CAPITÁN CONAN (Capitaine Conan, 1996)  
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Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel original del film
Miradas de Cine © 2002

Los perros de la guerra

«No trato de demostrar nada ni atacar a las instituciones sistemáticamente. Primero y principalmente estoy interesado en los personajes que amo, en acercarlos al espectador con sus defectos y sus virtudes... Me interesa la gente luchadora, que intenta cambiar lo que le rodea (aunque cometan errores en el proceso) y hacer su trabajo correctamente... Nunca se a dónde voy a llegar cuando empiezo una película... y más cuando se trata de eso que llamáis 'películas con mensaje'.» (Bertrand Tavernier)

Ha terminado otra guerra, un nuevo conflicto bélico que no hace ridículas distinciones entre vencedores y vencidos. Tanto da de cuál se trate. Pongamos que está a punto de concluir la segunda década del siglo XX y que la historia la bautizará -¡qué fácil es poner nombre a la locura a posteriori!- como la Primera de las Guerras Mundiales. Hombres acostumbrados a librar batallas, a cargar con la bayoneta calada e imponerse al enemigo en la terrible suerte del cuerpo a cuerpo, verán truncada -una vez más- su nada apacible existencia. El armisticio se firma el 11 de noviembre de 1918 y obliga a los supervivientes a incorporarse a ese eufemismo conocido como "vida civil".

Pero... ¿hasta qué punto era eso factible? ¿Pretender que nada ha ocurrido, pasar a la reserva, abrazar el hemingwayano "adiós a las armas" e incorporarse a sus trabajos previos? Como si fuera posible aceptar aquello en lo que uno se ha convertido, todo lo que uno ha visto, arrebatado, matado o violado. La guerra, la verdadera muerte en directo, se revela la experiencia total, el punto de inflexión absoluto en la existencia de cualquier hombre. Nada puede volver a ser igual, porque nadie sale indemne o impoluto tras tanto miedo pasado en las trincheras, a sotavento, en campo abierto o junto a los restos de un caballo destrozado por la metralla.

Los senderos de gloria de Tavernier son tortuosos y ambiguos. Desde un posicionamiento netamente humanista (que lo entronca con otro gran hacedor de cuentos morales llamado Zhang Yimou) el director francés retoma uno de los leit motivs de su obra: la transformación que sufre hasta el mejor de los hombres en situaciones hostiles o diáfanas, el aumento de las dudas, el abandono de la coherencia, la creciente amoralidad a que se ve abocado... y la subsiguiente inadaptación.

Pero Tavernier rehuye la épica del perdedor tan del agrado de un Huston, por poner un ejemplo. Sus héroes tampoco son individuos especialmente dotados para la aventura o merecedores de la roja insignia del valor: en multitud de ocasiones, sencillamente, no saben cómo reaccionar ante las dificultades que se les presentan, ampliamente sobrepasados por las circunstancias. Y se equivocan.
El policía amante de prostitutas colgadas y desengañado de un sistema judicial en bancarrota en Ley 627 (L. 627, 1991), el soldado sanguinario y fiero -y sin embargo humano, demasiado humano- de Capitán Conan o el abnegado profesor de Hoy empieza todo (Ça commence aujourd'hui, 1999), -por citar sólo tres de sus películas más conocidas- conforman un crisol de amarguras y desdichas difíciles de desligar del rostro de Philippe Torreton. Un Torreton que se llevaría el Cesar al mejor actor (para Tavernier sería el galardón a la mejor dirección), contrastando con los dos o tres premios de consolación que les otorgaría nuestro injusto San Sebastián (la ya clásica Mención Especial de circunstancias y un vergonzante Premio a la Solidaridad (¿¿??)).

Como el Ethan Edwards de Centauros del desierto (The Searchers, 1958. John Ford), Torreton siempre retorna al punto de partida con la sensación de que ya no puede incorporarse a la comedia humana, continuar la farsa. Algo dentro de él se ha roto, y no hace falta que se cierre una puerta detrás de él para que seamos conscientes de su inevitable marginalidad.

¿Hace Bertrand cine social? Discusión baldía. En Francia no hace falta haber sido estudiante de la Sorbona de París o crítico cinematográfico de Cahiers du Cinéma para justificar un cierto interés por la realidad en la que uno habita. (Y -¡ojo!- Bertrand Tavernier fue tanto lo uno como lo otro: «el único crítico cinematográfico que escribió regularmente -y a veces de forma simultánea- en las tres principales revistas especializadas francesas (Cinéma y Positif, amén de Cahiers)»). (1)

Que Francia es sinónimo de compromiso es algo más que un tópico. Sólo hay que ver el excelente estado de forma de los viejos rockeros (Rivette, Chabrol, Rohmer, Téchiné.... si, excluyo conscientemente al tótem Godard) o la sabia nueva -respetuosa y militante sin contradicción aparente- que aportan jóvenes y no tan jóvenes (Zonca, Doillon, o Gueridian) para darnos cuenta de los años luz que nos separan del país aparentemente vecino.

