, que como el Cabo Bramble (Franchot Tone) de Cinco tumbas al Cairo, parte de sus necesidades inmediatas para elaborar los pasos correctos en su vida. Aunque Bramble no sea tan egoísta como Sefton, se podría decir que de alguna manera se trataría de un precursor de este, pues encamina sus acciones, a priori, en beneficio de la causa, no deja de ser crudo, el hecho que por la misma, acaba entregando a la muerte a la joven francesa que sólo buscaba librar a su hermano de un campo de concentración. El film a su estreno fue recibido con un duro palo crítico, como se desprende de la crítica del New York Times de Bosley Crowther: «Cinco tumbas al Cairo es, casi con toda seguridad, la película de guerra más heterogénea que se haya filmado hasta la fecha. Tiene un poco de todo para todo el mundo, siempre y cuando a esas personas les importe un comino» (1). Así como por un crispado rechazo social al estar la guerra aún tan presente en el tiempo (no olvidemos que en el 1943, por ejemplo, tuvo lugar la batalla de Stalingrado). Quizás eso explique por que Traidor en el infierno, rodada diez años después, fue recibida tan bien (además por supuesto, de la increíble película que es), cuando en el fondo Cinco tumbas al Cairo se podría considerar su precursora. Dentro de la obligada revisitación que se debería hacer a las obras, en su día defenestadas por la crítica, de Wilder, como Bésame, tonto (Kiss Me Stupid, 1964), ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (Avanti!, 1972) y La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, 1970), Cinco tumbas al Cairo, casi sesenta años después de su estreno ofrece no sólo ya rasgos típicamente wilderianos (pese a ser su tercera película y siendo las dos primeras (Curvas peligrosas/Mauvaise graine, 1934 y El mayor y la menor/The Major and the Minor, 1942 films de empaque y poco más), como el tema de los disfraces (Brandle haciéndose pasar por camarero), cierta misoginia con respecto a la mujer protagonista, un cinismo fuera de lugar en el personaje de Rommel (Eric Von Stroheim, al que me referiré luego) y un secundario tan entrañable como es el encargado del destartalado hotel (Akim Tamiroff), que podría ser considerado como el abuelo de los futuros desternillantes personajes hoteleros de Wilder en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot,1959), Irma, la dulce (Irma, La Douce, 1963), Avanti! y Aquí, un amigo/Buddy, Buddy, 1981 (también sería interesante incluir en este grupo, aunque no tenga nada que ver con la hostelería, al secretario ex-miembro de las SS de McNamara en Uno, dos, tres/One, Two, Three, 1961). Un tanque fantasma en el desiertoBilly Wilder tenía una teoría muy buena sobre el inicio de sus filmes: «Al público se le agarra por el cuello, se les acelera el corazón, y no se les suelta. Hay que apretar cada vez más. Al final, cuando están casi sin aliento, se les deja, se acabó, y la sangre empieza a circular de nuevo» (2). Curiosamente la parte más bélica de la historia (amén del algo ridículo epílogo) y a la vez la más impactante y enigmática, corresponda al arranque del film, en el que un tanque vaga perdido por el desierto relleno de cadáveres, de donde emerge colgando nuestro protagonista, que deberá arrastrase por las dunas del desierto hasta hallar el hotel que le salvaguarde. Tras estas imágenes, que llevaron al realizador y periodista Cameron Crowe en su libro de conversaciones con Wilder a remarcarle la influencia que ellas tuvieron en la saga de Steven Spielberg sobre Indiana Jones (a mí, personalmente, reconociéndole al film un simpático parecido con la obra de Spielberg, me parece una afirmación bastante fuera de lugar); como decía, tras ellas el film se transforma en un juego de astucia entre Bramble y los oficiales nazis que ocupan el hotel donde él simula ser camarero. En palabras de Antonio José Navarro: «Tras la exuberancia visual de las primeras secuencias - de inequívoco sesgo expresionista en la fotografía y en la composición de los planos-, el resto del film adquiere una exasperante sobriedad formal. En consecuencia, la épica cruenta y triunfalista que ensalza a los Aliados en su lucha contra la bestia nazi, se diluye a favor de la tímida exhibición de atrocidades representada por ese grupo de almas atrapadas en una situación que los supera» (3). Rommel, el ajedrecista descubiertoAl margen de la escasa veracidad que presenta la historia, en la que el cabo Bramble acaba robándole un mapa a Rommel y gracias a esta acción las fuerzas Aliadas recuperarán el norte de África (sic), esta curiosa digresión histórica que se permiten Wilder y Brackett, sirve para ofrecernos lo mejor del film: la completa y divertidísima interpretación que de Rommel hace Erich Von Stroheim. El realizador de, entre otras maravillas, La viuda alegre (The Merry Widow, 1928) y Luna de miel (The Honeymoon, 1928), amigo personal de Wilder (compondría un magnífico mayordomo para la magnífica (otra vez, valga la redundancia) El crepúsculo de los dioses/Sunset Blvd., 1950), como hicieran también, entre otros, Otto Preminger y Cecil B.DeMille, le ofrece a Wilder una interpretación desbordante de humor, cercana a la parodia, pero dejando al Rommel de James Mason en el film de Hathaway como si de una monja de la caridad se tratara. Su Rommel es fascinante, autoritario, tremendamente inteligente (magnífica la secuencia en que se permite explicar sus tácticas a los prisioneros británicos para alardear de su inteligencia) y de un sarcástico desternillante. Seguramente, si el film vale la pena recuperarlo hoy en día, es por la actuación de Stroheim. (1) Extraído de "Billy Wilder.
Aquí, un amigo" de Kevin Lally. Ediciones B. |