EL APARTAMENTO (The Apartment, 1960)  
Ficha
Top Billy Wilder
Sumario
Por José Luis Hurtado































Miradas de Cine © 2002

La recuperación de la dignidad

Se hace sin lugar a dudas duro, escribir acerca de tu película favorita, de esa película que encabeza tus listas, (cuando no hay más remedio que hacerlas), de esa película a la que uno siempre recurre en sus horas más bajas, de esas casi dos horas de vida, que resumen la vida de uno, y que se llevan en la cartera de la mente, como referencia cinematográfica y vital.

Pues bien, yo vi El apartamento en la 2, por primera vez, con dieciseis años, y su dureza emocional y crueldad me impresionó tanto (lo de que es una comedia, lo dejaremos como tópico) que no me ví con fuerzas de terminarla. Uno o dos años despues, tuve la posibilidad de alquilarla en la Biblioteca pública, y por fin, pude saldar mi deuda pendiente, y enamorarme para siempre de la cinta, y de Billy Wilder, como tantos otros han hecho. Con El apartamento me he curado "depresiones de caballo", porque la cinta de Wilder es un homenaje a los hombres pequeños, a los que "no cuentan", ni para el amor, ni para las grandes cosas de la vida, y tengo que reconocer que existe en mí, una total identificación con ese Baxter que llega todas las noches a un apartamento vacío (cuando finalmente se queda vacío), y a duras penas intenta animarse a base de cine en blanco y negro.

El apartamento es una película atípica en la filmografía de Billy Wilder, quizás más negra y menos ligera de lo habitual, pero es tambien paradójicamente, la más wilderiana de todas. La rodó tras esa otra obra maestra que es Con faldas y a lo loco (Some Like it Hot, 1959), y a pesar del interés de Marilyn, sólo se llevó de ella, al gran Jack Lemmon, para que protagonizara un proyecto discutido, del que se pudo rodear a placer, de lo mejorcito de la industria de cara a formar un equipo de maestros. El reparto lo completaban la joven y prometedora Shirley McLaine (Copa "Volpi" en Venecia por este film) y un Fred McMurray de última hora, que ya había trabajado con Wilder en Perdición (Double Indemnity, 1944), la dirección artística de Alexandre Trauner, que construyó la famosa oficina inicial, que ha pasado ya a los anales del cine; el guión, escrito con su inseparable I.A.L. Diamond; la música inolvidable de Adolph Deutsch... todo ello para la Mirisch, compañía independiente a la que Wilder se había unido tras su ruptura traumática con Paramount.

El apartamento es la historia de C.C. Baxter (Buddy), un pusilánime, un miembro gris de la sociedad, que como dice Luis Alegre (1) en su libro sobre el film, persigue el éxito laboral, puesto que nadie le ha enseñado en la vida, que hay cosas mejores a las que aspirar. Pero Baxter, no es un héroe grande o pequeño sin tacha. Wilder, le coloca en un gris intermedio. Baxter, preveé ascender en la compañía muy pronto, dado que deja su apartamento a sus jefes, para sus correrías sexuales (dice Wilder que la idea original del film, proviene de ese personaje misterioso del Breve encuentro/Brief Encounter, 1946 de Lean, que en un momento presta su apartamento a la pareja adúltera protagonista del film). Muchas veces, a Baxter, le vemos durmiendo en plena noche en un banco de Central Park, porque en su apartamento, hay un jefe tirándose a la amiguita de turno. Pero en ningún momento de la primera mitad del film vamos a tener la certeza de si este Baxter, es un aprovechado que utiliza esa circunstancia para ascender en la empresa, o si por el contrario, es un pobre diablo que no sabe decir que "no" a los que están socialmente por encima de él (al final descubriremos que es más bien esto, con una pizca de lo primero).

Wilder hace un retrato pesimista y negro de la sociedad. De hecho, sólo existen dos personajes buenos en la película (el matrimonio vecino de Baxter), dos grises (los protagonistas) y un cúmulo de seres malvados, egoístas y avariciosos, que manipulan a su prójimo para su propio placer o conveniencia; aquellos que han instaurado su propio sistema de valores, y que con el tiempo a todos nos ha tocado vivir. La crítica es dura y casi insoportable, pero Wilder a través de la ironía hace que las tripas del espectador no se encojan del todo, y la media sonrisa esté presente durante las dos horas del film, hasta el premio (pequeña propinilla dice Wilder) del final feliz, forzado un poco si se quiere, pero reconfortador.

