LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA (The Seven Year Itch, 1955)  
Ficha
Top Billy Wilder
Sumario
Por Alejandro G. Calvo

Cartel del film














Miradas de Cine © 2002

Esto es Hollywood... y poco más

Lo reconozco, yo también me he enamorado de Marylin Monroe. También he deseado que fuera mi vecina, de esas que cuando tiene calor pone la ropa interior en la nevera. Que me acompañara al cine, y que al salir de él, se le levantara la falda al pasar por debajo suyo el metro (y sin ningún Joe DiMaggio celoso que se enfadara por dicha situación). Pero ya está. Nada más, o al menos, nada más me ofrece esta película, una de las más sobrevaloradas del autor, que si bien parte de un guión más que decente de Wilder y, sin que sirva de precedente, George Axelrod, autor de la obra teatral en la que se basa la película, este no acaba por traducirse correctamente en imágenes. Puntualicemos.

Y es que pese al reflejo eterno que quedó de Marylin aguantándose las faldas poca cosa más podemos obtener de este film, en el que sí, se vuelve a marcar la misoginia, y sí, volvemos a tener al vapuleado hombre de clase media, pariente de C.C. Baxter, Orville J.Spooner y... tantos otros, sólo que esta vez, y reitero, pese a no tener un guión tan endeble como sí lo podía tener Aquí un amigo (Buddy, Buddy, 1981), La tentación vive arriba resulta uno de los peores films de Wilder (y no digo el peor, por que estoy a la espera de ver El vals del emperador/The Emperor Waltz, 1948, un film del que el mismo Wilder echa pestes).

Por primera vez en un film de Wilder tenemos al narrador omnipresente siempre en la pantalla, hablando en voz alta y a todo volumen sobre sus sueños eróticos en los que es un supermacho y a golpe de Rachmaninov se le echan todas las mujeres encima. Este hombre, celoso y misógino, tonto hasta niveles insospechables (el hecho de que no se quede con Monroe, es bastante clarificador), en las manos del horrible y horripilante Tom Ewell, que había interpretado la obra en los teatros, hacen del film una comedia sin gracia, de trazo grueso y en ocasiones, ridícula, sólo salvable por la gratitud de saber inmortalizar las piernas de Marylin, preocupadas por cazar sus zapatos con sus pies descalzos, sin ser vista por el portero fisgón.

El problema de los actores

No era la primera vez, ni sería la última, en la que Wilder no podía contar con el actor que deseaba para el papel principal. Le había sucedido un año antes al no poder contar con Cary Grant para Sabrina (Ídem, 1954), y en su defecto conseguir a un Bogart con cara de piedra, malhumorado y peleón, que hiciera del rodaje del film el peor padecido jamás por Wilder. Muy distinta habría sido también Bésame tonto (Kiss Me Sutpid, 1964) si se hubiera podido mantener al actor con el que se contó en un principio (incluso hay unas escenas rodadas), el magnífico Peter Sellers, que fallecería poco después. En su defecto, Ray Waltson, uno de los aprovechados jefes de El apartamento (The Apartment, 1960), cogió el papel y convirtió su personaje en el más extremo de las conductas, dejando en el despistado Dean Martín y la sufrida Kim Novak, el levantar un film, de por sí tullido.

En La tentación vive arriba, buena traducción del título original, el bastante simple La picazón del séptimo año, en referencia a la agonía sexual que sufrían las parejas que llevaban más de siete años casadas y necesitan de vacaciones extraconyugales para poder superarse; la decisión de incorporar a Tom Ewell fue desastrosa a tenor de lo visto luego en pantalla, y más, si pensamos que el actor al que había elegido Wilder en principio, era un joven desconocido de Nueva York llamado Walter Matthau (aunque el nombre original del actor fuera, agarrarse: Walter Matuschanskayasky), que había llegado a realizar una prueba con Gena Rowlands (!).

Así, con Ewell y Monroe, se fraguó uno de los mitos del cinematógrafo. En palabras de Pedro Crespo: «... todo queda en el terreno de la más, la sátira sobre la sexualidad y su manifestación cinematográfica, resulta mucho más completa, más honda y más cruelmente divertida» (2). Como se ve, no podemos estar más en desacuerdo. La simpleza de la historia sobre el hombre torturado sólo es interesante, además de las escenas con Monroe, aquella hilarante escena en la que el psiquiatra Brubaker le hace un diagnóstico a Ewell en poco más de cinco minutos (Cobro 50 dólares la hora) al descubrirle su tic nervioso (exageradísimo) en el dedo. Un buen ejemplo del buen guión escrito por Wilder. Coincidimos bastante más con la opinión de Fernández Valentí cuando asegura: «La tentación vive arriba es por ello un film desequilibrado, en el que Wilder no termina de combinar con la adecuada precisión el tono incisivo con que se retrata la psicología de los personajes y el carácter burlesco de las ya citadas ensoñaciones del protagonista masculino, que produce un efecto más chirriante de lo que sería desear» (3).

(1) Otra de las ausencias graves del cine de Wilder fue el de Charles Laughton como el camarero Moustache de Irma la dulce, desgfraciadamente Laughton murió de cáncer antes de empezar el rodaje.
(2) "La tentación vive arriba". Pedro Crespo. "Nickel Odeon" nº 10.
(3) "La sonrisa de la crueldad". Tomás Fernández Valentí. "Dirigido por..." nº 312.