| TRAIDOR EN EL INFIERNO (Stalag 17, 1953) |
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El preso cínico... y los payasos del circoLa carrera del espléndido cineasta Billy Wilder se asocia con la comedia clásica. No descubro nada. Sin embargo el director americano de origen austriaco realizó un buen puñado de films ubicados globalmente en otros géneros: el drama, el cine negro, el musical, el cine bélico. A este último corresponde Traidor en el infierno, al igual que las precedentes Cinco tumbas al Cairo (Five Graves to Cairo, 1943) y Berlín Occidente (A Foreign Affair, 1948). A falta de conocer estos dos films del director, lo cierto es que Traidor en el infierno es una película bélica de forma bastante esquiva, situándose en más de un momento en el terreno de la comedia, a mi juicio porque Wilder se sentía mucho más cómodo con un envoltorio adecuado a sus intereses, y no por emplear la opción más adecuada para la historia. En ese sentido, la firma (y por tanto la autoría) del film es indiscutible, aunque el resultado queda mermado ya que parecen convivir no sólo dos historias, también dos tonos muy diferentes que, en este caso, no se complementan. Traidor en el infierno no me parece un mal film. Tiene suficientes elementos que hacen de él un film interesante, su visión es agradable y su algo larga duración (dos horas) no cansa. Empero, sí me parece un film equivocado. Y lo es sobre todo en ese tono cómico y desenfadado que adopta en demasiadas ocasiones y que está representado por dos de los presos, unos auténticos payasos, que terminan resultando bastante cargantes. Pero no sólo esta pareja supone un desvío cómico en el film, hay otros personajes y otros momentos, algunos, sin duda, más conseguidos, que funcionan a modo de contrapunto a la situación que viven los protagonistas -sargentos americanos en un campo de concentración alemán, el stalag 17, durante la II Guerra Mundial- y, más en concreto, al personaje central del film, el sargento Sefton, uno de esos personajes de corte wilderiano, cínico, materialista como pocos y con nulo sentimiento del deber, que no duda en comerciar con sus captores para salir adelante, ante la mirada sorprendida y oco amigable de sus compañeros. Este personaje es lo mejor con diferencia del film a lo que ayuda la excelente interpretación de William Holden (por la que obtuvo el premio de la academia de Hollywood). La figura del héroe es aquí dada por completo la vuelta y presentada en forma muy ambigua y gris, dotando de un indudable humanismo al personaje, pero, sobre todo, ofreciendo una lectura bastante oscura de lo qué es la naturaleza humana en situaciones límite como la supervivencia, donde el egoísmo, la individualidad, el oportunismo se erige en motor de todas las acciones. Sefton siempre aparece apartado del grupo y no se relaciona con él, sino es para su propio interés (cfr. las apuestas que organiza, los espectáculos que monta...). Tomará partido con el resto de compañeros sólo al final y porque ve la posibilidad de aprovecharse de ello, guardándose hasta entonces la identidad del traidor que ha consiguido averiguar por su cuenta, tras ser acusado (y apalizado) por sus equivocados compañeros, como mecanismo de defensa, en ningún caso por un interés común. Hay un momento en el que Sefton pregunta retóricamente a sus compañeros que para qué quieren escapar, si una vez estén a salvo les devolverán al campo de batalla y a lo mejor esa vez no lleguen si quiera a ser apresados. Todo un personaje, mucho más realista que esos héroes que protagonizaban films como Objetivo Birmania (Objective Burma!, 1944. Raoul Walsh), aunque en esta obra maestra la situación en la que se encuentran los soldados es bien distinta... Además de la buena descripcion del sargento Sefton, todo lo concerniente al descubrimiento por parte de aquél de la identidad del verdadero traidor resulta interesante por la opción escogida de contarlo y mostrarlo: el espectador sabe, antes que los propios personajes, primero cómo se comunica el espia con los alemanes y luego su identidad, obviando la facilidad de la sorpresa final -que no hubiera sido tal, por lo evidente que resultaba-, y centrándose en cómo Sefton sigue los pasos para desvelar la identidad de ese presunto traidor y luego, en realidad, espía alemán infiltrado (ya era demasiado fuerte insinuar que un americano era un traidor e ir más allá era impensable). Excelente al respecto es el plano de la sombra de la bombilla balanceándose encuadrada junto a Sefton, el mejor momento del film, algo poco habitual en Wilder, que como la inmensa mayoría acepta hoy en dia, incluso sus exégetas, no era un virtuoso de la cámara y sus soluciones de puesta en escena eran de inferior calado a su capacidad como guionista y narrador. Incluso añadiría otro momento muy bien resuelto en el que prima la imagen: la escaramuza que planean los presos para salvar a uno de los suyos, en la que crean un humo para distraer a los guardas y en la que aquél llena todo el encuadre... Lamentablemente ahí termina la parte positiva de este film. El resto está ahogado por los chistes de la pareja cómica mencionada anteriormente, algunos bastante horribles como por ejemplo ese momento el principio del film en el que la llegada al campo de concentración vecino (!) de un grupo de mujeres (!!) provoca la histeria colectiva de los soldados que se acercan como posesos a verlas llegar, y que no evita el momento chistoso cuando "Chimpance" (uno de los dos "payasos") se abalanza sobre la verja y cae de cabeza a un charco... Aún los hay peores. Lo cierto es que los actores (Robert Strauss como "Chimpance" y Harvey Lembeck como su fiel amigo) que interpretan a estos personajes no están muy acertados, resultando exagerados y excesivamente caricaturescos (aunque puede que esto fuera lo que se buscaba, pero desde luego el resultado es más bien pobre). Hay otro personaje igualmente cómico, es el sargento mayor alemán Schulz (Sig Ruman), que resultando mucho más soportable que los otros dos, no deja de ser tan grosero como ellos, protagonizando una de esas gracias malas por lo previsibles que son (cfr. cuando los presos se ponen a jugar -bastante mal por cierto- al voleibol -una mera treta para poder sintonizar la radio, pues la red funciona como poste de la antena- Schulz se integra el partido y termina dando el arma a uno de los presos). También, justo es señalarlo, hay situaciones logradas, destacando aquella en la cual el comandante del campo, interpretado por Otto Preminger, se pone las botas para cuadrarse ante superior, con el que habla... por teléfono y nada más colgar se las quita. Sin embargo este tono de comedia (a veces, de comedieta) afecta el resultado del film (tampoco resulta acertado el empleo de una voz en off gratuita, que parece sólo existir para resolver algún momento por medio de rápidas explicaciones o para subrayar situaciones de forma innecesaria), sobre todo por lo irregularmente que se integra dentro del relato principal más gris y ácido, que hubiera requerido algo más de profundidad y de continuidad, y bastantees menos chistes... Traidor en el infierno es un film menor de Billy Wilder, definición horrible, pero probablemente la más adecuada en este caso. |