| DÍAS SIN HUELLA (The Lost Weekend, 1945) |
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La valentía de un cocinero visionarioHubo un tiempo, en los que los cineastas del viejo Hollywood, apenas se atrevieron con ciertos temas que entonces se consideraban tabúes y que apenas tratados por algún que otro francotirador de serie B. Mucho se ha ensalzado (justamente) la figura de Otto Preminger como "gran valiente" por el retrato del toxicómano interpretado por el gran Sinatra en El hombre del brazo de oro (The Man with the Gold Arm, 1955), pero diez años antes, otro vienés y para mas señas llamado Billy Wilder dio una sacudida a la conciencia colectiva con la rotunda obra maestra que ocupa estas líneas, Días sin huella. El presente largometraje supuso el reencuentro con el
que fue uno de sus más estrechos (y famosos) colaboradores en la
tarea de escribir guiones, Charles Brackett, que en la anterior película
de Wilder, Perdición (Double Indemnity, 1944) se
mantuvo al margen por cuestiones morales con lo que Wilder formó
tándem creativo con el famoso novelista Raymond Chandler. Formado
de nuevo el equipo Wilder-director, Brackett-productor, ambos guionistas,
se sirvieron de la novela de Charles R. Jackson para relatar la vida de
un escritor en crisis que haya en la bebida su refugio ante su mediocre
talento para escribir novelas, trama tratada una vez mas bajo el tema
de las apariencias, eje temático constante a lo largo de la filmografía
Wilderiana, cuestión que desarrollare en el siguiente número
de la revista en el estudio dedicado a La vida privada de Sherlock
Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, 1972), escrito
antes que estas Sin lugar a dudas mayor acierto de Wilder, se encuentra
en el punto de vista global a la hora de abordar la película. Despojando
de todo encanto al protagonista y convirtiéndolo en la antítesis
de esos entrañables personajes fordianos y hawksianos que tanto
gustan y que tan bien encarnaba Walter Brennan, Wilder trata el tema de
frente, sin artificios, el alcoholismo es una enfermedad que hará
que el personaje (y el publico) viva una pesadilla y viva un autentico
calvario llegando a unos limites insospechados cuando renuncia mediante
engaños, promesas incumplidas y dinamitando confianzas a lo que
mas quiere: novia, hermano, amigos.pero sobretodo renunciando a su maquina
de escribir, creando de este modo una maravillosa paradoja, el personaje
de Milland bebe para intentar inspirarse, pero no duda en empeñar
su maquina de escribir para poder beber, como si de compañero de
generación de Charlie Parker Y es que Wilder no da concesión alguna, con
una puesta en escena que como él mismo decía con toda la
razón del mundo fue precursora del neorrealismo (movimiento que
pasado su auge se convirtió en un sarampión cultivado por
pedantes). Muchos de los exteriores de la película se filmaron
en calles reales de Nueva York utilizando tiendas de empeños (donde
el protagonista intentará vender su máquina de escribir
por unos cuantos dólares para comprar whisky) y bares reales cuando
en Hollywood apenas se filmaba en exteriores sino en Wilder utiliza cámaras ocultas escondidas en furgonetas y en cajas de cartón mientras el protagonista camina por la calle en un avanzado estado de embriaguez (planos similares que por ejemplo Passolini, un anti-Wilder declarado, utilizará en su Accatone, 1961 poniendo a los cinéfilos a sus pies) para captar así la verdadera reacción de la gente además de mostrar los escenarios reales tal como son, sin artificios y dando a la película el aspecto (¿neo?) realista que merece, ya que lo más probable es que siendo una película de estudio Días sin huella hubiera perdido toda esa suciedad y crudeza que se respira plano a plano y que dota al film del aire fatalista que hace que nos lo creamos pero sobretodo hace que sintamos. Ya se ha comentado que Días sin huella fue rodada justo después de Perdición, con la que mantiene varios puntos en común. Quim Casas, en el reciente estudio en "Dirigido por". dedicado al vienés no duda en analizarla junto a Perdición y El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950). Y es que esa unidad, más allá de las convenciones genéricas que se le presuponen a un drama y a un film noir, Días sin huella podría considerarse como una prolongación estilística de la anterior, decorados, puesta en escena, personajes, pero sobretodo luz. En ambas creada por el mago John F. Seitz, (que también se encargó de la luz en Cinco tumbas al Cairo/Five Graves to Cairo, 1943), un operador que quizás no tenga la fama de los Musuraca, Metty, Tolland, Danields y compañía, pero sin duda alguna su trabajo tanto en las desventuras del agente de seguros Walter Nez y en los delirios alcohólicos de Don Birman, es realmente excepcional, sabiendo captar la atmósfera (un concepto que hoy en día esta venido a menos salvo excepciones encabezadas por Roger Deakins). Una atmósfera dónde la oscuridad abunda y el fatalismo se hace palpable. Mención a parte merece el final del film, dónde Wilder da esa oportunidad de redención al personaje de Milland. Es curioso si comparamos los finales desalentadores y falsamente felices a los que Wilder nos tiene acostumbrados, me vienen a la memoria los de La vida privada de Sherlock Holmes, Perdición (aunque este, en realidad acababa con la mutilada secuencia con Fred McMurray en la silla eléctrica) o El crepúsculo de los dioses. Quizás la personalidad de Brackett se impusiera al final debido al tema (recordar que es una película del año 1945 y americana) o quizás fuera el propio estudio, pero de todos modos la cinta no se resiente en absoluto y la idea se encuentra a lo largo de los 99 minutos. Con todo, Días sin huella no resalta como film wilderiano por alguna cosa concreta (aparte de la constante valentía) como pueden ser los diálogos en Uno,dos,tres (One, two, three, 1961), el ritmo en Con faldas y a lo loco (Some Like it Hot, 1959) o la voz en off de El crepúsculo de los dioses, Días sin huella es una selección de los mejores y genuinos ingredientes cinematográficos, cocinados al viejo estilo de Hollywood y servidas por el que sin duda es uno de los grandes cocineros del siglo XX, Billy Wilder. (1) Muchos de los camaradas del jazzman Charlie Parker decidieron drogarse al ver que Bird tocaba como los dioses bajo los efectos de la droga. Desde aquí aprovecho para recomendar Bird (id, 1982), la obra maestra de Eastwood junto a Sin perdón (Unforgiven, 1992) y reivindicar a Eastwood como un grande en esto del cine. |