| EN BANDEJA DE PLATA (The Fortune Cookie, 1966) |
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American way of lifeQuizá sea cierto que Billy Wilder es el rey de la comedia, aunque tiene dramas y cine negro tan estupendos como sus comedias. Lo que no se puede negar es que en muchas de esas comedias el poso de amargura, mezclada a menudo con ironía y mala uva, es tan importante como los gags. Si lo piensas seriamente, muchas de sus historias son para llorar. El apartamento (The Apartment, 1960), Primera plana (The Front Page, 1974) o esta que nos ocupa se podrían tratar como tragedias urbanas, de gente decepcionada, solitaria, incomprendida. Y es que la comedia es muchas veces la amarga realidad, solo que un pelín exagerada. Potencias ciertos aspectos de una buena persona y lo conviertes en un tonto divertido, o de una mala persona y ya tienes un malvado encantador. Y si lo que haces es exagerar (no hace falta demasiado) la ambición o la codicia lo que tienes es una dura crítica a un estilo de vida, a un país. En esta película Wilder tiene a un honrado trabajador, a un inocente deportista, a un picapleitos sin escrúpulos y una ambiciosa ¿cantante?. Que no falten las compañías de seguros despiadadas, los detectives privados retorcidos o la clásica familia americana y tendrás un buen modelo de lo que es un país, que al fin y al cabo, tiene estampado "confiamos en Dios" en los billetes de dólar... Wilder juntó por primer vez en su filmografía a la que sería su pareja ideal: Jack Lemmon y Walter Mathau (antes habían trabajado juntos en la despatarrante La extraña pareja []), y les dio los papeles en los que todos pensamos cuando nos hablan de cada uno de ellos. Lemmon es un honrado cámara de televisión que durante la retrasmisión de un partido es atropellado por un jugador de rugby. Él tan sólo quiere salir del hospital, seguir con su vida y, aunque lo niegue, recuperar a la lagarta de su mujer. Pero no cuenta con su cuñado, un abogaducho codicioso que ve la oportunidad de hacerse un nombre, y de paso, un hombre rico. Walter Mathau 100 %, la encarnación de la mala leche. La ex-mujer ve la posibilidad de sacar tajada, los abogados de la aseguradora quieren a toda costa que no la saquen, el detective que investiga para ellos quiere recuperar el prestigio y vencer al abogado al que detesta, la familia de los timadores quiere lujo y confort, y el jugador de béisbol quiere ayudar a su víctima. Tras fabricar el complot en el hospital, haciéndole pasar por medio ciego y medio inválido, se meten todos en casa de Lemmon (menos los detectives, que vigilan en la casa de enfrente), y allí se cuecen a fuego lento las miserias de los perdedores. Y esto en una película en la que difícilmente puedes parar de reír. Wilder potencia el peor lado de sus personajes retorcidos (no tanto malvados como deseosos de prosperar; muchos de nosotros reaccionaríamos igual que ellos) y exagera las virtudes de los "buenos", dejando tan sólo al personaje de Lemmon la lucha entre la integridad y el deseo de una vida más fácil y la recuperación de su amor. Al principio sigue con el juego, sobre todo cuando le camelan las mentiras de su ex-mujer y el supuesto beneficio para su madre y su hermana. Será el sufrimiento de otro, el honrado (y un poco inocente, la verdad) jugador de rugby, al que la culpa por la situación que cree haber provocado le lleva a su caída en desgracia y en el alcohol, lo que le hará reaccionar y mantener vivo un poso de conciencia. Pero no será hasta que comprenda las verdaderas intenciones de su mujer cuando de veras reaccione. Y esto hace que ni siquiera él se salve, pues sólo su orgullo herido y la posibilidad de venganza le hará descubrir el pastel. Si en El gran carnaval (The Big Carnival/Ace in the Hole, 1951) y Primera plana el blanco de Wilder eran los periodistas, o en El crepúsculo de los dioses" (Sunset Blvd., 1950) lo era la decadencia de un modelo de "arte" que encumbra y pervierte a sus iconos para luego abandonarles a sus delirios de grandeza, aquí la elegida es la clase media trabajadora, con sus sueños de vida opulenta, éxito y materialismo desbocado, pero sin dejar pasar la oportunidad de meterse con los abogados sin escrúpulos (tanto el interpretado por Walter Mathau, con sus delirantes casos perdidos y sus tretas para sacar tajada de todo lo que le caiga cerca, como los de la compañía de seguros, cuya sordidez y mezquindad sólo es superada por su racanería y servilismo). El pseudo final feliz es otra muestra de mala baba, "virgencita, virgencita, que me quede como estoy..." La estructura evidentemente teatral del guión, (tras la breve introducción en el estadio, un primer acto en el hospital, otros dos en la casa de Lemmon separados por la llegada de la ex-esposa, con breves salidas para dar vidilla a la historia, y de nuevo al estadio en el epílogo), sí que deja alguna huella en la parte central de la película, (cosa que en otra película de origen teatral como es Primera plana no se nota en absoluto, dando como resultado mi película favorita entre todas las obras maestras de Wilder), y haciendo quizá demasiado hincapié en la bondad del deportista y su forma de desvivirse por el lesionado. Pero a pesar de ello la cinta fluye con buen pulso en el resto de su metraje. Sin estar entre las mejores del director, la película divierte mucho, deja un poso agridulce y la sensación de que entre tanta risa hay algo que se nos escapa. Ni que decir tiene que los actores están plenamente en su salsa, dando la sensación de estar pasándoselo en grande, sobre todo un Mathau que borda el papel de amargado malhumorado ambicioso y retorcido, especialmente en las pocas secuencias en que está con su familia, en el hospital o en su casa. Jack Lemmon repite en el papel que tan buen resultado le ha dado siempre, y sin estar tan brillante como en El apartamento, el papel de su vida, sabe mostrar todas las dudas y conflictos. Quizá la naturaleza del papel le pide la pizca de sobreactuación que se le nota, sobre todo cuando está en la cama del hospital o en la silla de ruedas. Por lo demás, la bien merecida por el maestro producción de serie A dota a los aspectos técnicos de la cinta de gran calidad y perfección, tanto en la fotografía en blanco y negro que mantiene el clásico esquema hollywoodiense de tres luces por cabeza pero menos marcado que en los 40 y 50, mostrando una evolución que se acerca más a los modelos de acuario propuestos por la nouvelle vague, como en unos decorados exquisitos (me encanta como están "camuflados" los micrófonos de los detectives en los radiadores), especialmente el apartamento de Lemmon donde se desarrolla más de la mitad de la cinta. Por no hablar de la solvente presencia de secundarios de lujo, como el que hace de investigador de la compañía de seguros o la madre y la hermana de Lemmon. Wilder nos da el punto de vista irónico de quien con una mentalidad más europea vive en una sociedad maniática y de valores tan materialistas, que conoce perfectamente y le admira y repele a partes iguales. La ridiculización de un modo de vida que lamentablemente está imponiéndose en todos los rincones del mundo. Merece la pena preguntarse si los valores descritos aquí en tono de comedia, de cuya ridiculez nos reímos a pesar de la dureza demoledora con que son expuestos, son los que queremos asumir. |