Baxter pasea su miseria por un exquisito blanco y negro, durante todo el film, ascendido por el super-jefe de su empresa que al enterarse de sus métodos de mejora laboral le chantajea, para poder usar él en exclusiva su apartamento como picadero. Sin embargo el dilema de la dignidad aparece en primer plano, cuando en una secuencia que para mí está entre las mejores del cine, (la famosa fiesta de navidad de la oficina), Baxter descubre que la amante de turno de su superior, es Fran Kubelik (McLaine), la gentil ascensorista de la que en secreto está enamorado. Ella dormirá por lo tanto en su cama, pero con otro, con su jefe. Aquí comienza la lucha personal de Baxter, que Lemmon dota de una gama de registros extraordinaria, para decidir entre la consecución de sus sueños de éxito, o la recuperación de su dignidad y auto-amor, rechazando la situación de pleno.

A ello contribuye la repugnante personalidad de su jefe, el señor Sheldrick, personaje que interpreta Fred McMurray, y que trata a Fran, como una puta, una más, de las muchas empleadas de su oficina, con las que se ha desfogado fuera de su matrimonio, y a las que ha dejado al borde del suicidio, con sus falsas promesas de divorcio de su esposa.

Fran, la dulce Fran, la mujer marcada por el sufrimiento que afirma que «cuando se sale con un hombre casado, una nunca debe ponerse rimmel», es víctima del amor sincero y de una hipocresía como norma instaurada por decreto en la sociedad. Wilder arremete contra el matrimonio, como ya ha hecho tantas y tantas veces antes en su filmografía, y lo reduce a una foto navideña, falsa, como un billete de tres euros.

Pero en esa lucha de dignidades contra sueños (Fran tambien tiene que contraponer su amor, a sentirse como una puta maltratada, eligiendo en primera instancia el suicidio), y sólo descubrir como un hombre bueno y en secreto, la ama, y cómo es capaz de renunciar a lo que más ansía por ese amor hacia ella, la hace despertar, forzando el reencuentro y esa partida de cartas final. Fran en este sentido va a remolque de la victoria personal de Baxter, pero ésta, la da fuerzas, para hacer ella exactamente lo mismo, y en ese final feliz (o más abierto y menos feliz), poder por fin enamorase de alguien así (continuamente se juega en el film con la frase que Fran le dice a Baxter ¿Por qué no podré yo enamorarme de alguien como Vd.? a lo que Baxter responde: Es cuestión de gustos, se quiere o no se quiere).

Todo esto de lo que hablo, además, aderezado por uno de los mejores guiones de la larga vida del cine, como demuestra que sea texto oficial, en las escuelas de cinematografía de medio mundo. Con la habitual forma de narrar de Wilder y Diamond, jugando continuamente a los equívocos de objetos, de situaciones, de nombres, de personas, y utilizando los elementos una y otra vez a lo largo de la película, de forma recurrente, y como referencias cruzadas, que añaden mayores atractivos al conjunto, unificándolo de paso: el espejo roto, el pastel que un antiguo amor siempre envía por navidad, los diálogos hilarantes de Baxter con los vecinos, al que toman como protagonista de las continuas juergas de los jerifaltes en su piso, etc...

Es por lo tanto como digo una película sobre la soledad y lo microscópico. Wilder comienza empequeñeciendo a su personaje, con panorámicas de Nueva York, mientras se oyen unos datos macroestadísticos, que dan esa imagen al espectador, y que terminan por marcar la minusculosidad del protagonista, al mostrarle en una oficina infinita, donde él es uno más entre otros tres mil empleados, haciendo cuentas para una compañia de seguros, el trabajo más impersonal de todos los posibles. Las escenas de Baxter ante una televisión sobresaturada en publicidad, con una cena basura, o la de la Nochebuena en un bar, ligando con otra mujer solitaria y desesperada cuyo marido está preso en Cuba, sirven tambien para poner el acento en esta miseria personal del protagonista.

Sin embargo, a Baxter le redime el amor, y esa ruptura con lo establecido, y con el sueño prefabricado americano del éxito, le singulariza. Baxter deja de ser uno más, y se eleva por encima de la sociedad, se eleva al ganarse el amor de una mujer maravillosa, y al ganarse su propio respeto, algo que Wilder remarca, no es común en el mundo que nos ha tocado vivir.

El apartamento ganó cinco Oscar en 1960, incluyendo film y director, y aunque no tuvo críticas mayoritariamente buenas, se ha convertido en uno de los grandes clásicos de la Historia del Cine. Su dureza, demoledora en la época en la que se estrenó, se ha visto atenuada con el ruido en la pantalla y los fuegos artificiales de feria; pero su retrato cruel, sigue vigente y reforzado, y su pequeña esperanza final, sigue siendo una norma a seguir en la vida: La culminación de nuestros sueños, pasa inevitablemente, por la recuperación del amor hacia nosotros mismos.

(1) Algunas de las reflexiones de este artículo, han sido extraidas-inspiradas, por el excelente libro recopilatorio escrito por Luis Alegre sobre la película. Ed. Dirigido por. Colección "Programa Doble"