Bertrand Tavernier fue muy crítico con Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1999. Steven Spielberg) por el supuesto realismo que desprendía su eléctrico desembarco de Normandía. Para él no se trata más que de una nueva glorificación de la violencia (y si hemos visto atentamente La muerte en directo [La mort en direct, 1979] o La carnaza [L' Appat, 1994] sabremos lo sensibilizado que está por este asunto). Teme que tras el impacto inicial de las escenas, el público se quede anonadado por el caudal de imágenes visualmente impecables y acabe murmurando "¡qué guapo!".

La guerra de Tavernier no es una atracción de parque temático. De su diario de rodaje, en lo relativo al tratamiento de las escenas de batalla: «En ningún caso debemos dar la impresión de que los soldados han logrado algún objetivo, que están atrapados defendiendo una posición vital. Debo evitar imponer un único punto de vista, ya sea el del héroe o el del director. Hay que reemplazar esto por una especie de punto de vista colectivo, huir de cualquier visión individualista» (2).

Y eso es algo que sin lugar a dudas logra. Pocas veces la guerra ha parecido más absurda que en Capitán Conan. Las noches son realmente desoladoras (esa oscuridad con algo de tenebroso se logró trabajando en condiciones reales de iluminación); la esperanza o la compasión resultan virtudes estériles, anacronismos de una civilización vencida largo tiempo atrás.

¿Existió algún episodio más ridículo que dejar luchando a 100.000 tropas francesas más de un año en la Europa del Este, con la guerra ya acabada? El armisticio no es más que el prólogo de la siguiente guerra y Conan lo sabe bien. Encuentra ridículo tener a sus hombres atorados en la frontera búlgara o acuartelados en la capital de Rumanía. Él se considera un guerrero antes que un soldado y las movidas de bolcheviques tratando de poner en pie la hoy extinta Unión Soviética escapan a su entendimiento. Demasiado idealismo. Como jefe de una unidad guerrillera para él la pregunta nunca ha sido "¿por qué luchamos?", sino "¿por qué parar?". Considera igualmente ridículo que procesen a sus hombres por haber matado a dos mujeres durante el asalto a un café en época de "paz" (otro famoso soldado amigo de remontar ríos diría, y con razón, que "es como poner multas por exceso de velocidad en las 500 millas de Indianápolis").

La base literaria que sostiene la película es un prestigioso libro ganador del Premio Goncourt en 1934, sobre el cual Tavernier tiene pensado erigir una trilogía que ilustre algunas de las consecuencias de la Gran Guerra (el primer episodio sería La vida y nada más [La vie et rien d'autre, 1989]).

El revisionismo histórico nunca ha sido del agrado de los fariseos (sólo hay que ver lo que la crítica gala ha dicho de su reciente Salvoconducto [Laissez-passer, 2002], película donde osa poner peros a la gloriosa "résistance"), pero no es la primera vez que este director polemiza con las fuerzas vivas de su país (recuérdese el rebote que pilló el ministerio de educación francés por su dolorosamente realista Hoy empieza todo).

Como él mismo afirma en su enciclopédica revisión del cine americano: «existe un doble defecto frecuente en la crítica contemporánea consistente en idolatrar el pasado o, al contrario, pregonar una auto-satisfecha ignorancia respecto a ese mismo pasado» (3).

Porque Tavernier no está dispuesto a olvidar, al igual que ese resentido y agonizante guerrero que en otro tiempo fue el capitán Conan. Puede que las heridas hayan cicatrizado, pero la mirada de Conan nos asegura que no se ha dejado vencer por el miedo. Cuando su ilustrado compañero lo ve por última vez, aparcados por siempre los discursos éticos y las soflamas patrióticas, sabe que él es el testimonio viviente de unos tiempos que los necios no osan ya evocar. Su lenta extinción es, de alguna forma, el triunfo de la amnesia colectiva frente a la dignidad que nos proporciona la memoria.

Olvidamos a los capitanes Conan de nuestras guerras para apaciguar la vergüenza que nos provoca saber que fueron compatriotas nuestros. Aunque nunca supieron realmente porqué luchaban. ¿Acaso lo sabemos nosotros?

(1) "La vida, la muerte y el cine de Bertrand Tavernier", de Esteve Riambau y Casimiro Torreiro. Ediciciones Textos Filmoteca.
(2) "Bertrand Tavernier. The Film.Maker of Lyon", de Stephen Hay. Editorial I. B. Tauris.
(3) "50 años de cine norteamericano", de Bertrand Tavernier y Jean-Pierre Coursodon. Editorial Akal